Chapter 9
NUEVE
Louisa despierta el día de su cumpleaños de un modo de lo más extraño: notando que la cama se mueve.
Parpadea mirando el techo y las paredes, confusa, aunque no tarda en darse cuenta de que hay una explicación muy lógica: la cama no es una cama, sino el asiento trasero de un coche.
Por un breve instante siente un pánico total, porque se le mete en la cabeza que la única explicación posible es que la han secuestrado.
Se incorpora y su secuestradora, una mujer de edad indeterminada que canta despreocupadamente la música de la radio, la ve en el retrovisor y lanza un aterrorizado aullido.
Solo entonces se acuerda Louisa de que en realidad se había colado en el coche a dormir la noche antes y calcula que la secuestradora quizá no sea tal cosa, sino la propietaria del vehículo, y que es más probable que sea la mujer la que esté pensando que están a punto de secuestrarla y no al revés.
La mujer pisa el freno hasta el fondo y el coche se detiene tan abruptamente que Louisa se da con la nariz en el asiento de delante.
—¿¡HOLA!? ¿Puedes al menos tener un poquito de CUIDADO?—exclama irritada.
Lamentablemente, la mujer no la escucha, solo chilla. ¿De verdad hace falta enfadarse tanto, piensa Louisa, teniendo en cuenta que no es a ella a la que han despertado a las seis y media de la mañana? ¿Qué clase de lunática se va a trabajar tan temprano?
—¡AAAAAAARRRRRRRUUUUUUAAAAAAYYYYYY!—grita la mujer, o algo parecido, es difícil saberlo con exactitud, la verdad, porque Louisa ha dejado de oírla de pronto. Está escuchando la radio con tanta atención que al principio su corazón no es capaz de aceptar lo que oye.
—¡Espera! ¡Calla!—le ordena a la mujer, sin despertar aún del todo y acercando la oreja al altavoz.
Pero la mujer no espera en absoluto y desde luego no le hace ninguna gracia que Louisa la mande callar en su propio coche, así que, al final, Louisa se inclina y le tapa la boca con la mano, más o menos lo que harías si quisieras secuestrar a alguien, por ejemplo.
«...como acaban de escuchar, nos acaba de llegar la noticia de que el artista de fama mundial C. Jat...», dice la voz de la radio.
Entonces la voz se ahoga de pronto, como si el locutor hubiera perdido su monotonía profesional y se esforzara por contener las lágrimas. Se oye una respiración entrecortada y trémula seguida de «falleció la pasada noche. A la edad de treinta y nueve años».
Tal vez el locutor haya visto los cuadros del artista en galerías.
Tal vez en algún libro bello en una casa grande o en revistas baratas de salas de espera pequeñas.
Tal vez en una postal, en un frigorífico, en una casa de acogida.
No lo ha llegado a conocer, pero no importa.
El arte nos enseña a dolernos por los desconocidos.
Si la mañana de la mujer del coche ya era complicada de por sí, no mejora ni un ápice cuando la joven secuestradora rompe de pronto a llorar en el asiento trasero.
No es un comportamiento del todo normal para una secuestradora, eso es verdad, así que al final la mujer acaba ofreciéndole a la joven su pañuelo.
Cuando Louisa murmura que siente haber dormido en su coche, la mujer le responde dubitativa que lamenta haberla despertado.
Louisa sale del coche, la mujer le pregunta si quiere que llame a alguien. Es un bonito gesto por su parte, el de dar por hecho que Louisa tiene a alguien.
En la radio del coche, y en todos los noticiarios que se están emitiendo en todas partes, periodistas con tono grave hablan de la muerte de un hombre famoso. Su muerte les pertenece a todos ahora. Louisa nunca podrá perdonarlos por eso.
Lo que sucede a continuación es a la vez estúpido y lógico, como la mayoría de las cosas que pasan en la vida, a decir verdad.
Louisa se pasa todo ese primer día, el de su cumpleaños, deambulando por la ciudad, sin saber adónde ir con su duelo, y al día siguiente tampoco se acuerda, pero un día después es como si sus pies se hicieran con el control y empezaran a caminar sin que su cerebro les diera permiso.
No sabe dónde se va a celebrar el funeral del artista, ni cómo decirle adiós, así que sus zapatos la conducen de vuelta al único lugar donde todavía puede sentir su presencia.
Muy pronto los ricachones del barrio se quejarán a algún político ansioso hasta que envíen a un equipo de profesionales muy serios a repintar de blanco la pared de la iglesia, pero esa noche todo sigue allí: las cucarachas, el pez, los corazones y las calaveras.
Así que Louisa saca todas sus pinturas y continúa por donde lo había dejado con el artista; pinta mientras llora a la luz de las farolas, sin noción del tiempo.
A la mañana siguiente, muy temprano, el sol sale sin que se dé cuenta.
No oye los pasos, el desconocido vestido de negro se acerca tan rápido por detrás que Louisa no lo ve hasta que ya es demasiado tarde.
Por eso, cuando oye una voz grave, se gira al instante y hace lo único sensato: le tira el espray a la cara con todas sus fuerzas. Así se conocen Louisa y Ted.