Chapter 8 #2
Podría haberle pedido un autógrafo, habría sido el último del artista y podría haberlo vendido por mucho dinero. Pero eso a ella ni se le habría pasado por la cabeza.
Una vez que la enfermera salió y cerró la puerta con delicadeza, el artista murmuró:
—Siento que mi muerte sea tan poco emocionante. Si pudiera haberla hecho un poco más espectacular, aumentaría el valor de mis cuadros. ¿Era mucho pedir una sobredosis de heroína? ¿O un asesinato?
Cuando Ted, enfadadísimo, no responde, el artista intenta darle una almohada y sugiere que no es demasiado tarde para lo segundo.
Ted pone los ojos en blanco, luego señala con la cabeza la caja que descansa en una esquina de la habitación y dice, como si el artista tuviera que sentirse un poco avergonzado:
—Ni siquiera me has preguntado si he hecho lo que me pediste. Pero la respuesta es que sí. Lo he comprado, por una cantidad ridículamente exorbitante. Ha costado todo tu dinero.
El artista asiente agradecido, no hay atisbo de arrepentimiento.
—Bien. Se supone que los artistas deben morir pobres.
Ted lo mira con gesto grave durante mucho tiempo y luego murmura:—Eso es fácil de decir, soy yo quien va a tener que pagar la cremación.
Ted es tan poco chistoso que al artista le pilla desprevenido su propia risa.
Cuando la enfermera vuelve a entrar corriendo, Ted se ve obligado a confesar que en esta ocasión ha sido él quien ha hecho la gracia.
La mujer lo mira con escepticismo, como si no lo creyera.
Sale dejando la puerta ligeramente entreabierta.
—¿Puedo verlo?—susurra el artista cuando se quedan de nuevo solos.
Ted asiente, resignado, y se levanta, luego saca con cuidado el cuadro de fama mundial de la caja.
Hay un pequeño mapa enmarcado con las salidas de emergencia y las rutas de escapada en la pared del hospital, y Ted lo quita para colgar el cuadro, visto que las rutas de escape son superfluas en este momento.
Cuando Ted se gira, el artista está tumbado en la cama contemplando su propia obra, y llora desconsoladamente.
Ted le toma la mano con delicadeza y hace una promesa.
—En tu lápida voy a escribir: «Te quiero y creo en ti».
—Yo también te quiero y creo en ti—sonríe el artista dejando caer el peso de su cabeza sobre el brazo de Ted.
Ted mira el cuadro, a sí mismo en el embarcadero, al lado de sus mejores amigos aquel último verano de su infancia. Luego mira la firma de la esquina inferior, las calaveras que el artista siempre dibujaba junto a su nombre.
—He visto las calaveras en la pared hoy. Es la primera vez que las has pintado en... No sé... ¿En años?
—No sabía que las echaba tanto de menos—responde el artista, cansado pero feliz, como un niño de cinco años después de un largo día con un nuevo compañero de juegos.
—¿Quién era la chica del callejón?—pregunta Ted.
El artista sonríe emocionado.
—Se llama Louisa. Su mejor amiga se llamaba Pez.
Louisa se ha escapado, está desaparecida, pero mañana cumple dieciocho, y entonces se habrá ido, simplemente.
Duerme dentro de coches. Y pinta tan... Tan...
¿Has visto la pared, Ted? Pinta tan... Pinta de una manera que hace que los tejados de los edificios salgan volando.
—Llevaba tiempo deseando verte pintar calaveras de nuevo—dice Ted, con un temblor en la comisura de los labios.
El artista parpadea despacio.
—Es Pascua y una chica a la que estaban persiguiendo ha aparecido y ha sido amable con un indigente en un callejón... y ha pintado una iglesia. Por menos de eso se puede acabar creyendo en Dios, Ted.
—Sí—coincide su amigo a regañadientes.
—No llores por mí. He tenido la oportunidad de experimentarlo todo. Ha sido una vida muy muy larga, y al final he podido ver algo increíblemente bello.
Ted asiente, desconsolado.
—¿La pintura de esa chica?
—No, a ti. He podido verte a ti.
A Ted le zumban los oídos cuando apoya la frente en el borde de la cama del artista.
Después sentirá que ha estado así varios días, porque así es como suena la muerte.
Hubo un tiempo en que las campanas de las iglesias tañían por los muertos, ahora lo hacen los teléfonos.
Cuanto más suenan, más importante era la persona.
Cuando muere un artista de fama mundial, suenan teléfonos de todos los continentes, la gente habla de él en las noticias y personas que no lo llegaron a conocer lloran.
El arte es tan grande, tan inconmensurable, que nos enseña a dolernos por los desconocidos.
Por la mañana, temprano, incluso los críticos más severos, incluso los que nunca han escrito una palabra amable sobre los cuadros del artista, mascullarán «oh, no» a su teléfono cuando se enteren de lo ocurrido.
Y Ted tendrá que perdonarlos, porque en el duelo se nos recuerda que somos seres humanos.
En vida quizá seamos enemigos, pero cara a cara con la muerte vemos la verdad: somos una misma especie, solo nos tenemos los unos a los otros. Adonde tú vas, iré yo detrás.
Teléfonos de desconocidos sonarán por todo el mundo, aunque es posible que el que más suene, el que suene sin descanso, en la oscuridad, sea el del artista, porque Ted marcará su número una y otra vez.
Eso es lo más difícil de comprender sobre la muerte: nada.
Que el mundo se encoge sin él porque en su lugar hay vacío.
La vibración de su risa, el olor de su piel, su número de teléfono.
¿Cómo puede una persona que ha significado todo para Ted volverse...
nada en absoluto? Es la incomprensibilidad de la muerte la que vuelve loca a la gente, y se nos olvida cómo respirar y cómo andar, hasta que pasamos noches enteras dando traspiés en habitaciones oscuras, llamando sin parar, tratando de comprender cómo es posible que un número de teléfono ya no le pertenezca a nadie.
El artista que yace en la cama cierra los ojos; le queda tan poca fuerza en la voz que Ted tiene que leerle los labios: «Escribe en la lápida: “¿Este ataúd me hace gordo?”».
Ha sido una vida larga, muy larga, y al llegar el final el artista ha conseguido hacer reír con tantas ganas a una persona que ama que las paredes cantan. Por menos de eso se puede acabar creyendo en Dios.
Si alguna de las enfermeras que pasan apresuradas por el pasillo ve lo que Ted hace a continuación, es lo bastante compasiva como para fingir no haberlo visto.
El hombre, de casi cuarenta años, se mete con delicadeza en la cama.
Cuatro manos entrelazan sus dedos, los cuerpos están tan juntos que, cuando uno de ellos se duerme, lo hace con las lágrimas del otro en los labios.
Ahí yace Ted junto al amor de su vida, y el amor de su vida no tiene miedo ni está enfadado, ni siquiera yace ya en la cama de un hospital.
Está en un embarcadero bañado por el sol, con la piel cubierta de agua salada y los besos de Ted en las pestañas.
Así se queda dormido un artista de fama mundial.
Pronto sonarán los teléfonos en todas partes, pronto hablarán de él en las noticias, al amanecer su muerte les pertenecerá a todos y a todo.
Pero durante un breve instante esa noche, en esa habitación de hospital, solo le pertenece a Ted.
Una suave y breve exhalación a través de la barba incipiente, un último breve latido del corazón, y el mundo se encoge.
Las últimas palabras que susurra el artista son: «Encuentra a Louisa. Dáselo a ella».