Chapter 8
OCHO
¿Y el gato? Ha salido pitando en cuanto ha aparecido la policía, por supuesto.
Puede que los gatos no sepan mucho sobre cárceles, pero este sabe lo suficiente, es un gato de exterior y no tiene ninguna intención de convertirse en gato encerrado.
Además, sabe que a todos les gustará más el hombre cuando descubran que es un artista de fama mundial, pero les gustará menos el gato cuando descubran que no es un sintecho.
Preferimos admirar a los hombres y sentir lástima por los gatos, el mundo funciona así.
Así que el gato decide que es un buen momento para irse a su casa a cenar, y se dirige al otro extremo del callejón, y esa será la última vez que vea al artista.
Los animales no tienen teléfonos que suenan al amanecer, son afortunados, nunca se enteran de que han perdido a alguien.
Pero, al final del callejón, el gato se detiene un segundo, mira a su alrededor y pasa la cola por la pintura de la pared, que aún no se ha secado del todo, y, si no fuera porque sabes que no es posible, jurarías que tiene lágrimas en los ojos.
¿Y Louisa? Corre hasta que siente que la garganta le va a reventar por la falta de oxígeno y la felicidad.
Ha tenido la oportunidad de pintar una pared junto a su ídolo; ha pintado con todo su ser, y ha sido de verdad asombroso que el edificio lograra mantenerse en pie, que el tamborileo en su pecho no lo haya hecho añicos.
Esa noche corre hasta tan lejos que, cuando por fin se cuela a dormir en un coche aparcado, se queda grogui en el asiento trasero en cuanto echa el cerrojo.
No ha dormido tan profundamente desde que Pez no lo hace a su lado.
¿Y el artista? También duerme, y sueña con un verano y un chico. Cuando se despierta en el hospital horas más tarde, parpadea bajo la luz brillante y solo es capaz de distinguir el contorno del hombre acicalado sentado en el sillón junto a su cama. El artista susurra esperanzado:—¿Estás... aquí?
El hombre acicalado, que se llama Ted, toma su mano con ternura y se inclina hacia él. Espera pacientemente hasta el que el artista lo reconoce.
—Perdona... Por un segundo pensaba que eras Joar...—susurra el artista.
—Lo sé—responde apenado el hombre llamado Ted, puesto que el artista llama a Joar todas las noches cuando está dormido.
Se conocen desde siempre, de casi toda la vida.
Si has amado a una persona tanto como Ted ama al artista, tanto que estás dispuesto a que te confundan con otra persona solo por ver cómo se ilumina la cara de tu amigo durante un par de segundos, ya sabes qué se siente.
De lo contrario, puede que no haya manera de explicarlo.
—¿Estamos en el hospital?—pregunta el artista mirando la habitación, confundido.
—SÍ,
—¿No es la comisaría?
En este punto Ted intenta ocultar su enfado sin conseguirlo del todo.
—¡La policía pensaba que eras un sintecho! ¡Y que eras un gamberro! ¿En qué estabas pensando? Si no hubiera oído los gritos en el callejón...
El artista lo interrumpe con una vocecilla que apenas supera el susurro.
—¿Ha logrado escapar?
Ted levanta los brazos, desesperado.
—¿La chica del callejón? Sí, vi cómo se escapaba, la policía estaba entretenida contigo.
—Bien, bien—sonríe el artista parpadeando lentamente, como un niño exhausto que jura y perjura con rotundidad y sin ambages que no tiene nada de sueño.
—Esto estaba en el suelo. ¿Es suyo?—pregunta Ted sacando la postal del bolsillo.
—Sí, sí—susurra apenado el artista mientras acaricia la postal con los dedos.
A Ted le resulta casi insoportable ver lo delgado que se ha quedado su amigo, con la cara hundida y la piel casi transparente, como una fina capa de hielo que lo separa de la muerte.
Los ojos son lo único que queda de la persona que solía ser, la enfermedad ha envejecido su cuerpo muchos años, pero los ojos siguen siendo los de un niño travieso: juguetones, cariñosos y resplandecientes; totalmente imposible no enamorarse de ellos.
—¿Qué ha pasado? ¿Qué estabas haciendo en ese callejón?—pregunta con ternura Ted mientras arropa al artista.
El artista sigue con los dedos el contorno del chichón de su frente y se queda pensando un momento.
—Solamente quería comprobar si todavía podía saltar al agua y caer fuera.
Rompe a reír con tantas ganas que le sobreviene un ataque de tos; a Ted el chiste no parece hacerle gracia, tal vez porque sabe lo mucho que se hubiera reído Joar.
—Habíamos quedado en que esperarías en la cafetería de la estación. ¿Te dejo solo una hora y consigues que la policía te pegue?—rezonga Ted.
El artista se anima y exclama:
—SÍ, ¿a que es genial? ¡Como volver a ser joven!—Empieza a toser otra vez.
—No tiene gracia—dice Ted seriamente.
—Es un poco gracioso—insiste el hombre de la tos.
—¡La idea ha sido tuya! Yo iría a la subasta y tú tenías que hacer solo una cosa: quedarte en la estación y no llamar la atención. ¿Cómo crees que ha salido el plan?
El artista respira profundamente por la nariz y por primera vez parece un poco avergonzado.
—Lo sé, lo sé. Se me ha metido en la cabeza que quería ver el cuadro en una pared grande y blanca por última vez. Solo me iba a colar en la subasta un momentín, pero el vigilante no me dejaba entrar. ¡No tenía ni idea de quién era yo!
Dice esto último con una sonrisa de felicidad. Ted resopla tan fuerte que le cruje la columna. La enfermedad del artista implica que ya no parezca él mismo, lo que no deja de ser un pequeño consuelo para un hombre moribundo que siempre ha odiado la fama.
—¿Qué estabas haciendo en el callejón entonces?—pregunta de nuevo Ted.
—He ido a la parte de atrás de la iglesia a ver si había alguna ventana por la que colarme, como hacíamos cuando teníamos catorce años.
—Ya no tienes catorce años.
—¿Qué quieres decir? ¡Pues claro que sí! ¡Y tú también!—exclama riendo el artista. Entonces pregunta—: Por cierto, ¿qué ha pasado con el gato?
—¿Qué gato ni qué niño muerto?—exclama Ted exasperado, porque ¿cuántas cosas puede llegar a reunir una persona que se queda sola durante apenas una hora?
—Me he hecho amigo de un gato—susurra el artista con orgullo.
—Me vuelves loco—se queja Ted.
—Está muy feo enfadarse con un moribundo—bromea el artista, que recibe el castigo inmediato de otro ataque de tos.
—Me enfado porque no te lo tomas en serio—refunfuña Ted, mucho más iracundo de lo que pretendía.
—Ah, sí que me lo tomo en serio, Ted. Simplemente no tengo miedo. Ha sido una vida larga—responde, como muchas veces antes.
—No—musita Ted, con los ojos llorosos.
Porque ha sido una vida dolorosamente corta, un abrir y cerrar de ojos, un solo día de verano.
A Ted le duele el pecho, como si llorara sin oxígeno, porque el duelo hace cosas muy extrañas en las personas, y una de ellas es que se nos olvida cómo respirar.
Como si el primer instinto de la persona fuera dolerse hasta morir.
Enseguida Ted se pondrá en pie y descubrirá que también ha olvidado cómo caminar, eso nos sucede a todos cuando el amor de nuestra vida se queda dormido por última vez; porque cuando el alma deja el cuerpo lo último que hace es atarnos los cordones de los zapatos.
En las semanas que suceden a la muerte nos tropezamos con el aire. Es culpa del alma.
—Ha sido una vida larga—insiste el artista—. Ha sido...
Intenta decir algo más, pero lo interrumpe un ataque tan violento de tos que sacude su fino esqueleto. A Ted le da un ataque de pánico y de amor, y solo quiere ayudar.
—¡Bebe un poco de agua! Mira, las enfermeras te han dejado comida. ¡Cómete la verdura!
El artista ríe entre tos y tos y farfulla jadeante:
—¿La verdura? ¿Tú crees que va a cambiar algo a estas alturas?
Es un chiste, pero no ayuda nada, porque a Ted le tiembla todo el pecho.
El artista no lo ha visto tan desesperado en veinticinco años.
Quiere reconfortarlo, pero no tiene sentido, desde que se tumbaron en aquel embarcadero el año que cumplieron los quince, a Ted lo ha aterrorizado que mueran todas las personas a quienes ama.
Tarde o temprano se comprobará que tenía motivos.
—No estés triste—sonríe el artista.
Se le pasa por la cabeza decir que la culpa es suya por llevar una vida tan sana; Ted es el único responsable si al final no le queda nadie. Pero no le parece el comentario adecuado para este momento.
—¡No te preocupes por lo que sienta yo!—espeta Ted.
No es la primera vez que ha estado junto a una cama de hospital, el artista lleva tiempo muriéndose, aunque muy lentamente.
Ahora está sucediendo inmisericordemente rápido.
Ha dejado de tomar la medicación, ya no ayuda, y ha decidido que basta.
No tiene nada de miedo y a Ted le cuesta no enfadarse por eso.
«Una vida larga», dice el artista sin parar, pero es evidente que no es cierto.
Porque Ted podría acabar viviendo hasta los ochenta, una vida entera más, ¡sin él!
Cuesta mucho no enfadarte contigo mismo, se diría que imposible, cuando lo único que quieres es gritar: «¡Tienes que vivir! ¡Por mí!».
—En mi lápida quiero que pongas: «Entre por el otro lado»—susurra el artista, porque sabe que ese tipo de bromas sacan a Ted de sus casillas.
—Calla—masculla Ted.
—O: «Aquí yace un hombre que comió verdura y murió igualmente»—sugiere el artista.
Le sobreviene una tos tan persistente que las enfermeras acuden corriendo, dando por hecho que se muere. Ted rezonga cansinamente.
—No os preocupéis. Se está riendo de sus propios chistes. No le pasa nada en los pulmones, es la cabeza...
Una de las enfermeras se echa a reír también. Arropa al artista, le da una palmadita en la mejilla y se dirige hacia la puerta, pero, a medio camino, parece cambiar de idea, y luego vacila de nuevo. Se gira lentamente y dice con suavidad:
—Mi marido adoraba tu obra. Vimos algunos cuadros tuyos en una galería una vez. Me encantaba la cara que se le ponía cuando los miraba.
—Gracias—susurra el artista.
—Somos nosotros los que te damos las gracias.