Chapter 7 #2
A veces quiere gritar que todo lo que pinta trata de la muerte de uno de sus humanos, ¿es que no lo ven?
Su mejor humano murió y él no puede dejar de estar triste, todo el tiempo y en todos lados.
Tiene ganas de decirles a los vetustos señores y las vetustas señoras que se gastan fortunas en sus cuadros que vio tanta violencia de joven que aún la siente en la piel, como si el mero hecho de existir le provocara moratones.
A veces le duelen tanto las uñas, las pestañas y el pelo que se rasca hasta hacerse sangre.
Odia los ruidos fuertes. No le gusta que nadie lo toque.
Toma pastillas para dormir, pastillas para estar despierto, bebe demasiado alcohol.
A veces llora tanto que vomita. Le pasa algo muy muy grave, le gustaría decir, y el único momento en que no se odia a sí mismo es cuando pinta.
Es el único momento en que se siente él mismo.
Eso es lo que le gustaría contar cuando le preguntan por la inspiración, pero no puede, obviamente, porque ni siquiera las señoras a las que les gustan los cuadros que les llegan al corazón quieren oír esas cosas en sus casas de verano.
Sería de una falta de educación tremenda cuando has costado tantísimo dinero, así que el artista siempre se limita a musitar: «No lo sé».
Un año detrás de otro: «No lo sé». Se volvió más y más caro, más y más sensible, hasta que el corazón se le hizo de papel y, día tras día, se le rasgaba un poquito más por las puntas al abrir los ojos por la mañana.
Todas las personas a las que conocía le decían lo agradecido que debería de estar, porque su vida era el sueño de todo artista, y él se sentía avergonzado, como si hubiera cogido el abrigo equivocado del guardarropa y llevara puesto el sueño de otra persona.
Porque él solo soñaba con que no lo reconocieran por la calle, con no ser adulto, con tumbarse en un embarcadero con sus mejores amigos bebiendo refrescos recalentados por el sol y leyendo cómics de superhéroes.
Con no ser nadie junto a sus mejores donnadies.
Es importante que sepas todo esto sobre él, de lo contrario no comprenderás lo que le está pasando ahora mismo.
Lo que pueden hacer los cuadros de la pared de una iglesia.
Que hay un ritmo al que puede latir un corazón que no recuerdas cuando has dejado de ser joven, que hay arte que es una alegría tan abrumadora que se vuelve casi insoportable.
Qué triste debe de ser, piensa el artista, ¡qué pérdida tan inmensa para cualquiera que nunca haya experimentado algo así!
Quedan pocos días para la Pascua, el invierno y la primavera pugnan por todo lo que vive, el artista tiene treinta y nueve años y se está muriendo.
Los únicos que lo saben son Louisa y otra persona.
Bueno, Louisa, otra persona y un gato. El artista oye a los policías detrás de él, pero no tiene miedo, se limita a mirar la pintura de la pared y piensa: «Qué día tan fantástico».
El primer agente lo agarra del hombro, y en realidad el artista no tiene ninguna intención de pintarle, pero está tan débil que pierde el equilibrio y, sin querer, apunta hacia arriba con el espray.
La pintura resulta ser rosa y el uniforme del poli resulta ser azul, de manera que cuando el bote se le cae por fin de la mano al artista, el agente parece la lengua de una jirafa llena de confeti.
El artista apenas percibe cómo lo tiran con fuerza al suelo.
Se da un golpe en la cabeza y se hace un arañazo tan grande en la frente que empieza a sangrar.
Los agentes no ven a un artista de fama mundial, sino solamente a un hombre sin techo que ha hecho una pintada en una iglesia.
Ni que decir tiene que era verdad a medias, porque él no tenía hogar.
Tenía un apartamento enorme lleno de cosas bellas hasta hace muy poco, pero lo había vendido todo para comprar otra cosa.
Para eso era la caja, la que había visto Louisa detrás del cubo de la basura.
Pero el artista no estaba sucio de dormir en la calle, como había creído Louisa, sino porque una joven un tanto alocada había chocado con él y lo había tirado al suelo, y resulta que el suelo estaba hecho de tierra.
La manta junto al cubo de basura no era suya, y tampoco era suyo el gato.
Ni siquiera es un gato sin hogar, de hecho, tiene una casa fabulosa en una parte adinerada de la ciudad donde lo miman mucho, es un gato muy de clase media.
Lo que pasa es que le gusta escaparse y vivir otra vida también, vagabundear por la ciudad de noche en compañía de artistas, buscar aventuras y ensuciarse el pelo. Hay gatos que son así.
Cuando los agentes levantan al hombre, que es como un guiñapo en sus brazos, como si colgara inerte, exclaman algo que ahoga enseguida el lamento aterrorizado de otro hombre, en este caso, esbelto y bien vestido, con gafas y el cabello ralo repeinado.
Viene doblando por la esquina justo a tiempo de ver a la chica desaparecer por la otra punta del callejón.
Cuando el cuerpo del artista se les resbala de las manos a los agentes, el hombre acicalado se apresura a recogerlo.
—¿Se puede saber qué hacéis? ¿Es que no sabéis quién es?—espeta el hombre, enfadado y consternado a partes iguales.
No son los policías más interesados por el arte, la verdad sea dicha, así que se encogen de hombros moderadamente afrentados. Siendo justos, hay en la actualidad una cantidad horrorosa de personas célebres, tantas que no parecen quedar muchas que no lo sean.
—Estaba pintando un grafiti—balbucea un agente.
—¿Estás mal de la cabeza? ¡Está enfermo! Es imposible que haya estado pintando...—El hombre acicalado vocifera con seguridad, pero entonces ve las calaveras de la pared y se detiene, resopla profundamente y murmura dubitativo—: Ah, espera, estas son sin duda... suyas.
A continuación mira el cuerpo que tiene en sus brazos, el artista ha perdido tanto peso por la enfermedad que el hombre podría haberlo levantado con facilidad.
—¿Qué ha pasado? ¿Te dejo solo una hora y te acaba pegando la policía?—susurra apenado.
El artista tiene los ojos cerrados, pero, cuando reconoce la voz del hombre, inclina la cabeza sobre su pecho y dice jadeante:—¡No dejes que la atrapen, Ted! ¡Es de los nuestros!