Mis amigos Chapter 7
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Chapter 7

SIETE

Veinticinco años después, el artista de fama mundial C.

Jat está de pie en un callejón detrás de una iglesia, con un espray en una mano temblorosa, y se está muriendo.

Haría falta una dosis monumental de imaginación para pensar en otra cosa.

Todo el mundo muere, eso es así, todos sin excepción, pero muy pocas personas llegan a enterarse de que se están muriendo.

Esa es la razón por la que el artista no quiere que la gente lo sepa, por eso se está escondiendo del mundo, porque, cuando se trata de la muerte, los vivos están bastante locos.

No quieren ver a nadie enfermo, no quieren ni pensar en la enfermedad y, cuando no tienen más remedio, suspiran y dicen cosas como: «¡Caramba, estas cosas te recuerdan que no hay que dar la vida por sentado! ».

No es por ser cruel, pero las personas sanas no están muy bien de la cabeza, piensa el artista.

Seguramente, darla por sentado es el único sentido de la vida, ¿qué estamos haciendo aquí si no?

Somos un puñado de monos solitarios en una roca que surca el universo, nuestra respiración es un ochenta por ciento nitrógeno, un veinte por ciento oxígeno y un cien por cien ansiedad.

Lo único que podemos dar por sentado es que todas las personas que hemos conocido, todas las que vamos a conocer y todas las que hemos amado van a morir.

Así pues, ¿cómo de colosal debe de ser nuestra imaginación para que seamos capaces de reunir el suficiente entusiasmo para salir de la cama cada mañana?

¡Infinita debe de ser! La imaginación es lo único que impide que pensemos en la muerte cada segundo.

¿Qué pasa cuando no estamos pensando? Oh, esos son nuestros mejores momentos, cuando malgastamos la vida.

Es un sublime acto de rebeldía hacer cosas sin importancia, perder el tiempo, nadar, beber refrescos y acostarse tarde.

Hacer pamplinas y ser frívolo, reír con los chistes estúpidos y contar historias tontas.

O pintar cuadros grandes, tan grandes como puedas, e intentar aprender a susurrar en colores.

Buscar la manera de decirles a los demás: ese era yo, esos eran mis humanos, esos eran nuestros pedos.

Esos eran nuestros cuerpos, y eran pequeños, demasiado, porque eran incapaces de albergar todo nuestro amor.

Eso es todo en la vida. Todo a lo que se puede aspirar.

No debes pensar en que puede acabar, porque entonces vives acobardado, no amarás demasiado ni cantarás demasiado fuerte.

Tienes que dar todo por sentado, piensa el artista, sin excepciones: los amaneceres y las lentas mañanas de domingo y los globos de agua y la respiración de otra persona en tu cuello.

Eso es lo único valiente que puede hacer una persona.

—Yo... yO... yO...—dice la joven de diecisiete años frente a él en el callejón de detrás de la iglesia.

El artista se arrepiente de haber reconocido que estaba enfermo.

Lo siente por ella cuando ve que ella lo siente por él, porque no hay motivos para lamentarlo.

Tiene casi cuarenta años y ha vivido una vida larga, pasmosamente larga, y quien diga lo contrario miente.

Ha visto el mundo, se ha enamorado en playas de arena blanca, bailado con música a todo volumen en noches cálidas y malgastado mañanas lentas bajo sábanas suaves.

Ha pintado y reído y cantado. Todas las cosas que no osaba soñar cuando tenía catorce años, cortes en las muñecas y pastillas en la mochila. Ha vivido, ¡madre mía si ha vivido!

—Me encanta cómo pintas, sobre todo las cucarachas—le dice a la chica frente a él, parpadeando felizmente a la pared como si acabara de despertar.

A Louisa, que acaba de darse cuenta de quién es el hombre, casi le falta el aire para contestar.

—¡A mí... A mí también me encanta cómo pintas tú! ¡Tú... Tú eres la razón por la que pinto!

Son demasiados sentimientos a la vez para Louisa.

Ya estaba teniendo un día complicado de por sí y, en tales circunstancias, no es el mejor momento para conocer a tu ídolo.

De pronto, el gato se restriega en su pierna, una señal muy tierna de afecto si no fuera porque Louisa sospecha que el animal trata de limpiarse el moqueado pelaje.

—Yo no soy el motivo, nadie lo es. El arte es tuyo y de nadie más—discrepa amablemente el artista.

A Louisa le falta el aire. Tiene un millón de preguntas que no le da tiempo de hacer.

Tal vez no importen y, además, quizá el artista no tenga buenas respuestas; los adultos siempre son mucho más inútiles de lo que los adolescentes esperan.

Pero, por desgracia, el artista no tiene la oportunidad de decepcionar a Louisa porque en ese momento oyen sirenas y al vigilante gritar: «¡Está ahí!

¡En el callejón!». Y el trastabillar de zapatos feos con suelas incómodas rimbomba tan fuerte en el callejón que apenas si pueden oír el retumbar de sus corazones.

Oyen también otros gritos, de policías, y el artista se echa de pronto a reír porque, claro, ¿qué va a hacer si no? ¿No darlo todo por sentado?

—Corre—le dice a Louisa con absoluta calma.

—¿Cómo?—resuella Louisa, paralizada por el pánico.

El artista sonríe, feliz y agradecido.

—¡Corre, Louisa! Espero que aprendas a nadar. Espero que pintes todas las paredes que te encuentres desde aquí hasta el mar, pero ahora ¡corre!

El artista le ofrece el espray que había tomado prestado, temblando de la cabeza a los pies.

—Y ¿qué será de ti?—acierta a decir Louisa, pero él tiene una sonrisa tan amplia que sus orejas corren peligro.

—Me temo que yo ya no puedo correr mucho—susurra. Entonces añade—: Pero no te preocupes. ¿Qué va a hacerme a mí la policía? Mi fama es mundial, ¿no lo sabías?

Ella respira a toda velocidad, como se respira cuando el momento más importante de tu vida es también uno de los más vergonzosos.

Siento... no haberte reconocido—se lamenta Louisa mirando el espray que el artista tiene en la mano. Entonces, le pide entre sollozos—: ¿Te lo puedes quedar y así me lo devuelves la próxima vez que nos veamos? ¡Volveré a buscarte!

El artista de fama mundial asiente.

—¡No te hagas daño!—le hace prometer el artista, y eso es lo más cariñoso que ningún adulto le ha dicho nunca.

La policía dobla la esquina y Louisa duda un momento mientras le caen las lágrimas por el cuello de la camisa, pero al final da media vuelta y echa a correr.

El artista no le devolverá el espray, Louisa no tendrá la oportunidad de decirle cuánto significa para ella.

Da igual, ahora él está con ella en todas partes, en todas las paredes.

¿Y la vida? La vida es larga.

Cuando la mochila de Louisa desaparece al doblar la esquina, el artista se queda de pie pensando en un embarcadero bajo un cielo despejado.

En tener catorce años y flotar bocarriba en el mar y reírte con tantas ganas que te das la vuelta y casi te ahogas.

Louisa le había dicho que pensaba que la fama del artista era mundial, que sería muy rico y no tendría nada que temer.

Había acertado dos de tres, lo cual no está mal.

Pero él siempre ha tenido miedo de todo.

A menudo piensa en los críticos que, cuando era joven, decían que su arte no tenía ningún valor y que él no llegaría a nada.

Cuando se hizo famoso, deseó muchas veces que no se hubieran equivocado.

Piensa en cómo el éxito acelera tu mundo y cómo su corazón siempre fue incapaz de seguir el ritmo.

Piensa en la increíble fama, las asombrosas cantidades de dinero y los constantes ataques de pánico.

Piensa en ser el mejor decepcionando a todo el mundo, porque enseguida se vuelve imposible decir que no a las personas que siempre andan recordándote lo agradecido que deberías estar.

Piensa en los cuadros en los que se dejó hasta el último aliento, que entonces se vendían por tantísimo dinero que los vetustos señores y las vetustas señoras ni siquiera los colgaban en sus paredes, sino que los guardaban en cajas fuertes.

Piensa en las exposiciones en galerías en las que todos lo adoraban, porque eso es lo que te hacen sentir, que te adoran, ahí está la trampa.

Piensa en los hombres que miraban sus cuadros con símbolos de dólar en los ojos y preguntaban: «¿Cuántos de estos crees que puedes producir en un año?

». Piensa en las mujeres que decían: «¡Tus cuadros me llegan tanto!

» y luego hablaban del mobiliario de sus casas de verano.

Piensa en la pregunta inevitable que todas esas personas se hacían: «¿De dónde sacas la inspiración? ».

El artista nunca se atreve a mirar a nadie a los ojos cuando le hacen esa pregunta.

No es capaz de explicar que todos sus cuadros son un intento de mostrar lo bello que le gustaría ser.

Ha soñado con ser capaz de decir: «Ser humano significa estar en constante duelo».

Porque lo que de verdad quiere saber él es: «¿Cómo coño lo sobrelleváis vosotros? ».