Mis amigos Chapter 6
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Chapter 6

SEIS

Hace veinticinco años, el verano que cumplió los quince, el artista pintaba calaveras por todos sitios.

Al principio lo hacía en el aire, con la punta de los dedos; luego, en un cuaderno de dibujo, a lápiz; y, por último, junto a su nombre, al firmar el cuadro que se haría famoso en todo el mundo.

Sus amigos son los únicos que entendían lo milagroso de todo aquello, no lo de que el cuadro alcanzara la fama, sino el hecho de que el artista lograra acabarlo.

Que algo tan genial saliera de un chico que se valoraba tan poco.

Porque, en su opinión, era evidente que la idea no tenía nada de bueno.

No podía pintar, eso lo sabía. A él solo se le daba bien correr.

Había crecido en un barrio donde los niños tienen que estar alerta todo el día para evitar amenazas, iba a un instituto donde, en menos que canta un gallo, se liaba una pelea, donde había que esconderse en cada recreo y donde cualquier cosa susceptible de ser usada como arma estaba atornillada al suelo de los pasillos y las aulas.

El estrés era el estado normal de su cuerpo, y eso hace que se te dé bien correr, porque practicas a diario.

Sin embargo, de arte... ¿Qué puñetas sabía él de arte?

Cuando corría, su amigo Joar siempre iba a su lado, mirando por el rabillo del ojo para asegurarse de ser él quien recibiera el primer golpe si los atrapaban.

A diferencia del artista, a Joar se le daban bien las peleas, algo normal si recibes a menudo, y Joar recibía tantos golpes de su padre en casa que era un milagro que aún conservara el esqueleto.

Cada vez que alguien se metía con él en el insti por ser bajo, el artista pensaba que, si supieran las humillaciones a las que lo había sometido ese demonio de hombre, pensarían que era todo un milagro que el chico hubiera crecido aunque fuera un poco.

En cuanto al artista, a él se le daba bien ver la belleza en todo, algo normal si no se te da bien verla en ti mismo.

La escuela no era su sitio, el pueblo no era su sitio, su propio cuerpo no era su sitio.

Había llorado tanto esa primavera, a los catorce años, que se sentía hueco.

Todos pensaban que era inseguro porque era muy callado, pero ese no había sido nunca el problema, lo eran más bien las cosas sobre las que tenía una certeza absoluta: que no valía para nada, que sus amigos se equivocaban con él, que iba a decepcionar a todo el mundo.

En cuanto a sus amigos, ellos solo querían hacerle reír.

A veces lo conseguían con chistes tontos, otras veces con chistes casi inteligentes, pero lo más habitual es que lo lograran corriendo a su lado por todos los rincones del pueblo hasta llegar al embarcadero, hasta que les faltaba el aire de tal manera que no podían pensar con claridad.

Entonces competían para ver quién saltaba primero al agua.

El artista se arrancaba la ropa mientras corría y cuando llegaba al borde y estaba a punto de saltar oía una voz que gritaba detrás de él.

—¡CUIDADOOOO!

Se detenía a media zancada y se daba la vuelta.

—;¡Cuidado al saltar, no caigáis fuera del aguaaaa, pringadoooos!—vociferaba Joar adelantando a todo trapo a sus amigos y saltando primero.

En su defensa, él necesitaba ventaja para ganar.

No es por ser cruel, pero Joar era el más bajo del grupo y desde luego no era el más rápido.

Alguien dijo en una ocasión que medía «dos manzanas de altura», y seguro que no eran manzanas grandes.

Aun así, era el más valiente y fuerte de la pandilla; puede que tuviera las manos más pequeñas, pero sus puños eran los más grandes.

Cuando Joar salía de una habitación, parecía que se habían ido veinte personas.

Si le quitabas los ojos de encima un momento, desaparecía en un santiamén y te lo encontrabas peleándose con alguien el doble de grande, o saltando de un peñasco del que nadie se atrevía a tirarse mientras profería un alarido triunfal.

El artista no lo sabía entonces, pero así es cómo acabaría pintando a Joar en el cuadro: con el contorno borroso, como si siempre estuviera a punto de perderse.

Con el tiempo, el artista daría con el modo de pintar la risa, de hacerlo bonito, porque así quería recordar aquellos días de sus catorce años. Porque había belleza también.

De adulto, el artista reconocería que todo aquel verano estuvo cargado de violencia.

Plagado de funerales. Al llegar agosto, los amigos eran personas diferentes.

Para entonces, Joar había visto a su madre recibir su última paliza y había decidido matar a su viejo.

El verano empezó y terminó con la muerte.

¿Y entre medias?

Entre medias, el verano estuvo repleto de otras cosas.

Consiguió ser amor y amistad, risas milagrosamente escandalosas y decisiones magníficamente estúpidas.

Encendieron petardos en buzones, se tiraron en un carro de la compra por la cuesta más empinada del pueblo e intentaron secar calcetines mojados en una tostadora, porque, ¿qué se hace a los catorce si no? ¿Morirte del aburrimiento?

Principalmente, ese verano lograron convertirse en aquel cuadro, y así empezó la aventura para el chico que llegaría a convertirse en el artista C.

Jat. A menudo intentaba pensar que tal vez debía ser así: que los años de nuestra adolescencia contienen la luz más brillante y a la vez la profundidad más oscura, porque entonces aprendemos a vislumbrar nuestros horizontes.

El artista recordaría los catorce años con la sensación de que estaba siempre nostálgico, porque se había dado cuenta de adulto de que eso era el vacío que sentía en el pecho: algunos nacemos en el lugar equivocado, toda nuestra infancia es como estar en un barco que ha naufragado en una isla desierta, y nos dolemos de nostalgia por nuestro hogar perdido sin saber aún qué es el hogar.

Eso son los amigos de la infancia, náufragos en la misma isla.

Si encuentras aunque solo sea uno, puedes con casi cualquier cosa que te pase.

Así pues, un día de junio, el artista susurró algo:

—Puedo intentar pintar... el mar.

—¡Bien!—replicó feliz Joar, pues no sabía cómo sacar el tema: que había visto las pastillas en la mochila y los cortes en las muñecas del artista.

Joar no sabía susurrar «puedes pintar lo que te dé la real gana siempre y cuando pintes.

Tengo miedo de perderte si no lo haces».

Al artista también le faltaban palabras y no sabía cómo explicarle a Joar que sentía que la ansiedad le oprimía la garganta, que le aterraba agarrar de la mano a sus amigos por si los arrastraba hasta lo más hondo de la oscuridad con él,

Se conocían sin tener que hablar, y eso, a veces, era insoportable.

Algún día los adolescentes estarían sentados en un cuadro, pero ese día estaban sentados en el borde del embarcadero, durante el silencio más largo que recuerdan.

Por eso resultó tan liberador que uno de ellos se tirara de pronto un pedo.

¿Y las risas? Es un milagro que no se rompieran las costillas.

Gritaron al unísono «¡YO NO HE SIDO!» y se apuntaron con dedo acusador los unos a los otros, y luego saltaron, uno detrás de otro, al agua.

¿Cómo es posible que el mar fuera lo bastante grande para dar cabida a sus corazones? Es incomprensible.

Cuando, en un momento dado, flotaban bocarriba unos junto a otros, el artista giró la cabeza hacia donde estaba Joar y preguntó:

—¿De verdad piensas lo que has dicho antes? ¿Que no crees que todos sigamos vivos cuando seamos mayores?

Era un día sin nubes ni viento, el mar los abrazaba y Joar le devolvió una sonrisa triste.

—Tú seguirás vivo. Todos no, pero tú sí, porque vas a vivir eternamente.

No es por ser cruel, pero se equivocaba.