Mis amigos Chapter 5 #2
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Chapter 5 #2

—Lo que pasa es que... Es que he huido. Quiero decir que estoy sin casa, pero no sin casa como vosotros, no quiero decir que debáis compadecerme, no...

Estoy sin casa a posta. Es decir, me he escapado de donde vivía, así que es probable que hayan denunciado mi desaparición.

Pero tenía que irme porque no es un buen sitio para dormir sola, ¿sabéis?

Y yo... Yo oí a los adultos hablar de la muerte de mi mejor amiga, Pez, y decían que era mejor así.

Que estaba loca y que era peligrosa, y que lo mejor que podía hacer por el mundo era no estar en él, así que me tuve que escapar porque si no habría asesinado a los idiotas que dijeron eso, ¡porque Pez no estaba loca!

Era la mejor en casi todo, y era mi humana.

Era MI humana, era mi HUMANA. Y ahora está muerta y a nadie le importa, ¡ni siquiera la recuerdan!

Por eso he corrido, porque si la policía me atrapa me enviará de vuelta a la casa de acogida porque soy menor de edad y han denunciado mi desaparición.

Pero mañana cumpliré dieciocho años y ya no estaré desaparecida. Simplemente... no estaré.

Su cerebro le dice sin parar que farfulla demasiado, pero el corazón de Louisa está tan exhausto que ya no es capaz de escuchar a ninguna voz superior.

Quedan pocos días para la Pascua y es como si el invierno y la primavera se estuvieran disputando la temperatura como dos hermanos insoportables, un momento luce el sol y un minuto después un aire helado se cuela por el callejón y por debajo de la camisa de Louisa.

—Me meto en coches para dormir, se está más caliente—dice señalando con la cabeza la manta y la caja—. Además, me gusta el sonido cuando echas el cerrojo por dentro.

Se avergilenza enseguida porque se da cuenta de que el hombre sin techo no puede colarse en ningún coche con ese temblor de manos y, además, quizá no haya tenido una amiga como Pez que le enseñara a hacerlo. Louisa se siente mal por él, se siente mal por cualquiera que no haya tenido a Pez.

El hombre sin techo permanece de pie y en silencio delante de la joven un buen rato, hasta que de su garganta vuelve a brotar el sonido susurrante, la voz más suave que Louisa ha oído nunca.

—Lo siento.

—Yo también lo siento. Por... lo que sea que te haya pasado—susurra apenada ella también.

El hombre tiene los ojos húmedos y la nariz congestionada, así que el gato se aparta con cautela para evitar que le vuelvan a salpicar de mocos el pelaje.

Ni Louisa ni su cerebro saben qué hacer con el silencio que se crea, así que respira profundamente y le ofrece algo.

El hombre lo toma en sus manos, sorprendido: es una postal.

—Para ver el cuadro de la foto. Para eso me he colado en la iglesia.

Le caen las lágrimas por las mejillas, pero su semblante está casi tranquilo, al menos todo lo tranquilo que puede estar una persona que acaba de llorarle encima a un gato.

—A veces pienso—susurra mirando la postal—que el artista que lo pintó debió de sentir mucho dolor, pero también que debió de ser la persona más feliz del mundo.

Que debió de reunir todos los sentimientos a la vez y que eso debió de ser casi insoportable, porque, si no, no habría podido pintar así, ¿sabes?

Su cerebro le está gritando que parece un bicho raro de categoría ahora mismo, pero ya es tarde para detenerse.

—¿Ves a los chicos en el embarcadero?—prosigue—.

La gente piensa que es un cuadro sobre el mar, pero, en realidad, es un cuadro sobre ellos.

Y están... Ellos están en todos los cuadros del artista.

No los volvió a pintar, pero si sabes que están ahí...

es como si pudieras sentirlos en todas partes.

Mi amiga Pez y yo siempre hablábamos de ir allí algún día.

De saltar desde ese embarcadero. ¡Yo iba a aprender a nadar allí!

Apenas pueden oírse esas últimas palabras a través de sus sollozos. Da la impresión de que al hombre sin techo le gustaría abrazar la postal para compensar la dificultad que le supone abrazar a las personas. Hace ademán de devolvérsela lentamente a Louisa, pero ella sacude la cabeza.

—Puedes quedártela.

Porque ha visto el de verdad. Lo lleva en su cerebro y su corazón para siempre, nadie se lo puede quitar.

—Siempre pienso que esos chicos eran pobres, como yo. Pero ahora los cuadros del artista se venden por millones, así que es famoso en todo el mundo y muy rico y ya no tiene nada que temer—balbucea Louisa como si tratara de ocultar la envidia.

El hombre también parece sentir envidia con la postal en la mano.

Louisa saca el paquete de cigarrillos. En realidad, era Pez la que fumaba, pero ella se lleva uno a la boca de todas formas.

Le ofrece el paquete al hombre, quien, tras dudar un momento, acaba cogiendo un cigarrillo.

Louisa no puede evitar pensar que es el gesto amable que corresponde, el de arriesgarse a un cáncer de pulmón por pura educación.

—¿Fumas?—pregunta Louisa. Él asiente con la cabeza amablemente—. Bien, porque no tengo mechero.

Desde que Pez murió, a Louisa le gusta tener un cigarrillo entre los dedos, incluso notarlo entre los labios a veces.

Justo cuando se dispone a decírselo al hombre, repara en que a él le tiemblan tanto las manos que casi no puede ni sujetar su cigarrillo, así que le pregunta, con la voz llena de compasión y curiosidad a partes iguales:

—¿Eres alcohólico? ¿Son de eso los temblores?

El hombre permanece tanto tiempo sin decir nada que Louisa está a punto de disculparse, pero entonces él niega con la cabeza lentamente mientras responde:

—No, no, no bebo. Yo... derramo la mayor parte.

Louisa tarda tanto en darse cuenta de que está bromeando que, cuando se echa a reír, lo hace el doble de fuerte. No reía tanto desde que Pez dejó de estar aquí. El hombre parece tan feliz por haber sido el causante de tan maravilloso sonido que el siguiente chiste le sale casi sin esfuerzo:

—No es para reírse, perdí el trabajo por eso.

—¿De qué trabajabas?—pregunta Louisa, sorprendida.

—De ladrón de panderetas—contesta el hombre sonriendo.

Vaya, cómo ríe Louisa. Ja, ja, ja. El mejor sonido del mundo.

—¿Por eso no fumas? ¿Porque siempre apagas el cigarrillo sin querer? ¿De verdad no tienes casa o es que pierdes la llave todo el rato?—exclama Louisa sacudiendo la mano.

Ja, ja, ja, cómo ríe él con la ocurrencia. A Louisa le gustaría poder añadir algo más así de gracioso, pero su cerebro es un inútil.

—¿Estás enfermo?—pregunta al fin.

Él asiente, pero no está triste.

—SÍ,

—¿Te estás muriendo?—pregunta, porque lo parece, como si pudiera llevárselo un soplo de viento al cambiar de dirección.

Él asiente de nuevo, pero solo parece triste porque ella parece triste.

—La vida es larga, Louisa. Todo el mundo te dice que es corta, pero mienten. La vida es muy muy larga—dice el hombre de repente con un tono reconfortante.

Ella apenas consigue permanecer erguida tras oírlo. Lo cierto es que, viniendo de un desconocido, no es poca cosa que asimilar de una vez, ¿verdad? Sobre todo cuando llevas tanto tiempo sin hablar con otro ser humano. Louisa se pone la mochila para asirse a las correas y hacer algo con las manos.

—Mi amiga Pez no soportaba estar viva. Le dolía mucho. Pero yo creo que me gustaría intentarlo, lo de vivir, digo—murmura con la mirada gacha.

El hombre sin techo asiente orgulloso. Tal vez Louisa se lo esté imaginando, no sería la primera vez, pero no puede evitar pensar que el gato parece estar un poco orgulloso también.

No se despide, a Louisa no se le da nada bien, así que se limita a levantar la mano, y el tatuaje de su antebrazo de un manco encaramado a un árbol parece que dice adiós con su única mano. Justo en el momento en que se da media vuelta, el hombre sin techo hace una pregunta.

—¿Te... Te gustaría pintar algo?

Ella vuelve la cabeza sorprendida y el hombre señala la pared negra de la iglesia con un gesto amable pero grandilocuente, como si fuera el salón de su casa. Louisa no sabe qué hacer; nadie, salvo Pez, le ha pedido jamás que pinte. ¿Cómo se puede una negar a algo así?

Así que Louisa se detiene y pinta. Revuelve la mochila y gasta casi todos los espráis que lleva encima.

Pinta corazoncitos y peces que no sienten dolor.

Pinta cucarachas, que es como la ha llamado la vieja idiota de la iglesia, pero las cucarachas que pinta son bellas.

Tan bellas que su belleza es un acto de venganza.

Entonces pinta medusas con uniforme de vigilante, y el hombre sin techo sonríe tanto al verlas que casi se cae de culo.

Vacilante, el hombre agarra el espray que Louisa lleva en la mano. Ella se sorprende cuando se lo quita tan delicadamente, sin apenas rozarla.

Entonces, con dedos trémulos, se pone a pintar, y que Louisa logre mantenerse en pie cuando termina de hacerlo es desde luego muy loable, porque su corazón ha abandonado su cuerpo para entonces.

El hombre sin techo pinta calaveras.