Chapter 5
CINCO
Louisa se golpea tan fuerte contra el suelo que lo empieza a ver todo negro.
Por un momento cree que se está muriendo.
Permanece unos segundos inconsciente y, durante uno de ellos, cree oír la voz de Pez, que le habla desde más allá de su tumba.
Quizá eso tendría que hacerla feliz, pero solo la cabrea, porque fue Pez la que prometió que, si lograban sobrevivir a sus miserables infancias, todo iría bien a partir de entonces.
«¡Eres tú la que supuestamente iba a sobrevivir, no yo.
Porque es a ti a la que se le daba bien estar sola!
», grita Louisa en su cabeza antes de abrir los ojos aterrorizada y darse cuenta de que a lo mejor lo ha dicho en voz alta.
Alguien chista para hacerla callar, ¿o lo ha imaginado?
Aprieta la lengua contra los dientes y, si no fuera porque sabe que no es posible, diría que tiene pelos de gato en la boca.
Entonces oye de nuevo el siseo y, cuando parpadea con la mirada dirigida al cielo, ve que el hombre sin techo apostado junto al cubo de basura se ha llevado el dedo índice a los labios.
Louisa no sabe llevar muy bien que la manden callar, todo hay que decirlo, pero obedece y contiene la respiración cuando oye al vigilante gritar a pocos metros:
—¿Hablas inglés? ¿Has visto a una joven?
Louisa ve al hombre sin techo asentir rápidamente con la cabeza y señalar en dirección opuesta.
El vigilante resopla jadeante, da media vuelta y se aleja corriendo.
Puede que «corriendo» sea mucho decir, pero, en cualquier caso, avanza más deprisa que cuando simplemente camina.
El hombre sin techo se queda allí inmóvil hasta que los ciento cuarenta kilos de músculo y cero gramos de agudeza detectivesca desaparecen por fin de su campo de visión.
Entonces se inclina hacia Louisa desde detrás del cubo de basura y sonríe vacilante.
Tiene dibujada en la cara una gran mancha roja con forma de Louisa.
Deben de haber entrechocado las cabezas.
Ella recuerda correr agachada, así que el hombre debe de ser muy bajito.
Al lado del sintecho está sentado un gato pelirrojo que Louisa ve por primera vez.
Tiene un aspecto sorprendentemente pulcro y cuidado para ser un gato sin hogar, a pesar de que el hombre sí lleva la ropa sucia.
Se le ve asustado, al hombre, no al gato, que parece sencillamente molesto, como si Louisa hubiera derramado leche sobre su colección de sellos.
—Perdón—murmura Louisa en el inglés que le enseñaron las estrellas de cine. Intenta ponerse de pie, pero se tambalea y cae justo encima del hombre sin techo.
Al tocarse, ambos sienten una sacudida, como si les hubiera dado la corriente, y el hombre cae contra el cubo de basura mientras Louisa tropieza con el gato, que la mira con cara de pocos amigos.
—Perdón, perdón, perdón—repite Louisa mientras vuelve a caer de culo.
El hombre logra incorporarse con esfuerzo; le tiemblan mucho las manos y parece dolorido, pero sonríe como queriendo decir que está bien.
El gato no parece estar nada de acuerdo.
Louisa se pone roja como un tomate cuando ve que hay una caja rota y una manta sucia detrás del cubo de basura, y es ahí cuando se da cuenta de que se ha metido de lleno en el dormitorio del hombre y su gato.
Es evidente que al hombre le gustaría ayudarla a levantarse, pero no quiere tenderle la mano. Louisa reconoce el lenguaje corporal.
—¿No te gusta que te toque la gente?—susurra ella. El hombre sacude la cabeza en actitud de disculpa—. A mí tampoco.
Él sonríe vacilante y ella hace lo propio.
Sigue un breve silencio, pero, lamentablemente, a Louisa se le dan fatal los silencios, así que empieza a balbucear.
Eso es porque tiene un cerebro un poco abusón que siempre le dice que cuando los demás se callan es porque ella les parece un bicho raro, así que lo mejor es empezar a balbucear sin pensárselo dos veces.
Así pues, Louisa se vuelve hacia el gato y exclama:—¡Me gustan los gatos!
La verdad es que me gustan más los gatos que los perros porque es mucho más difícil matar a tiros a un gato.
El cerebro de Louisa le pregunta enseguida por qué narices ha dicho eso, y ella cree que es porque él se lo ha ordenado, a lo que este responde que esas son precisamente el tipo de cosas que hacen que la gente piense que es un bicho raro, entonces a ella le da tanta vergúenza que sus mejillas son incapaces de ocultarlo.
Menudo abusón que está hecho su cerebro.
—Quiero decir—farfulla disculpándose con el hombre y el gato—que en las películas los gánsteres siempre dicen que van a matar a tiros al enemigo «como a un perro», pero nunca dicen que lo van a matar «como a un gato», porque los gatos nunca se están quietos...
El hombre sin techo sonríe. No tanto el gato, aunque da la sensación de que ahora Louisa le disgusta un poco menos. El cerebro de la joven le insta a seguir hablando, así que añade:
—Además, a los perros hay que meterles cada dos por tres la mano en la garganta porque no paran de comerse cosas letales. Quiero decir, ¿es lógico que sobreviva un animal así? En cambio, no verás a nadie con la mano en la boca de un gato...
Louisa se queda por fin callada y su cerebro suspira de pura desesperación.
El gato inclina la cabeza y parece estar pensando en bolas de pelo.
El hombre parece no saber qué hacer con las manos, como si le avergonzara lo mucho que le tiemblan, así que se las mete en los bolsillos.
Por desgracia, ahora son los bolsillos los que tiemblan, y eso parece aumentar su bochorno.
Para alivio del hombre, no parece que Louisa se haya dado cuenta porque acaba de reparar en su mochila; debe de habérsele roto la cremallera al caer y ahora toda su vida está desparramada por el suelo: el pasaporte, los espráis de pintura, lápices, bolígrafos, cuadernos de dibujo y un paquete de cigarrillos.
Dos destornilladores. Y toda la ropa que pudo meter dentro.
La invade de un modo tan súbito e inmisericorde la certeza de que eso es todo cuanto posee en el mundo en ese momento—diecisiete años y le cabe en una mochila—que el espinazo se le dobla.
Se le llenan los ojos de lágrimas cuando se agacha desesperanzada y empieza a reunir sus cosas. Cuando el hombre se acerca a ayudarla, también hay lágrimas en los suyos. Hace falta una clase especial de corazón para sentir eso por las pertenencias de otra persona.
—Gracias—musita Louisa, sonrojada por la vergiienza mientras mete de nuevo los espráis en la mochila. Y añade tímidamente—: No he robado nada. Para que lo sepas. No es por eso por lo que me perseguía el vigilante. No soy una ladrona.
El hombre tiene cara de creerla, si bien el gato parece albergar alguna que otra duda, de manera que Louisa añade:
—Y tampoco he vandalizado ningún cuadro. Aunque esa vieja estúpida haya gritado que lo he hecho, no es verdad. Nunca... Jamás haría eso. Estaba ahí porque adoro ese cuadro, nada más. Yo solo quería verlo en persona, solo una vez. Se suponía que lo iba a ver con mi mejor amiga, pero murió, y yo...
Louisa se muerde el labio y su cerebro empieza a hacerle bullying de nuevo, así que agacha la mirada y farfulla algunas de las palabrotas más gordas que el hombre sin techo ha oído nunca, que no es poco, ya que ha conocido a marineros que empinan el codo de lo lindo y ha navegado con borrachos.
En una ocasión oyó a una embarazada gritarle a un guardia de tráfico; total: el hombre ha escuchado unos cuantos tacos y está en posición de concluir que la joven posee un don fuera de lo común.
Louisa echa sapos y culebras por la boca y, de pronto, rompe a llorar con tal violencia que le tiembla todo el cuerpo, porque tenía un plan totalmente perfecto esa mañana y desde luego no incluía encontrarse en el callejón de detrás de una iglesia llorando a moco tendido hasta salpicar a un gato sin techo.
—Perdón, perdón—resuella.
Al gato parece desagradarle un poco la idea de tener que limpiarse el pelaje con la lengua.
El hombre titubea para ponerse de pie, pero lo consigue.
Lleva las rodilleras del pantalón más sucias que antes y extiende la mano en que sostiene el pasaporte de Louisa.
Está abierto por la página de la fotografía, así que puede ver su nombre y fecha de nacimiento.
Abre la boca, pero de ella brotan unos sonidos tan tenues que apenas parecen palabras, se asemejan más al viento que susurra entre las hojas.
—Louisa. Bonito nombre. Feliz cumpleaños.
Louisa recoge su pasaporte, con delicadeza, como si fuera el latido de un corazón.
Fue idea de Pez lo de hacerse el pasaporte, a pesar de que ambas sabían que nunca viajarían a ningún sitio, porque Pez decía que un pasaporte es una prueba de que existes.
Ahora que ella no está, da la sensación de que es la única prueba que le queda a Louisa.
—Mi... cumpleaños es mañana.
—Quizá no nos veamos mañana—susurra el hombre mirándola con amabilidad y sonriendo con ternura.
Ella se da cuenta de que no habla en voz baja por timidez, sino porque está enfermo y le duele al hablar.
No sabe qué decir, y eso nunca es un buen comienzo para su cerebro, aunque, en defensa de Louisa, hay que decir que nadie, salvo Pez, le ha deseado nunca que tenga un cumpleaños feliz.
No es tan fácil ordenar todas las emociones cuando un desconocido lo hace sin que te lo esperes.
¡Di algo inteligente!, le grita su cerebro.
—El vigilante dijo que iba a llamar a la policía, por eso he corrido, no porque haya hecho nada malo—logra decir.
Su cerebro le indica que al hombre sin techo probablemente eso le tenga sin cuidado, pero a Louisa de pronto le importa mucho lo que piense de ella, como si la reconfortara que al menos una persona y un gato en todo el planeta albergaran algo más que opiniones negativas sobre ella. Por eso le sale todo a borbotones: