Mis amigos Chapter 4
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Chapter 4

CUATRO

Hace veinticinco años, en una infancia completamente distinta, había un mar enorme.

El sol brillaba, el verano era interminable y, sobre la infinita claridad del agua, asomaba un embarcadero de pescadores, en cuyo extremo se sentaba la mejor clase de humanos.

Tenían catorce años, casi quince, y, no es por presumir, pero Louisa tenía razón: había sido el pedo más fantástico.

Uno de ellos se lo había tirado ella y sus amigos casi se habían caído al agua de la risa.

Ese es el momento que se convirtió en un cuadro.

Si has tenido personas que te hayan hecho reír así, no se te olvida.

Si no las has tenido, las palabras son inútiles.

O has olido un pedo magnífico o te conviertes en uno de esos adultos que pululan por una subasta un cuarto de siglo después pensando que es un cuadro sobre el mar simplemente porque se llama El del mar.

Definitivamente, los adultos han perdido la cabeza.

En cuanto a los adolescentes, antes de estar en el cuadro solo existían los unos para los otros.

Hace veinticinco años pasaron en ese embarcadero un verano que parecía que iba a durar eternamente, porque eso es lo que parecen los veranos cuando estás a punto de cumplir los quince, esa edad en la que la amistad es como unirte a la mafia: no puedes abandonarla porque sabes demasiado.

Cuando tienes catorce años, conoces hasta el último detalle de tus amigos, sus debilidades y fragilidades más profundas, y, claro, no puedes hacerte adulto con esa información porque un adulto no es capaz de guardar secretos así de bien.

Uno de los adolescentes se tiró un pedo y todos rompieron a reír a carcajadas.

Eres muy afortunado solo con vivir unos pocos días de verano como ese, pero, si además tienes un amigo como estos, tu fortuna es enorme.

Hacía tanto calor en el embarcadero que los jóvenes tenían que sentarse encima de sus mochilas para no escaldarse el trasero y, si corría alguna que otra brisilla, refrescaba menos que un secador de pelo en un crematorio.

Sudaban tanto que, si se tiraban al agua, la mar acababa más salada; tenían tanto calor que, si se hubieran quemado con un cigarrillo, el pitillo se habría quejado.

Y reían, madre mía cómo reían, a mandíbula batiente, porque era ese tipo de verano. El último que pasarían juntos.

Nadie esperaba que esto acabara en un cuadro, por supuesto.

El plan no era que alguien viera la firma de la parte inferior—C.

Jat—junto a las calaveras. Nadie esperaba que ese pedo acabara siendo un pedo de fama mundial y que muchísimos años después acabara vendiéndose en una subasta por tanto dinero que, de haberles quedado algo de movilidad en la cara, hasta las señoras ricachonas habrían levantado las cejas en señal de asombro.

Nadie esperaba que los chicos del embarcadero llegaran a nada, se suponía que habían nacido pobres y que morirían pobres porque así está hecho el mundo.

Se peleaban en el instituto y les pegaban en casa; sabían cómo sonaba exactamente la cerradura cuando llegaba un padre peligrosamente borracho, sabían de sobra que eran tontos e inútiles porque se lo habían estado repitiendo durante toda su niñez.

¿Y qué hay de aquel verano de hace veinticinco años?

Vieron a la muerte aquellas semanas, sufrieron persecuciones y ataques, experimentaron una violencia mayor de la que vivirían en toda su vida las personas de aquella subasta de arte veinticinco años después.

Nadie espera que tengas ninguna clase de futuro cuando te crías de esa manera, y menos aún que acabes siendo un artista de fama mundial, pero eso es exactamente lo que le sucederá a uno de esos jóvenes.

Porque había nacido en un lugar horrible con tanta belleza en su interior que aquello fue una especie de acto de rebeldía.

En un mundo lleno de opresión, su arte fue una declaración de guerra.

Un día, uno de los otros adolescentes, un chico llamado Joar, se inclinó sobre el cuaderno de dibujo del artista y dijo en voz baja, como si todo fuera producto de la magia:—¿Cómo narices se puede dibujar mostrando las cosas de verdad? ¡Joder! ¡Eres un extraterrestre!

Eso es lo más cerca que estuvo Joar de decir lo que de verdad sentía: «Te quiero. Espero que lo sepas», así que el artista respondió:

—Gracias.

Eso es lo más cerca que estuvo el artista de decirle a Joar lo que en realidad sentía: «Yo también te quiero. No puedo vivir sin ti».

Fue Joar quien se enteró del concurso que lo empezó todo.

Su madre solía llevar a casa periódicos que encontraba en la sala para empleados de la residencia donde trabajaba, porque a fin de mes a veces sucedía que el padre de Joar tenía que escoger entre comprar alcohol o comprar papel de váter, de manera que iba bien tener a mano los diarios.

El primer día de las vacaciones de verano, Joar leyó por casualidad un anuncio en el periódico antes de limpiarse el culo con él, y aquello lo cambió todo.

La mañana siguiente, en el embarcadero, explicó las reglas del concurso, una tarea nada fácil, lamentablemente, ya que al parecer estaba rodeado de idiotas.

—Es un puto concurso para artistas jóvenes y cualquiera puede mandar un puto cuadro y colgarán el mejor puto cuadro en el puto museo—explicó por séptima vez, o quizá por octava—. ¿Lo habéis entendido ya?

Ni que decir tiene que sus amigos lo habían entendido a las mil maravillas, es solo que a veces les gustaba hacerse los idiotas porque Joar era muy gracioso cuando se enfadaba.

—Pero... ¿qué es lo que hay que pintar entonces?—preguntó uno de ellos precisamente por esa razón.

—¡Puedes pintar lo que te salga de las narices! ¡Puedes pintar una barca, joder!—gruñó Joar, a quien se le había agotado la paciencia.

—Pero si no tenemos una barca.

—¡No tienes que pintar EN una barca, imbécil! ¡Pinta un cuadro DE una barca en un... lienzo de pintura! ¡O como mierda se llame eso!—espetó Joar.

Entonces su amigo fingió entenderlo antes de exclamar:—Pero no se me da bien pintar barcas, Joar.

—TÚ no eres quien va a pintar...—Joar suspiró y por fin se dio cuenta de que sus amigos esbozaban una sonrisa, así que murmuró—: Idiotas, sois unos idiotas.

El primero en parar de reír fue, obviamente, el artista; su alegría nunca duraba mucho, pues tenía la piel demasiado fina para mantener la realidad fuera. Empezó a rascarse todo el cuerpo, como hacía siempre que se ponía nervioso.

—¿No podemos pasar del tema, Joar?—dijo en voz baja—. No puedo pintar como se pinta en un concurso de esos. Son para gente elegante con dinero. No puedo...

—¿Cómo que no puedes?—lo interrumpió Joar con impaciencia—. ¡Ni hablar de eso! Eres un millón de veces mejor que todos esos pijos de mierda. ¡Solo tienes que demostrárselo! ¡Pinta lo que sea! ¡Pinta el puto mar!

Joar lo decía con su mejor intención, pero nadie le había enseñado a hacer que eso se reflejara en sus palabras.

No era al mundo al que quería demostrarle lo bueno que era el artista, sino al propio artista.

A Joar se le daba muy bien arreglar motores porque en ellos era fácil ver qué se ha roto; los humanos, en cambio, están llenos de mierdas que no se ven.

Nos rompemos por las partes invisibles. Así que Joar no sabía cómo decirle al artista que lo quería y se limitaba a refunfuñar.

—¡Pinta y ya está! ¡Tú gana el puto concurso y punto!

—Las cosas no funcionan así—musitó el artista, porque no podía explicar los motivos por los que le faltaba el aliento.

No tenía palabras para explicar por qué estaba tan triste ese verano.

Se rascaba todo el cuerpo y movía los ojos muy inquieto.

El tercer amigo se dio cuenta e hizo todo lo posible por distraer a los otros.

—¿Pintar el mar? Eso es difícil—dijo, y esta vez costaba saber si se estaba haciendo el tonto o lo era realmente.

—¿Cómo va a ser DIFÍCIL? ¡Si tiene UN solo color!—señaló Joar.

—Pero es tan grande... ¿Cómo vamos a conseguir suficiente papel?

Hubo un silencio largo hasta que uno de ellos empezó a reír y todos lo siguieron rompiendo en carcajadas. Incluso el artista, un instante después, y entonces ya ni siquiera Joar pudo enfadarse. Así empezaban siempre las mejores cosas.

Pasaron el resto del día lanzándose piedras, diciendo chorradas y nadando. De todo cuanto el artista pintó en su vida, Joar había sido lo más difícil, porque pintar lo que sentía por su amigo era imposible. Cuando el sol empezó a ponerse ese día, Joar dijo con tono irritado:

—Tienes que largarte de este puto pueblo.

—No digas eso—le pidió el artista, pero Joar se enfadó.

—¡Pero es verdad! Los demás estamos jodidos, vamos a tener unas vidas de mierda, pero tú no, ¿me oyes?

Porque tú eres un artista de fama mundial, lo que pasa es que el mundo no lo sabe todavía.

¡Acuérdate cuando esos cabrones sepan quién eres!

¡Acuérdate de que nosotros sabíamos que tu fama era mundial antes que nadie!

No es por presumir, pero Joar tenía razón.

Luego se tumbaron en el embarcadero y bebieron refrescos baratos y miraron la puesta de sol gratis. El verano todavía era interminable y el artista de fama mundial que todavía no era famoso en todo el mundo movía el dedo en el aire con los últimos rayos de sol, trazando calaveras en el cielo.

Entonces preguntó a los otros chavales de catorce años:

—¿Creéis que seguiremos siendo superamigos cuando nos hagamos mayores?

—Cuando nos hagamos mayores no creo que sigamos todos vivos—respondió tranquilamente Joar.

No es por presumir, pero Joar tenía razón en eso también.