Chapter 3
TRES
Así que echan a Louisa. En realidad, no es algo que suceda a menudo porque, por lo general, cuando se expulsa a alguien de un sitio lo que pasa es que se acompaña a la persona hasta la salida, o puede que se la lleve a rastras hasta la calle.
Pero Louisa no es como la mayoría de las personas, de manera que sale de la iglesia volando.
Justo antes de que se produzca la expulsión, Louisa pinta a un vigilante, lo cual no significa que lo pinte en la pared, sino que lo hace en el propio vigilante.
Desafortunadamente, el hombre no parece la clase de persona que aprecia este tipo de simbolismo, claro, por lo que se abalanza hacia ella con el mismo cabreo que un jabalí al que le acabaran de introducir un supositorio de jalapeño, agarrándola con tanta fuerza que Louisa grita y, en menos que canta un gallo, el hombretón hace lo propio.
Porque a Louisa no le gusta lo más mínimo que la toque un adulto, de manera que, presa del pánico, pinta al vigilante.
En su defensa hay que decir que lo hace en defensa propia, ya que lo único que tiene a mano es el bolígrafo que ha usado para escribir en la pared y que ahora le clava en el antebrazo al vigilante.
El alarido del susodicho es apabullante, un grito entre el de un niño de cinco años que se ha caído de un columpio y el de una cantante de ópera que se encuentra una serpiente en el coche.
No da para nada la sensación de que el hombre aprecie la ironía de que el bolígrafo sea de color rojo y que su brazo esté cubierto con la clase de palabras tatuadas molonas que les encantan a los vigilantes, por lo que ahora parece que un profesor furioso ha descubierto que una de las mentadas palabras tiene faltas de ortografía.
El tipo intenta, con sus ciento cuarenta kilos y cero gramos de diversión, agarrar a Louisa de nuevo, pero ella se aparta de un salto y saca lo primero que encuentra en la mochila: un espray.
Resulta que es blanco y resulta que el vigilante va vestido de negro, así que, después de que Louisa lo pinte de la cabeza a los pies, el hombre tiene el aspecto de una carretera muy enfadada.
Cuando por fin logra agarrar a Louisa con fuerza de los brazos y levantarla por los aires a ella y a su mochila, la brutalidad es tan repentina que parece que a la joven se le quiebran las clavículas como si fueran cerillas, aunque no es eso lo que la asusta; lo que de verdad la aterra es que el tipo le grita a otro vigilante: «¡LLAMA A LA POLICÍA)», y es que Louisa teme más a la poli que a la violencia.
Por lo tanto, cuando el vigilante se la lleva asida con fuerza hacia la salida, ella hace lo que todo hijo de vecino haría en semejante situación: morderle una oreja.
En ese momento se encuentran junto a la puerta y el muy llorón, con sus ciento cuarenta kilos, suelta un bramido y lanza a Louisa y su mochila con tanta fuerza que ambas salen volando hasta aterrizar al otro lado de la acera, como si el edificio hubiera escupido una semilla de sandía.
Lo último que oye Louisa es a la señora vetusta gimoteando dentro.
—Lo habéis visto, ¿no? Intentaba destrozar la pintura. Lo he dicho en cuanto he visto la mochila, que es una activista de esas. ¡Solo quieren destrozar cosas! ¡Como unas cucarachas asquerosas!
—¡No es un cuadro sobre el MAR, pedazo de...!—es lo último que Louisa le responde a voces.
Tiene toda una retahíla de insultos hechos y derechos para rematar la frase, pero, por desgracia, aterriza en la acera y se queda sin aire. Se hace un daño terrible, pero no le da tiempo de notarlo porque el vigilante ya viene corriendo a por ella, con sus ciento cuarenta kilos menos media oreja.
—i¡Llama a la policía!—vuelve a pedirle al compañero, así que Louisa agarra la mochila del suelo y echa a correr.
El tipo la persigue, pero no tiene la menor oportunidad de atraparla, claro, él es un adulto y los adultos no tienen ni idea de correr. Los adultos no le tienen miedo al suficiente número de cosas para ser buenos corredores.
Ella se dirige a toda velocidad hasta el final de la manzana y gira a la derecha, dobla la esquina y piensa en el mar.
Siempre hace eso cuando tiene miedo, así que piensa en el mar casi todo el rato.
Tal vez sea raro viniendo de alguien que tiene diecisiete años y no sabe nadar, que, de hecho, nunca ha salido de esta ciudad, porque es el tipo de ciudad que parece estar más cerca del espacio exterior que del mar.
Ni siquiera lo ha visto nunca, pero ha memorizado cada centímetro de azul del cuadro. Es su lugar más feliz.
Lleva la postal en la mochila, pero ya no la necesita porque no olvidará nunca la sensación de ver el cuadro de verdad.
Porque el cuadro que todos los adultos cretinos creen que trata del mar es en realidad el cuadro de un embarcadero de pescadores.
Sobresale en una de las esquinas, como una lengua de hormigón que se extiende bajo el cielo, y en el extremo más lejano hay tres chicos adolescentes sentados.
Son tan pequeños que los adultos casi ni reparan en ellos.
El artista llamó al cuadro El del mar, así que es eso lo que todo el mundo busca ver.
Los chicos del centro están ocultos a simple vista.
¿Quién pinta así? ¿Quién le atiza un puñetazo en los pulmones a alguien que simplemente mira a tres críos colgados en una pared?
¿Quién puede hacerte oler el agua salada y llorar por la infancia de otra persona?
Louisa no conoce a esos chicos, pero son su gente, las únicas personas que le quedan en el mundo.
Puede que tengan catorce años en el cuadro, quizá rocen los quince; ya no son niños pero aún no han llegado a adultos.
Están pintados como si el artista los hubiera mirado con tanta intensidad y soñado con tanta belleza que hubiera aprendido a susurrar en color.
Los ha pintado una persona que debe de haber sentido una profunda desolación interior porque, de no ser así, no habría sido capaz de agarrar el pincel con tanta delicadeza, no podría haber pintado la amistad así de no haberse sentido completamente solo cuando era niño.
Es un día de verano perfecto y los chicos están sentados muy pegados los unos a los otros y, si te acercas mucho para mirarlos, parece que se están moviendo.
Tiemblan de la risa, como si uno de ellos se acabara de tirar un fantástico pedo.
Ellos no pillan nada de nada, los ricachones ignorantes e inútiles de la antigua iglesia, porque no sufren lo suficiente.
Deambulan por la sala, felices, contentos y satisfechos con cómo funciona el mundo y pensando que es un cuadro sobre el mar.
Pero cualquier idiota puede pintar el mar, ¡hasta un idiota feliz puede hacerlo!
Este cuadro trata de la risa, y eso solo puedes entenderlo si estás llena de agujeros, porque entonces la risa es un pequeño tesoro.
Los adultos no lo comprenderán jamás porque no se ríen con los pedos y ¿cómo narices te vas a fiar del criterio de una persona así con respecto a algo tan importante como el arte?
Nunca han amado nada tanto como para que valga la pena que un vigilante te dé una paliza a cambio de verlo una vez.
Las lágrimas enfrían la cara de Louisa al correr, pero le arde el resto del cuerpo.
En la parte inferior del cuadro ha visto la firma del artista, quien había dibujado junto a ella unas calaveras diminutas.
No lo hubiera sabido de no haber podido acercarse tanto al cuadro una única vez.
Ningún vigilante podía borrarle eso de la memoria de un guantazo por mucho que lo intentara, porque ahora Louisa tiene calaveras por todo el corazón.
Vuelve a girar a la derecha en la siguiente esquina y termina en la parte trasera de la antigua iglesia de la que la acaban de echar, porque el vigilante que la persigue es lo bastante tonto para no pensar en buscarla allí.
En realidad, ese también es un plan perfecto—Louisa es una genia, hay que decirlo—, salvo por un pequeño detalle: que no ve a un hombre sin techo apostado junto a un cubo de la basura.
Choca con él a toda velocidad, cae de bruces y se queda inconsciente.
Vaaaale. Quizá el plan no sea perfecto del todo.