Chapter 2
DOS
La señora vetusta no ha reparado aún en Louisa, tal y como establece el plan. Para ser una persona que sorprende por su altura, Louisa tiene una capacidad pasmosa para ser invisible. El secreto está en saber que no significas absolutamente nada para nadie, que no vales un pimiento.
Da la casualidad de que la señora, que se siente muy importante y es, por tanto, muy visible, está ocupadísima en ese momento porque, al ver que los señores y las señoras están hablando de inversiones, empieza a rezongar.
—Mira, Charles. Ahora dejan entrar a cualquiera, hasta a los nuevos ricos ordinarios y trepas. ¡Míralos! No tienen gusto ni estilo.
Dice «nuevos ricos» como si fuera un virus terrible, porque a las personas como ella les gustan las cosas añejas y quieren muebles antiguos, vino reserva y dinero viejo.
Lo único nuevo que es de su agrado son los coches deportivos y las prótesis de cadera.
Cuanto más ricos son, menos cosas les gustan, hasta que llega un momento en que son tan ricos que hasta odian a otros ricos, y eso es prácticamente lo único que le gusta a Louisa de este tipo de personas.
La señora mira enfadada a su esposo.
—¿Me estás escuchando, Charles?
—Sí, sí, querida. Te estoy escuchando. Compraremos ese del mar. ¿Cómo se llama el artista? ¿C. Jat? ¿Qué clase de nombre es ese? ¿Tú crees que habrá más sándwiches de estos?
Nadie se fija en Louisa cuando abre la mochila llena de espráis.
Nadie se da cuenta de que se ha agachado para pasar por debajo del cordón y de que se aproxima al cuadro.
Jamás podrá explicar lo que siente al verlo.
Tal vez sea lo que se siente al dar a luz, piensa ella, que te quedas sin palabras.
«Te echo de menos, hasta pronto. Firmado: Mamá», dice la postal.
Louisa rebusca en el fondo de la mochila.
—¡Eh, tú! ¿Se puede saber qué haces? ¡No puedes acercarte tanto al cuadro!—vocifera de pronto una voz detrás de ella.
Es la señora vetusta, que suena muy enfadada, pero cuando a alguien le han estirado tanto la piel de la cara que las mejillas le nacen de detrás de las orejas es difícil adivinar lo que siente de verdad. Podría decirse que la señora tiene el rango de emociones de la pantalla de una lámpara.
Y, en ese momento, Louisa deja de seguir el plan. No es culpa del plan, es, sencillamente, que su cerebro se llena a veces hasta los topes de genio y de no-genio obligados a cohabitar sin remedio en el mismo espacio. Así pues, Louisa se gira con los ojos llenos de lágrimas y le espeta a la señora:
—¡No es un cuadro sobre el mar!
La interpelada retrocede rápidamente dos pasos y se queda mirando a Louisa como si la estuviera atacando un mueble: ¿le está hablando a ella?
—¿Estás...? ¿Es que te has vuelto...? ¡Aléjate de ese cuadro ahora mismo!—ordena, a punto de desmayarse ante semejante descaro.
Louisa, por el contrario, permanece inmóvil y tranquila al otro lado del cordón, apartando las lágrimas a golpe de parpadeo.
—No es un cuadro sobre el mar, nueva rica ordinaria y trepa—masculla.
A la señora le sube por la garganta una ira tal que casi se atraganta. Agarra a su marido con tanta fuerza que a este se le atraviesa el sándwich diminuto que se está comiendo y por poco no se ahoga también.
—¡Chaaaaaarles!—aúlla la señora mientras el señor vetusto farfulla escupiendo migajas de pan que aterrizan sobre los diamantes de su esposa.
Señala furioso la camisa blanca de Louisa, como si se creyera capaz de disparar llamaradas con su dedo índice y aterrorizar al instante a todo cuanto le rodea.
—;¡Eh, tú! ¡Quieta ahí! ¡Quiero hablar con tu jefe!—ordena.
Para espanto del señor, se da la circunstancia de que Louisa no les tiene miedo a los dedos índices porque no es el botón de un ascensor, así que la joven se limita a responder sin perder la calma.
—No trabajo aquí.
Acto seguido, revuelve el fondo de la mochila hasta que da con lo que anda buscando. Un boli de punta fina de color rojo.
—Entonces ¡quiero hablar con tus PADRES!—exige el señor vetusto, ligeramente indignado, mientras busca con la mirada a quienes posiblemente se está imaginando como dos chimpancés que sujetan al revés un folleto informativo sobre prevención del embarazo.
Es entonces cuando la señora advierte la mochila de Louisa y entiende lo que ocurre, pues sabe de sobra qué significan los jóvenes y sus mochilas.
—;¡Charles! ¡Lleva espráis en la mochila! ¡Es una activista de esas! ¡Llama al vigilante, Charles! ¡Va a destrozar el cuadro!
—Mira quién habla, la señora que quiere colgarlo en su horripilante casa de verano...—murmura Louisa antes de darse media vuelta y, con su bolígrafo fino, dibujar un pez diminuto en la pared, justo a la derecha del cuadro.
Ese no era el plan. Se suponía que se limitaría a contemplar la pintura. Creía que con eso bastaría. Su cerebro no tiene la culpa de que una parte de su corazón desee de pronto hacerle saber al cuadro que ha estado allí. Que Pez y ella han estado allí. ¡Vaya un corazón más bobo!
La señora grita, presa del pánico, y el señor vetusto sale a toda prisa en busca del vigilante. En cualquier caso, ha sido un detalle muy bonito eso que ha dicho, decide Louisa. Lo de pensar que tiene padres.
«Hasta pronto. Firmado: Mamá», dice la postal de su mochila.
En la parte delantera hay una foto del cuadro de fama mundial del artista C.
Jat. Desde que tiene memoria, Louisa ha querido verlo en persona, solía hablar de ello a todas horas con Pez, de que algún día estarían allí las dos juntas.
Y ahora ¿qué? Pues que no es capaz de explicar lo que siente.
A veces, cuando Pez y ella se colaban en el cine a ver alguna película donde las mujeres trataban de explicar lo que se siente al ser madre, daban siempre la sensación de sentirse igual de abrumadas y sin palabras.
¿Tener un hijo? Una decía que era un tsunami invisible que te golpea con tanta fuerza que te corta la respiración y nunca te recuperas.
Te pasas el resto de tu vida jadeando, señalaba otra, porque es un amor tan inmenso que te arrebata el aire de los pulmones.
Los demás piensan que eres la misma persona, apuntaba una tercera, pero a ti eso te parece incomprensible porque hay un antes y un después bien marcado. Eres una persona completamente nueva.
Louisa piensa que esa es la sensación que le provoca el cuadro. Pero es un bonito detalle, decide, que la señora vetusta haya creído que Louisa iba a destrozarlo. Como si algo hubiera podido detenerla en ese caso.
Señora, piensa Louisa, si hubiera querido destrozar el cuadro, el edificio entero no sería más que cenizas ahora mismo. Soy la mar de buena destruyendo cosas, señora. Todas las personas que quiero se mueren.
El vigilante se aproxima corriendo o, al menos, trotando pesadamente, ya que es un cuerpo de ciento cuarenta kilos con una cabeza diminuta y furiosa acoplada encima. Louisa agarra con fuerza el bolígrafo rojo.
No soporta que la toque un adulto, es lo que tiene no haber conocido a ninguno en quien se pueda confiar.
Su padre desapareció antes de que ella naciera; no quería ser padre, y Louisa se pregunta si tal vez su mamá sí quiso ser madre, al menos durante un instante.
Si había sentido el tsunami al nacer ella.
«Te echo de menos», decía la postal, con su horrible letra.
Lo único que recuerda de su madre es su voz cantándole una nana.
Venían de otro país del que Louisa no recordaba nada.
No había llegado a descubrir qué dejaron atrás, pero seguro que nada bueno si este sitio era mejor.
Cuando tenía cinco años, su mamá la dejó con unos vecinos.
Salió y no volvió. La policía la estuvo buscando unos meses, pero se le daba demasiado bien ser invisible, y eso es probablemente lo único que su hija había heredado de ella.
El tiempo es un concepto extraño cuando te han abandonado.
Si tienes cinco años cuando te deja tu madre, ese abandono no ocurre en un día concreto, sino todos los días.
Jamás deja de ocurrir. Louisa creció en casas de acogida.
Solo hablaba el idioma materno y, cuando trataba de imitar las lenguas de los demás niños de acogida, se reían de ella o algo peor.
Después de eso, permaneció en silencio mucho tiempo.
Recuerda que le costaba dormir en esas casas porque siempre había algo golpeando las paredes: un plato aquí, un vaso allá, una persona acullá, a veces otra y a veces ella.
Ningún lugar duraba mucho, tuvo que mudarse en varias ocasiones; algunas casas daban grima, otras daban miedo y aún las había que eran peligrosas. Solo en una conoció la belleza.
Tenía seis años entonces y ni que decir tiene que esa casa en particular estaba llena de gente vociferante y temores silenciosos como todas las demás, pero había una nevera en una esquina de la cocina cubierta con postales de obras de arte famosas.
Era su paraíso. Nunca descubrió quién había comprado las postales y las había dejado allí, pero es probable que fuese alguien como ella, una persona que había pasado por la casa y quería decirles a los niños que llegaran después que había un mundo diferente fuera. El arte es empatía.
Una de las postales era de un cuadro del mar que no es un cuadro del mar.
Esa fue la primera vez que Louisa robó algo, la primera cosa bella que tocó en su vida.
Un día, años más tarde, llegó a una casa de acogida donde alguien reía, y ese alguien resultó ser Pez.
Conectaron al instante. Dormían tan pegadas la una a la otra cada noche, destornillador en mano, que, si Louisa despertaba y sentía un corazón latiendo en el pecho, no sabía si era el suyo o el de Pez, quien a su vez le enseñó a entender todos los idiomas que hablaban los demás niños de la casa, sobre todo las palabrotas, por supuesto, porque a la hora de decir palabrotas Pez era una auténtica cosmopolita.
Sin embargo, Louisa no aprendió a hablar inglés como las estrellas de las películas americanas hasta que Pez empezó a colarlas en el cine.
De noche se tumbaba al lado de su amiga y le susurraba escenas enteras de los grandes romances del celuloide.
Aun así, había un montón de palabras de todas las lenguas que no entendía.
Un día, poco tiempo después, la policía llamó a la puerta para decir que habían encontrado a su mamá.
El cerebro de un niño es peculiar, lo interpreta todo a su manera.
Louisa llevaba toda su vida soñando con ese momento, pero el agente le estaba diciendo unas cosas incomprensibles.
Pez tuvo que explicárselas: «Informar a los parientes» significa contárselo a los seres queridos.
Ah, conque Louisa era la pariente. «Fallecida» significa muerta.
«Abuso de sustancias» significa que su madre había bebido hasta matarse.
Se había ahogado desde dentro. Un cerebro infantil es tan imaginativo que Louisa oyó aquello pero no le cogió miedo al alcohol, sino tan solo una aprensión terrible a nadar.
La siguiente vez que fueron al cine vieron una película muy antigua porque Pez sabía que esas eran las que más le gustaban a Louisa.
En ella, una cantante famosa interpretaba el papel principal.
Había una escena en que le cantaba una nana a una niña y Louisa la reconoció de pronto: no era la voz de su mamá la que recordaba, sino esa escena.
Su madre había dejado a la niña con apenas cinco años tantas horas sin más compañía que la tele que al final Louisa no sabía de quién era la voz, si de la madre o de la actriz de las películas antiguas.
Lloró al darse cuenta de que no tenía recuerdos, pero Pez se sentó a su lado y le dijo: «A la mierda, ¿con qué derecho va a ser tu estúpido cerebro el que decide qué ha ocurrido y qué no?
¡Puedes quedarte con ese recuerdo si te da la gana! ¡Es tuyo!».
Así pues, Louisa se lo quedó. La imaginación es la única arma de un niño. En la otra cara de la postal del cuadro, Louisa escribió un mensaje, el que a ella le hubiera gustado, como si hubiera sido una hija buscada y querida: «Hasta pronto. Firmado: Mamá».
La guardó en la mochila y pensó que algún día Pez y ella verían el cuadro en persona y quizá entonces sería como cuando los superhéroes descubren sus poderes.
Si alguna vez llegaba hasta el mar, tal vez no le tendría miedo a nadar.
Se imaginó que sería como en los cuentos de hadas y que, de algún modo mágico, todo tendría un final feliz.
No sucederá.
Pero es así cómo comienza su aventura.