Chapter 1 #2
Su esposo, un señor vetusto con un reloj del tamaño de una tortuga adulta y pantalones tan apretados que parece que el trasero tiene trasero propio, ni siquiera mira el cuadro, se limita a leer el letrero junto a la pintura con el precio de subasta estimado.
Parece feliz: no todo el mundo puede permitirse comprar un cuadro como ese, lo cual significa que el señor vetusto no es todo el mundo.
La señora dice que es una pena que no sea naranja, puesto que este año tienen muchos muebles naranjas en la casa de verano.
Lo dice en un tono que sugiere que también le irrita que el helado no sepa más a encurtido o que los picaportes no se parezcan más a la ópera; como si fuera desconsiderado por parte del mundo no adaptarse a cada uno de sus deseos.
—Charles, ¿quizá podríamos ponerle un marco naranja?—sugiere, pero el señor no responde, pues tiene la boca repleta de sándwiches diminutos.
Louisa los odia a todos. A los señores que invierten y a las señoras que hacen fotografías, y a la señora vetusta que decora y al señor vetusto que consume. Los odia con toda su alma. Es importante que lo sepas porque, si no, no entenderás lo que un cuadro puede hacerle a una persona.
En la mochila, además de pintura en espray, Louisa lleva su pasaporte y una postal antigua que dice, con letra muy temblorosa: «Esto es precioso, el sol brilla todos los días.
Te echo de menos, hasta pronto. Firmado: Mamá».
Es importante que también sepas esto para comprender que, en el momento en que se desliza sigilosa por entre la multitud y se coloca por fin junto al cordón que cuelga delante del cuadro que los presentes piensan que trata del mar, Louisa ya no está en una antigua iglesia.
Tampoco está sola. Ni siquiera cabreada, ni con su amiga Pez, que era tan buena metiéndose en los sitios pero tan mala saliendo de ellos.
En una ocasión, Pez y Louisa se colaron de noche en un estudio de tatuajes y cada una le tatuó algo a la otra.
Louisa le dibujó a Pez un corazón en el brazo, el más bonito que su amiga había visto nunca.
Luego Pez le tatuó a Louisa en el antebrazo una cosa verdaderamente fea, casi horrenda, porque era la mejor en casi todo, pero dibujaba fatal.
Le hizo un hombre con un solo brazo encaramado a un árbol, y no había dibujo en el mundo que a Louisa le hubiera gustado más.
Cuando se conocieron, en una casa de acogida donde nadie se atrevía a dormir, Pez se pasó la noche susurrándole chistes, y el que más le gustó a Louisa fue el de «¿Cómo haces bajar de un árbol a un hombre con un solo brazo? ¡Saludándolo con la mano!».
Nadie se reía de sus propios chistes como Pez, Louisa no había oído nunca un sonido mejor ni conocido a nadie mejor que ella.
A veces, Pez se colaba en alguna heladería por la noche, porque pocas cosas le gustaban más que el helado, aunque lo más habitual era que se colara en tiendas de pintura porque Louisa necesitaba espráis.
Una vez se coló en una ferretería porque les hacían falta destornilladores y cientos de veces se metió en el cine por la puerta trasera para colarlas en la sesión de madrugada, porque pocas cosas le gustaban más a Louisa que las películas.
Con diecisiete años, dormían pegadas la una a la otra casi cada noche en la casa de acogida, con la ropa llena de manchas de helado y las risas de la otra en los pulmones, la cómoda trabando la puerta y un destornillador en la mano por si alguien intentaba entrar.
Te acostumbras a cosas muy extrañas cuando creces sin padres, enseguida te haces de tal manera a amar a una sola persona que luego es imposible quitarte el hábito.
Louisa estaba dolida, pero el dolor de Pez era mayor.
Louisa odiaba la realidad, pero Pez no la soportaba de ninguna de las maneras.
Louisa probó alguna que otra droga unas cuantas veces, pero Pez no podía parar.
Louisa tenía aún diecisiete cuando Pez cumplió los dieciocho y ya no podía seguir viviendo en la casa de acogida.
Le prometió que todo iría bien, pero Louisa era su única persona buena y, transcurridas unas cuantas noches alejada la una de la otra, Pez conoció a personas de otra clase.
Huyó de la realidad, cayó en el fondo de una botella, la engulló la neblina.
Los adultos siempre creen que pueden proteger a los niños evitando que vayan a lugares peligrosos, pero los adolescentes saben que es inútil, porque los lugares más peligrosos de la tierra están en el interior.
Los corazones frágiles se rompen en los palacios lo mismo que en los callejones oscuros.
Louisa lleva sola en el planeta tres semanas, que es el tiempo que ha transcurrido desde que todos los adultos mintieron y dijeron que Pez se había suicidado.
No era cierto. Ningún adulto echó de menos a Pez cuando murió, nadie te echa de menos si eres huérfana y creces en diez casas de acogida diferentes, y así es muy fácil echarle la culpa a una sobredosis de pastillas.
Pero Louisa sabe la verdad: a Pez la asesinó la realidad.
La estranguló la claustrofobia de estar atrapada en este planeta, murió por estar triste todo el tiempo.
Es importante que sepas todas estas cosas sobre Louisa, de lo contrario no entenderás lo que puede llegar a significar un cuadro, y que hay un ritmo al que puede latir un corazón del que no te acuerdas cuando has dejado de ser joven; que hay arte de una belleza tal que puede hacer a una adolescente volverse demasiado grande como para caber en su propio cuerpo, y una felicidad tan abrumadora que se vuelve casi insoportable, como si el alma se abriera paso a través del esqueleto.
Que se puede mirar un cuadro y, durante un segundo, lo que dura una respiración, olvidarte del miedo.
Si lo has experimentado, sabes qué se siente.
En caso contrario, puede que no haya manera de explicarlo con palabras.
Porque no es un cuadro sobre el mar. Solo un puñetero adulto pensaría que lo es.