Mis amigos Chapter 1
1%
Mis amigos

Mis amigos

Por Fredrik Backman

© inepub.com

Chapter 1

UNO

Louisa es adolescente o, lo que es lo mismo, la mejor clase de humano.

Para demostrarlo, basta con esta sencilla evidencia: los niños piensan que los adolescentes son los mejores humanos y los adolescentes piensan que los adolescentes son los mejores humanos; los únicos que no consideran a los adolescentes los mejores humanos son los adultos, lo cual se debe, sin duda, a que ellos son la peor clase de humano.

Quedan muy pocos días para la Pascua. Dentro de un rato, echarán a Louisa de una subasta de arte por vandalizar un cuadro bastante valioso.

Unas señoras vetustas chillarán y acudirá la policía y, en realidad, nada de eso será parte del plan.

No es por presumir, pero el plan de Louisa era perfecto, así que no se le puede echar la culpa al plan si luego ella no lo sigue a rajatabla; porque a veces Louisa es una genia, pero otras veces no, y el problema es que la genia y la no-genia comparten cerebro. Pero ¿el plan? Era perfecto.

Una subasta es un lugar al que acude gente rica de remate a comprar arte caro hasta rayar el absurdo, por eso los adolescentes no son bienvenidos, sobre todo los que llevan la mochila repleta de pintura en espray.

Los adultos ricachones han visto demasiadas noticias sobre «activistas» que se cuelan y vandalizan cuadros famosos, y por eso protegen la entrada con vigilantes que pesan ciento cuarenta kilos con cero gramos de sentido del humor.

El tipo de vigilantes con tanto músculo que hasta tienen alguno sin nombre científico porque cuando se hablaba latín no existían idiotas tan descomunales.

En cualquier caso, eso no debería haber sido ningún contratiempo porque el plan era que Louisa se colara sin que los vigilantes lo advirtieran.

La única pega que se le podría poner al plan es que la persona que tenía que ejecutarlo era Louisa.

Es de justicia decir que la cosa empezó bien, ya que el edificio que albergaba la subasta era una antigua iglesia.

Eso lo sabemos porque los ricachones que asistieron no dejaban de decir: «¿Tú sabías que esto antes era una iglesia?

». A los ricos les encanta recordarse los unos a los otros lo cochinamente ricos que son.

Tanto que hasta pueden comprar las cosas de Dios.

Dentro de un par de días, cuando llegue la Pascua, ninguno de los presentes le dedicará el más mínimo pensamiento a Dios, claro, porque ya no tendrá nada interesante que venderles.

En cualquier caso, lo verdadera y rematadamente increíble de Dios es que entiende las necesidades de las personas, por eso siempre hay lavabos en las iglesias, y por una de sus ventanas pudo colarse Louisa siguiendo a pies juntillas el plan.

Su amiga Pez le había enseñado a hacerlo.

Pez es la mejor en todo. Por ejemplo: se le da de maravilla perderse en cualquier lugar y que se la cuelen en general, pero en lo que es una verdadera hacha es en colarse en todos los lugares sin que la pillen.

En cuanto a Louisa, casi todo se le da mal, aunque es buena en estar cabreada.

No es por presumir, pero es la número uno en eso.

Y una cosa que le cabrea especialmente es que haya ricachones que compran arte, porque los ricos son la peor clase de adulto y no hay peor manera de vandalizar el arte que ponerle un puñetero precio al lado.

Por eso los adultos ricachones odian las cosas que Louisa pinta en las paredes de los edificios, no porque amen las paredes, sino porque odian que haya cosas bonitas gratis.

Así pues, Louisa se coló por la ventana con una mochila repleta de espráis de pintura y un plan perfecto.

Tras aterrizar en el suelo del lavabo se detuvo un segundo para pintar en la pared un retrato hiperrealista de los vigilantes.

Una artista más superficial quizá hubiera optado por representarlos como toros, dado que tenían el cuello tan grueso que era imposible discernir dónde empezaba la cabeza; pero Louisa jamás haría nada por el estilo porque ella ve el interior de las personas, de manera que los pintó como si fueran medusas, porque las medusas no tienen agallas ni cerebro.

Cuando terminó, se puso una camisa blanca de vestir y se sumó a la muchedumbre.

Hay que decir que Louisa desprecia muchas cosas de sí misma, sobre todo, su altura y su peso.

De entre todo lo que anhelaba cuando era niña, puede que ser más menuda estuviera en primer lugar.

De su cuerpo no le gusta que sea tan excesivo, ni de su voz que sea tan grave, ni de su cerebro que le ordene hablar siempre que se pone nerviosa.

Pero lo que menos le gusta es su corazón, porque siempre está nervioso. ¡Vaya un corazón más bobo!

Con todo esto en mente, resulta de lo más lógico pensar que alguien tiene que haberse percatado de su presencia en el mismísimo momento en que ha puesto un pie en la antigua iglesia, pero hay que entender una cosa: los adultos ricachones rara vez reparan en algo más allá de los espejos.

De todas las paredes cuelgan cuadros caros; todas las obras de arte tienen al lado otra obra de arte más magnífica todavía y, aun así, la sala está hasta los topes de gente que se afana por ver en el reflejo de su copa de champán si el peinado que lleva le favorece.

Hay un grupito de señoras dicharacheras haciendo fotos, pero no de los cuadros, sino de sí mismas.

Una camarilla de señores serios conversa sobre sus cuadros favoritos, pero no por su valor artístico, sino como inversiones, como si hablaran de billetes con marco.

Luego cambian de tema y pasan al golf, y las señoras sueltan una sonora risotada por algún comentario de lo más fantástico, porque todo en sus vidas es lo más, todo el mundo es maravilloso y ¿acaso no es asombroso que este edificio sea una antigua iglesia?

Ni que decir tiene que ninguna osa decir ni mu sobre los cuadros que cuelgan de las paredes, las horroriza la idea de meter la pata sin querer; más vale que otro opine primero y así sabrán qué les puede gustar y qué no.

Una de las señoras regresa del baño con cara de espanto porque alguien ha dibujado un grafiti en la pared, la pintura desprendía mucho olor y ahora la mujer tiene jaqueca.

—¿Un grafiti? ¡Qué horror! ¡Menudo gamberro!—exclama una de las señoras.

—Oye... ¿Tú crees que el grafiti forma parte de la exposición? ¿Tú crees que es... arte?—musita otra.

Entonces cunde el pánico por el grupito como se extiende el pipí por una tienda de campaña: ¿y si se equivocan? Las señoras se acercan raudas a la camarilla de señores que hablan de golf para consultarles si el grafiti es arte, a lo que uno responde: «¿Tiene precio?».

Al oírlo, las señoras sacuden la cabeza y se echan a reír.

Sin precio no es arte. ¡Qué alivio! Los señores señalan las paredes y retoman lo de las inversiones.

Cuando hablan de la mejor que hay en toda la iglesia, apuntan con el dedo a uno de los cuadros y exclaman: «¡El del mar!

», como si la obra no fuera más que eso: muy cara y azul.

¿Cabreada? Louisa no se figura cómo podría no estarlo.

Serpenteando entre los señores y las señoras circulan camareros ataviados con camisa blanca que sirven hors d'oeuvre, porque a los ricachones les encanta la comida diminuta.

Todo ha de ser grande salvo los impuestos y los sándwiches.

Nadie mira a los camareros a los ojos, los empleados significan tan poco para los adultos ricachones que estos ni siquiera reaccionan ante el hecho de que uno lleve colgada una mochila.

Louisa se mueve con ligereza entre la multitud; si siempre te has sentido excesivamente grande te vuelves un hacha en no estorbar, así que el pánico no se apodera de ella hasta que el cuadro no entra en su campo visual.

Entonces la colma una felicidad tan grande que cree que todo el mundo debe de estar oyendo los latidos de su corazón bobo, pero nadie reacciona.

En realidad, no puede decirse que sea raro, ya que, si eres adulto, no recuerdas cómo suena el corazón.

El del mar es obra del artista de fama mundial C.

Jat. Es el cuadro más caro de toda la subasta, así que todos lo quieren; no por lo que es, sino por la historia que hay detrás.

Se dice que es el primer cuadro de C. Jat, que lo pintó cuando tenía catorce años, un prodigio.

Así comenzó su carrera, pero a los señores que hablan de golf eso les trae sin cuidado, y les explican con entusiasmo a las señoras que beben champán que el cuadro es, sobre todo, «una muy buena inversión» por todos los rumores que lo rodean.

Porque dicen los diarios que el artista es drogadicto, que está tan mal que ya ni siquiera sale de casa, así que, si el comprador tiene suerte, a lo mejor se muere.

¡Imagina lo que valdrá el cuadro entonces!

Todos se echan a reír. Louisa aprieta los puños.

El cuadro ya es caro. Es tan caro, de hecho, que han colocado delante de él un cordón de terciopelo.

Es tan fantásticamente especial que, si una persona pobre le respira encima sin querer, a lo mejor el cuadro se ofende.

De pie, apostada junto al cordón, hay una señora vetusta y menuda cubierta de diamantes y cara de infelicidad total.

En su defensa hay que decir que es muy probable que su cara no pueda ser de otra manera, ya que se ha sometido a tantas operaciones de cirugía plástica que parece una zapatilla con los cordones demasiado apretados.

—Aquí está El del mar—le dice entre dientes a su esposo, decepcionada, pues el cuadro es más pequeño de lo que había imaginado. Alo mejor la pobre vislumbraba el mar más grande.