Chapter 50
Decenas de periodistas se agolpan detrás de las vallas, han cortado la calle por seguridad.
Los flashes no dejan de dispararse.
Influencers. Empresarios. Periodistas. Políticos. Artistas. Vecinos. Curiosos.
Todo Madrid parece haberse dado cita delante de El Portal.
—Si me hubieran dicho un tiempo atrás que iba a organizar una inauguración para el hijo secreto de Santamaria, me habría reído en la cara de esa persona —murmura Sergio colocándose a mi lado.
Observo el espectáculo frente a nosotros.
—Y yo.
Sergio sonríe, satisfecho, y lo cierto es que tiene muchos motivos, porque si alguien merece parte de todo esto es él.
Tras coger confianza con él y contarle mis ideas, se convirtió en una especie de monstruo publicitario con acceso a redes sociales, periodistas, influencers y una capacidad inquietante para conseguir que la gente hablara de algo sin parecer que está vendiéndolo.
Ha organizado entrevistas, campañas, eventos previos, contenido viral, colaboraciones estratégicas e incluso convenció a varios creadores de contenido para documentar la evolución del proyecto desde dentro.
Hacerlo en tan poco tiempo gracias a invertir mucha pasta gansa en mano de obra, también ha ayudado y ha sorprendido.
Todo con una única condición: que la parte social jamás quedara eclipsada por la parte comercial.
Y, contra todo pronóstico, lo hemos conseguido.
Ahora mismo varios influencers retransmiten en directo desde sus móviles mientras enseñan la fachada.
—Estamos aquí en la inauguración de El Portal...
—Mirad la cantidad de gente...
—Dicen que ya es imposible conseguir mesa para este mes...
Sergio contempla la escena con orgullo.
—Te odio un poco.
Arqueo una ceja.
—¿Por qué?
—Porque normalmente estas historias terminan con gente rica montando restaurantes mediocres y vendiendo humo. Y resulta que tú has abierto algo bueno.
—Qué buen tío eres cuando insultas.
—Cállate.
Los dos sonreímos.
Al otro lado de la calle, Dani termina de coordinar a varios trabajadores mientras Marisa se hace fotos con tres periodistas distintos como si hubiera nacido exactamente para esto.
Mi madre, por su parte, intenta aparentar normalidad, pero fracasa estrepitosamente, porque lleva veinte minutos llorando cada vez que alguien la felicita.
Y cada vez que llora, niega estar llorando.
—Es alergia —dice entre pucheros.
No puedo evitar reírme y durante unos segundos todo parece perfecto.
El ruido. Las luces. La música escapando desde el interior. La emoción.
Entonces alguien me toca el hombro.
—Es la hora.
Frente a la entrada principal han colocado una cinta negra con detalles dorados y varias cámaras de televisión enfocan directamente hacia allí.
Los fotógrafos se preparan, los móviles se levantan y durante un instante el murmullo general disminuye.
Camino lentamente hasta colocarme frente a la cinta y siento miles de ojos observándome.
Qué experiencia tan incómoda.
Respiro hondo, miro el local, a mi madre, a Sergio, a Dani y a toda la gente que ha ayudado a construir esto.
El Portal no es un local.
Nunca.
Es una segunda oportunidad para mí y para mucha gente, y eso es lo que realmente importa.
Una periodista me acerca un micrófono.
—¿Alguna palabra antes de inaugurar oficialmente El Portal?
Sonrío.
—Sí. Gracias por venir —digo, y la gente se ríe.
—Miro alrededor una vez más. —Este sitio nace para demostrar que los mundos que normalmente viven separados pueden compartir la misma mesa.
Que ayudar no debería ser una campaña de marketing y que nadie debería sentirse fuera de lugar por cómo ha nacido.
Así que espero que disfrutéis esta noche.
Y espero que dentro de unos años recordemos esto no por el local, sino por…
—Es entonces cuando me callo de pronto, porque acabo de verla entre la gente y para mí es como un ángel en medio del infierno.
La periodista me mira, interrogándome con la mirada, lógicamente sin entender por qué he parado de hablar.
Casi le tiembla la mano de sujetar el micrófono cerca de mi boca.
Sergio me da un codazo disimulado para que siga hablando.
—Perdonad, es que… acabo de ver a la chica más guapa de Madrid y me he distraído —digo, luego carraspeo y me tranquiliza escuchar una carcajada generalizada—. Lo que decía… por todo lo que conseguimos construir desde aquí. Pasadlo bien y muchas gracias.
Esas dos últimas palabras las pronuncio mirándola directamente a ella.
Qué preciosa está, da igual lo que se ponga, maldita sea.
Los aplausos estallan inmediatamente y son reales, fuertes y sinceros.
Tomo las tijeras doradas que alguien me entrega, las observo un segundo y después corto la cinta.
Los flashes explotan, los móviles graban y los periodistas empiezan a hablar todos a la vez.
La música sube, las puertas se abren completamente y El Portal por fin empieza a vivir.