Millonario por castigo Chapter 47
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Chapter 47

Hay momentos en los que uno sabe perfectamente que está haciendo el ridículo y aun así continúa adelante por puro orgullo masculino mal gestionado.

Yo ahora mismo llevo exactamente diez días haciendo eso.

Diez. Días. Sin llamar a Veva.

—Sirviendo coño, di que sí.

Levanto la vista lentamente del café hacia Sergio.

—¿Perdón?

Estamos sentados en una de las mesas altas de El Portal mientras Dani revisa unas facturas, Sergio ve de nuevo las declaraciones de Veva con la prensa y yo intento fingir que no llevo veinte minutos desbloqueando el móvil para mirar si Veva ha subido alguna historia.

Otra vez.

Porque claramente me encanta humillarme solo.

Sergio da un sorbo a su cortado completamente tranquilo.

—Que está sirviendo coño. Se suele decir cuando alguien hace algo con una actitud arrolladora, derrocha seguridad o destaca al máximo en cualquier ámbito —me explica.

Dani asiente inmediatamente.

—Muchísimo además.

—Ah —digo.

—No entiende nada —le dice Sergio a Dani con una sonrisa de lado.

Dani niega con la cabeza.

—No entiende, no.

Parpadeo una vez.

Luego otra.

—¿Podéis dejar de expresaros como dos delincuentes de barrio?

—No. —Sergio se encoge de hombros—. Porque tengo razón y porque paso mucho tiempo contigo al día y todo lo malo se pega. El que parece que está perdiendo facultades eres tú.

El Portal está lleno de movimiento: trabajadores terminando detalles, luces probándose, la barra funcionando por primera vez al completo y música sonando suave desde los altavoces.

Todo listo para esta noche, que es la inauguración.

Mi gran noche.

Mi gran éxito.

Mi gran depresión perfectamente maquillada.

Qué ilusión todo.

Me paso una mano por la boca mirando alrededor del local mientras intento ignorar el vacío constante instalado desde que desapareció Veva de mi vida.

Y digo de mi vida, que no de las fauces de la farándula, porque está por todas partes: en prensa, en redes, en entrevistas y en mi puta cabeza constantemente.

Y lo peor es que cuanto más la veo, más claro tengo que ya no necesita que nadie la rescate.

Muchísimo menos yo.

—No voy a llamarla —murmuro terminando el café.

Sergio me mira como si acabara de escuchar a alguien anunciar que quiere lamer enchufes.

—Oliver.

—¿Qué?

—Esa mujer salió delante de medio país diciendo que está enamorada de ti. ¿Qué cojones te pasa, tío?

Dani levanta un dedo.

—Y se cambió el apellido por rebeldía premium.

—Y tú sigues aquí sentado sufriendo como Batman después de una ruptura —remata Sergio.

Me paso una mano por la nuca. Necesito verla tanto como el agua para vivir, pero estoy bloqueado… no sé qué me pasa.

—No es tan sencillo.

Dani deja las facturas sobre la mesa.

—Claro que lo es. ¿La quieres?

Qué pesados son los amigos cuando te conocen demasiado.

—Sí.

—¿Ella te quiere?

Aprieto la mandíbula automáticamente.

—Sí.

Sergio abre los brazos.

—Pues ya estaría.

—No funciona así.

—¿Por qué?

Y ahí está el problema, que ya no tengo una respuesta convincente para justificar que soy un gilipollas.

Antes sí, antes podía esconderme detrás del miedo, de Ignacio Santos, de las diferencias entre nuestros mundos o de mi incapacidad emocional para gestionar algo bonito sin pensar automáticamente que va a terminar mal.

Pero ahora… ahora ella ya no está escondiéndose y yo sigo aquí parado como un imbécil.

Qué experiencia tan humillante el crecimiento personal.

Me levanto de la silla cogiendo el paquete de tabaco de encima de la mesa.

—¿Dónde vas?

Saco un cigarro mientras camino hacia la salida.

—Tengo una reunión del proyecto de Cañada Real.

—Claro —dice Sergio detrás de mí—. Vete a salvar el mundo mientras tu vida sentimental se va al cuerno, hermano.

Le levanto el dedo corazón sin girarme.

Porque, desgraciadamente, tampoco le falta razón.

El cielo de Madrid está completamente gris cuando llego a Cañada Real.

Hay ruido de herramientas, gente entrando y saliendo de la nave y varias asociaciones organizando material mientras algunos niños corren alrededor de las mesas nuevas.

Ezequiel aparece junto a la entrada revisando unos documentos.

—Llega tarde.

—Qué sorpresa. Usted siendo desagradable.

—Es mi lenguaje del amor.

Le doy una calada al cigarro antes de apagarlo cerca de la puerta.

—¿Qué reunión tan urgente era esta?

Ezequiel guarda los papeles dentro de una carpeta lentamente y entonces sonríe.

Hostia.

Mala señal.

Porque Ezequiel nunca sonríe así salvo que esté a punto de provocar un colapso ajeno.

Es escalofriante, lo juro.

—Ha surgido una nueva colaboración para el proyecto.

Frunzo el ceño.

—¿En serio? ¿Con quién?

—Digamos que alguien ha decidido invertir bastante más de lo esperado.

Parpadeo.

—¿Perdón?

—Educación infantil, apoyo escolar, talleres artísticos, espacios seguros para niños y madres.

Mi corazón empieza a latir raro, muy raro, joder, porque ya conozco a una persona capaz de emocionarse hablando de todo eso y precisamente por eso me niego automáticamente a hacerme ilusiones.

No puede ser.

—¿Quién es? —pregunto.

Ezequiel se coloca bien las gafas y luego señala hacia el interior de la nave.

—Descúbralo con sus propios ojos.

Uff.

Camino lentamente hacia dentro mientras noto algo tensándose peligrosamente dentro del pecho.

Las voces empiezan a escucharse más claras a medida que avanzo entre cajas, paredes recién pintadas y mesas todavía sin montar.

Y entonces la veo.

Joder.

La veo.

Está al fondo de la sala subida en una escalera pequeña colocando dibujos infantiles en una de las paredes mientras habla con una mujer sobre horarios y material escolar.

Vaqueros claros.

Camisa blanca remangada.

El pelo recogido de cualquier manera.

Y una sonrisa real, de esas que no necesitan permiso para existir.

Se gira entonces y nuestros ojos se encuentran.

El mundo entero deja de funcionar correctamente durante un segundo, mi corazón trastabilla y mi miembro reacciona al instante.

Menudo cabrón.

La última vez que tuve contacto con ella estábamos rompiéndonos el corazón por teléfono.

Y ahora está aquí, construyendo algo suyo ella sola, sin su padre, sin su apellido y sin mí.

Dios.

Nunca había estado tan orgulloso de alguien en toda mi vida.

Ella baja lentamente de la escalera sin apartar la mirada de mí.

No le mires el culo, no le mires el culo, no le mires el…, pienso.

Joder, Oliver, eres un puerco.

Sigo completamente quieto porque honestamente creo que si me acerco demasiado voy a besarla delante de medio proyecto social.

Qué imagen tan profesional.

—Hola —dice finalmente, luego sonríe.

—¿Princesa? Pero ¿qué…? —le digo.

Me brillan los ojos, joder, me brillan.

Silencio.

Uno enorme.

Lleno de cosas que todavía no sabemos cómo decirnos.

La miro despacio.

Me cago en la puta, la he echado tanto de menos que hasta me duele físicamente tenerla delante.

—Así que eras tú la nueva colaboradora misteriosa.

—Supongo que sí.

Miro alrededor otra vez: las mesas, los dibujos, los niños entrando y saliendo.

Luego vuelvo a mirarla a ella.

—¿Todo esto es idea tuya?

Asiente.

—Quiero montar una especie de pequeña escuela aquí —dice más bajito—. Apoyo escolar, actividades, arte… un sitio donde los niños puedan sentirse seguros aunque sea unas horas.

No sé qué expresión pongo exactamente, pero ella baja la vista enseguida.

—No me mires así.

—¿Así cómo?

—Como las primeras veces.

Pues tenemos un problema, porque no sé cómo dejar de hacerlo, pero eso no voy a decírselo.

Me acerco un paso más lentamente y el aire cambia inmediatamente entre nosotros.

Como siempre.

—Te queda muy bien salvar el mundo, princesa.

Ella sonríe otra vez y noto cómo se le humedecen un poco los ojos.

Mierda.

No.

Eso no.

—Oliver…

La forma en la que dice mi nombre debería ser ilegal.

Me paso una mano por la nuca intentando mantener algo parecido a estabilidad emocional.

Fracaso.

—Esta noche es la inauguración —le digo.

Veva traga saliva despacio y dice:

—Lo sé, claro.

—Te espero allí. No faltes, por favor.