Chapter 46
Hay discusiones familiares que empiezan mucho antes de que alguien abra la boca.
Esta, por ejemplo, empieza exactamente en el momento en el que atravieso la puerta principal de casa y descubro que Papá me está esperando en el salón completamente a oscuras, sentado en uno de los sofás como un villano elegante de Netflix.
Perfecto.
Qué ambiente tan sano y acogedor.
Es el preludio de algo fuerte, lo sé, por eso ninguno de los dos habla y solo escucho el tacón de mis zapatos sobre el mármol mientras avanzo lentamente hacia él.
Mi padre no se mueve, es que ni pestañea, y eso es mucho peor que cuando grita.
Parece una bomba a punto de estallar.
—¿Quieres explicarme qué coño ha sido eso? —pregunta finalmente.
Vale, hoy lo de comunicación afectiva, crianza respetuosa y esas cosas, nanai de la China.
Dejo el bolso sobre una mesa auxiliar intentando mantener la calma, porque uno de los dos tiene que hacerlo y quiero salir airosa de la situación.
Veremos si me lo pone fácil.
—Se llama decir la verdad.
Él suelta una risa seca.
—¿La verdad? ¿Humillar públicamente a tu familia y dinamitar una alianza empresarial delante de la prensa ahora es sinceridad?
La palabra “alianza” me produce ganas de tirarme por una ventana.
Porque claro, recordemos que nunca he sido una hija ni una persona, pero sí una operación corporativa con pendientes de diamantes.
Cruzo lentamente los brazos intentando ignorar el temblor de rabia que me sube por dentro.
Debilidades delante de Papá, las justas.
—No voy a casarme con Federico, ya te lo dije.
—Eso ya lo decidirás cuando recuperes el juicio.
Ahora, aquí, en este preciso momento, es cuando algo dentro de mí termina de romperse definitivamente, porque ni siquiera contempla la posibilidad de que esto sea una decisión consciente.
Para él sigo siendo una niña confundida jugando a rebelarse porque apareció un hombre equivocado en mi vida.
Qué agotamiento.
No puedo más.
—No estoy confundida, creo que eso también te lo dije.
Mi padre se pone de pie lentamente y, Dios mío, la decepción en su mirada casi pesa físicamente.
—Te estás dejando arrastrar por un hombre que lleva problemas pegados a la espalda desde que nació.
Cierro los ojos con fuerza, me está enfureciendo mucho escuchar cómo sigue hablando de Oliver como si fuera un error humano y no la primera persona que ha tenido interés en averiguar qué hay dentro de mí realmente en toda mi vida.
—No vuelvas a hablar así de él —le pido.
Mi padre me observa como si acabara de decirle que voy a montar una secta ilegal en Ibiza.
¡Pues lo hago, con tal de salir de aquí, mira lo que te digo! ¡Y que me lleven presa!
—¿Perdón?
—Lo que oyes.
Y entonces sucede algo rarísimo, y es que dejo de sentir ese miedo que me paralizaba delante de él y me hacía acatar todas y cada una de sus peticiones y órdenes.
—Estoy agotada, papá —murmuro bajando la voz—. Agotada de vivir como si todo en mi vida tuviera que negociarse antes de existir.
Él aprieta la mandíbula.
—Todo lo que he hecho ha sido protegerte.
No puedo evitar reírme, pero solo yo sé que la carcajada va cargada de tristeza.
—¿Protegerme de qué exactamente? ¿De decidir cosas por mí misma? ¿De tener criterio?
Mi padre aparta la mirada apenas un segundo y ahí entiendo algo devastador: Ignacio Santos realmente cree que amar a alguien consiste en controlarlo para evitar que se equivoque.
Y quizá por eso nunca ha entendido absolutamente nada de mí.
Me acerco despacio a la escalera.
—¿Dónde vas?
Lo miro directamente y esta vez no retrocedo.
—Voy a recoger algunas cosas.
Su expresión cambia lo justo, casi nada, en realidad.
—¿Qué significa eso?
Trago saliva, decirlo en voz alta lo convierte en algo real.
—Voy a instalarme en el piso de mamá.
Mi padre se queda completamente quieto, creo que hasta deja de respirar un segundo.
El piso de soltera de mi madre, donde vivió apenas unos meses antes de casarse con él, es un pequeño apartamento en Chamberí que lleva años cerrado casi por completo y que siempre fue una especie de recuerdo silencioso de una versión de ella que existió antes de convertirse en señora Santos.
Nunca pensé que acabaría allí y, sin embargo, ahora mismo suena exactamente al tipo de sitio donde podría volver a encontrarme.
—No digas tonterías —murmura él finalmente.
—No son tonterías.
—Genoveva…
—Necesito espacio.
La frase sale mucho más rota de lo que esperaba, porque la realidad es bastante más fea: necesito salir de aquí antes de que esta casa termine de convertirme otra vez en alguien que ya no quiero ser.
Mi padre se acerca lentamente hasta quedarse frente a mí.
—¿Y qué piensas hacer exactamente? —pregunta más bajo—. ¿Jugar a ser independiente durante un par de semanas?
Dios.
Siempre consigue encontrar la frase exacta para hacer daño.
—No estoy jugando.
—Claro que sí. —Su voz se endurece un poco más—. Todo esto empezó cuando apareció Oliver Luque.
Pero ¿por qué piensa que es Oliver quien me ha cambiado?
Oliver solo ha sido la primera persona que me ha permitido ser yo misma sin pedir disculpas por ello.
—No voy a discutir más sobre él.
—¿Quieres que llame a los abogados?
Parpadeo.
Una vez.
Luego otra.
Qué ambiente tan maravillosamente familiar.
¿Qué está diciendo ahora este hombre?
—Hazlo si quieres.
Él frunce el ceño.
Y entonces sonrío un poquito.
—Tu abogado es el mismo que el mío. Así que, créeme, Ezequiel ya está bastante al tanto de todo.
¡Boom!
El silencio que cae después de eso podría utilizarse para torturar gente, hazme caso.
Mi padre me mira fijamente y, ahora es cuando realmente pienso, que creo que ya no sabe exactamente cómo manejarme.
Eso es bueno y malo a partes iguales.
Bueno para mí, porque me da algo de ventaja y malo para él, porque lo desquicia.
La sensación resulta rarísima y también un poco triste, porque en algún momento nosotros sí fuimos una familia antes de convertirnos en dos personas midiéndose constantemente para ver quién cede primero.
Subo las escaleras sin esperar respuesta y esta vez él no intenta detenerme.
Una hora después estoy sentada en el suelo de mi habitación rodeada de maletas abiertas, ropa y cajas mientras intento decidir qué parte de mi vida cabe realmente dentro de un apartamento.
Spoiler: probablemente muy poca.
El móvil vibra sobre la cama y veo en la pantalla que es Ezequiel.
Descuelgo inmediatamente.
—Por favor, dime que tu padre no ha amenazado con demandarte.
No puedo evitar reírme un poco.
—Bueno, me ha preguntado si quería que llamara a los abogados, solo eso, pero como tenemos los mismos…
—Perfecto. Entonces seguimos dentro de una tragedia manejable.
Me apoyo contra el borde de la cama cerrando los ojos un segundo.
—Ezequiel…
—Dígame.
Miro alrededor de la habitación: la casa, las maletas y mi vida entera desmontándose delante de mí.
Qué vértigo.
Pero del bueno.
—Confirma la reunión en Cañada Real para esta tarde.
No responde de inmediato, pero sé que está sonriendo al otro lado de la línea.
—Entendido, señorita Castelló.
Dios mío, no debería emocionarme tanto escuchar ese apellido, pero es inevitable..