Chapter 45
—Te juro que como vuelvas a mirar el móvil voy a tirártelo por la ventana —dice Marisa señalándome con una copa de vino.
Estoy sentado en el sofá de casa intentando aparentar normalidad mientras mamá pone más comida sobre la mesa del salón como si quisiera alimentarnos para sobrevivir a una guerra.
Sinceramente, quizá tampoco va desencaminada.
—No estoy mirando el móvil.
—Oliver, llevas quince minutos desbloqueándolo y bloqueándolo como un psicópata..
Mi madre suspira desde la cocina.
—Deja al niño tranquilo.
—Nines, tiene treinta años y cara de haber escuchado a Pablo Alborán voluntariamente.
—Eso sí sería preocupante —murmura ella.
No puedo evitar reírme, pero muy poco, lo justito.
Y precisamente por eso las dos me miran automáticamente, porque últimamente ya casi no me río.
Me obligaron a contarles qué había pasado, claro.
La casa huele a tortilla recién hecha y croquetas caseras.
Creo que necesitaba este tipo de momentos más de lo que pensaba, porque llevo unos días bastante malos.
Trabajo, entreno, duermo fatal, pienso en Veva constantemente y repito.
Y el problema es que ya ni siquiera consigo engañarme fingiendo que hice lo correcto y que ella tampoco se equivocó tanto.
Mamá deja una bandeja sobre la mesa y se sienta frente a mí, observándome con esa mirada suya que atraviesa personas.
—¿Sabes qué me pone nerviosa?
Mala señal.
—No —respondo encogiéndome de hombros.
—Que ya no insultas a nadie.
Marisa asiente inmediatamente.
—Es verdad. Antes por lo menos estabas roto, pero entretenido.
—Gracias por vuestro apoyo constante.
—Para eso están las familias funcionales —dice Marisa levantando la copa.
Pongo los ojos en blanco mientras la televisión sigue sonando de fondo sin que nadie le preste demasiada atención.
Hasta que aparece ella.
Y el mundo entero deja de moverse.
¿Qué cojones?
Se me corta la respiración tan rápido que hasta mamá lo nota.
La cámara enfoca la entrada de un evento benéfico en el centro de Madrid y ahí está Veva bajando de un coche negro mientras los periodistas empiezan a llamarla a gritos.
Vestido marfil, pelo recogido, pendientes pequeños.
Perfecta.
Y durante un segundo entero vuelvo a odiar a todo el mundo, porque siguen mirándola como si fuera un apellido antes que una persona.
—Ay, Dios mío… —susurra Marisa girándose hacia la pantalla.
Mamá me mira a mí directamente, pero no dice nada.
La periodista se acerca rápidamente a Veva con el micrófono mientras varias cámaras se colocan alrededor.
—Genoveva, ¿son ciertos los rumores sobre tu compromiso con Federico Fernández? ¿Qué pasa entonces con las fotos que nos llegaron con Oliver Luque?
Mi corazón deja de latir correctamente, literalmente, y las ganas de partirle la cara a ese gilipollas vuelven a poseerme.
Veva sostiene la mirada de la periodista unos segundos y sonríe tranquilamente.
—Mi padre querría que fuese así —dice con claridad—, pero la realidad es que no voy a comprometerme con Federico, eso está muy lejos de la realidad.
¿QUÉ?
Marisa se gira automáticamente hacia mí, pero yo ni parpadeo, porque toda mi atención está puesta en ella: cómo sostiene el micrófono, cómo sonríe, cómo mira a la cámara y la calma que transmite.
Dios.
Nunca la había visto así.
—Entonces, ¿desmientes cualquier compromiso entre ambas familias? —pregunta otro periodista.
—Sí. Lo desmiento completamente. Solo me he enamorado una vez en mi vida. Y os aseguro que no fue de Federico Fernández —responde sonriendo.
¡BOOM!
La copa de Marisa golpea la mesa.
—HOSTIA PUTA. Toma ya, La Emperatriz. Ese que dice eres tú, ¿no? —Marisa se me acerca mucho a la cara, casi con los ojos bizco.
¡Por el amor de Dios!
Mamá se lleva una mano al pecho y yo creo que acabo de dejar de respirar, porque Veva no aparta la mirada mientras lo dice ni intenta esconderse.
Simplemente lo admite delante de todo el país como si ya estuviera cansada de fingir.
Joder.
La periodista vuelve a hablar atropelladamente, viendo que Veva no tiene ningún problema en responder de forma tan natural y prestar declaración.
—¿Estás hablando de Oliver Luque?
Y entonces Veva hace algo que termina de destruirme entero: se ríe bajito.
—Creo que eso ya lo sabe todo Madrid.
Marisa emite un sonido rarísimo que parece una mezcla entre infarto y celebración.
—NO PUEDO MÁS CON ESTA MUJER.
Pero yo sigo inmóvil, completamente inmóvil.
No consigo apartar los ojos de la pantalla.
Es entonces cuando llega la bomba de verdad.
—Además —continúa Veva más seria esta vez—, quiero aclarar otra cosa. A partir de ahora mis proyectos profesionales no estarán vinculados al apellido Santos. Trabajaré bajo el apellido de mi madre, Castelló.
HOSTIA.
Mamá abre los ojos como platos.
—Esta chica acaba de prenderle fuego a media élite madrileña.
La periodista parece igual de sorprendida.
—¿Eso significa una ruptura profesional con tu familia?
Veva tarda apenas un segundo en responder.
—Significa que quiero construir algo por mí misma.
—Estoy flipando… —consigo murmurar, porque ya no parece la chica que conocí en aquellas cenas llena de silencios y miedo a decepcionar a todo el mundo.
Ahora parece alguien libre.
Y juro por Dios que nunca había estado tan enamorado de nadie.
—Actualmente estoy desarrollando proyectos educativos y sociales independientes —continúa ella—. Y espero poder hablar pronto sobre ellos.
La periodista intenta seguir preguntando cosas, pero Veva se despide elegantemente y entra en el edificio rodeada de flashes, por lo que la entrevista termina.
No obstante, yo sigo completamente quieto mirando la pantalla apagada segundos después sin moverme, sin respirar bien y sin saber qué coño hacer con todo esto que siento.
Marisa se gira lentamente hacia mí.
—Bueno. Bueno, bueno, ¿eh? —dice haciendo un aspaviento con la mano.
Mamá asiente despacio con la cabeza.
—Creo que la niña rica acaba de declarar una guerra oficialmente.
—No. Lo que acaba de hacer esa chica es elegir quién quiere ser. Y te digo una cosa, Oliver, vale que te ocultó que el tonto ese le pidió matrimonio, pero ¿no te das cuenta que le dio la más mínima importancia? ¿Para qué iba a causarte un mal trago? Piénsalo.
Dios.
¿Y si mi madre tiene razón?
La garganta se me cierra de golpe, porque entiendo exactamente lo que significa todo esto: Veva ya no está esperando que alguien venga a salvarla.
Ni su padre.
Ni su apellido.
Ni siquiera yo.
Y quizá eso debería hacerme feliz, pero lo único que consigo sentir ahora mismo es una necesidad salvaje de verla, abrazarla y decirle que nunca había estado tan orgulloso de alguien en toda mi vida.
Marisa rompe el silencio segundos después.
—Oliver.
No respondo, necesito pensar cómo actuar.
—Oliver, cariño, tienes una cara que sinceramente da un poco de miedo. Nines, hemos perdido al niño.
Me paso una mano por la boca intentando respirar normal.
Fracaso.
Necesito ver a Veva YA.