Chapter 44
Dos días más tarde
He descubierto que desafiar a Papá produce una sensación muy parecida a la de saltar desde un avión: muchísimo miedo, algo de adrenalina y la sospecha constante de que en algún momento todo va a terminar de forma aparatosa.
Pero la diferencia es que al menos en un avión te dan instrucciones de seguridad antes.
Aquí no.
Aquí simplemente un día dejas de obedecer y observas cómo tu padre empieza a mirarte como si fueras una accionista rebelde intentando hundir el mercado.
Lo cual, sinceramente, tiene hasta cierto encanto.
Me encanta notar temblar su ojo de furia, lo admito.
—No voy a ir a la cena de los Salvatierra.
—No voy a acompañarte a París.
—No pienso hacerme fotos con Federico para ninguna revista.
—Y tampoco quiero asistir a otra reunión donde veinte hombres deciden cosas sobre mi vida mientras hablan de whisky y política fiscal.
El silencio después de cada negativa empieza a convertirse en una presencia fija dentro de esta casa.
Y yo ya no retrocedo.
Eso es lo verdaderamente nuevo.
Porque antes siempre acababa cediendo por educación, miedo, agotamiento emocional o simplemente porque discutir con Papá requiere la resistencia psicológica de un marine.
Ahora no.
Ahora algo dentro de mí se niega.
Quizá porque ya sé cómo se siente vivir despierta y no pienso volver a dormirme para hacer felices a los demás.
Mi padre está que trina.
Muchísimo.
Lo noto en la tensión de su mandíbula, en cómo deja los periódicos sobre la mesa y en esa calma peligrosísima que utiliza cuando intenta recuperar el control sin parecer alterado.
Ayer incluso llegó a decir:
—No sé quién eres últimamente.
Y, sinceramente, creo que esa ha sido la primera frase honesta que me dedica en años.
Porque yo tampoco lo sabía hasta hace poco.
*
—Lo que necesito es entender exactamente cuánto acceso legal tengo a las empresas familiares.
Ezequiel, con quien he quedado en una cafetería del centro, deja lentamente la taza de café sobre el plato y me mira por encima de las gafas.
Parpadea una vez, luego otra.
—Perdón… ¿cómo dice, señorita Santos?
No puedo evitar sonreír un poco.
Todavía tiene cara de no saber si esto es una reunión seria o le estoy tomando el pelo.
—Lo que oyes.
Ezequiel sigue observándome como si acabara de presenciar un fenómeno astronómico.
—Genoveva, llevo años trabajando para su familia, como para muchas otras, y esta es probablemente la conversación más inesperada que he tenido nunca con un miembro de los Santos.
—Gracias. Creo.
—No era un insulto, así que de nada.
—Contigo nunca estoy segura.
Eso le arranca una sonrisa pequeña y, sinceramente, empiezo a entender por qué Oliver confía tanto en él.
Ezequiel tiene esa forma rarísima de hablar tranquilo, incluso cuando está diciéndote algo capaz de cambiarte la vida.
Saca una carpeta y empieza a ordenar documentos delante de mí.
—Tiene participaciones indirectas y acceso futuro a determinados movimientos societarios. No obstante, dependerá mucho de cómo estén estructurados ciertos activos. Pero, básicamente, sería como declararle la guerra a su padre, en eso sí debo avisarla.
La vida tiene muchísimo sentido últimamente.
—¿Y si quisiera empezar algo por mi cuenta? —pregunto intentando sonar tranquila.
Ezequiel levanta la vista inmediatamente.
—¿Algo como qué?
Pienso automáticamente en Cañada Real, en los niños, en la asociación, en las paredes llenas de pintura y en esa sensación rarísima de haber encontrado una parte de mí que llevaba años dormida.
Oliver se cuela en mi cabeza y el dolor vuelve con cero dosis de anestesia.
Intento serenarme, porque debo seguir con mi vida igual que ha hecho él.
—Algo útil —respondo finalmente.
El abogado me observa unos segundos larguísimos y después dice algo que me deja completamente quieta.
—Su problema, Genoveva, es que está empezando a descubrir que puede tomar decisiones propias. Y eso suele ser peligrosísimo para familias como la suya.
Bajo la mirada hacia los papeles intentando procesar el nudo que acaba de aparecerme en la garganta.
Tiene razón: ahora quiero algo que nunca había querido realmente.
Independencia.
La capacidad de construir algo mío sin tener que pedir permiso constantemente.
—¿Puedo preguntarte una cosa? —digo más bajo.
Ezequiel asiente con la cabeza.
—¿Oliver cree de verdad que hizo lo correcto alejándose?
El silencio cae despacio entre nosotros, probablemente no debería haber preguntado eso.
Ezequiel suspira.
—Oliver lleva toda la vida sobreviviendo esperando que las cosas buenas duren poco. Y cuando alguien crece así, a veces confunde amor con anticiparse al desastre.
Ahora le echo todavía más de menos.
*
Los días siguientes empiezan a llenarse de llamadas, reuniones y documentos y, a pesar de estar agotada, estresada y desbordada algunas veces, sorprendentemente me siento bien.
Viva.
Muchísimo más viva que en cualquiera de esas cenas elegantes donde llevaba años fingiendo que todo tenía sentido.
Empiezo a mover contactos, asociaciones y presupuestos, y también hablo con varias personas relacionadas con educación social y apoyo infantil mientras intento no pensar constantemente en Oliver.
Fracaso estrepitosamente, claro, porque todo termina llevándome a él de una forma u otra.
Un café demasiado fuerte, una canción, una moto pasando por la calle o una sudadera gris a través del escaparate de una tienda.
Pero no es hasta que veo un reels que se ha hecho viral en Instagram cuando pienso que, aunque con ojeras y pareciendo cansado, es el hombre más guapo que existe en el planeta.
Está hablando delante de varias cámaras dentro de El Portal mientras explica parte del proyecto social y los talleres para chavales del barrio.
—No queremos hacer caridad de escaparate —dice en el vídeo—. Queremos construir espacios donde la gente pueda quedarse.
Sonrío al escucharlo hablar así a pesar de que el dolor por no estar con él todavía me quema las entrañas.
Quizá Oliver me ha enseñado algo mucho más importante que enamorarme, y es que puedo construir cosas yo sola.
Me seco las lágrimas despacio.
Más pronto que tarde le demostraré cuánto es capaz de transmitir y motivar a las personas, aunque él siga pensando que es un error para todo el mundo.
Miro la carpeta en la que guardo toda la documentación en la que he estado trabajando los últimos días y, por primera vez desde que explotó todo, sonrío.
Tengo todo tan planificado, que hasta yo misma me sorprendo.
Verás cuando se entere Papá.
Espero que Oliver pueda verme.