Chapter 42
Dormir después de que Oliver Luque me rompa el corazón resulta ser bastante parecido a intentar descansar dentro de un aeropuerto en huelga: ruido constante, malestar físico y una sensación permanente de que algo importante acaba de cancelarse.
Son las cuatro y diecisiete de la madrugada cuando abro los ojos por quinta vez.
O sexta.
Ya he perdido la cuenta.
La habitación está completamente a oscuras, salvo por la luz tenue que entra desde el jardín a través de las cortinas, y durante unos segundos me quedo quieta mirando el techo sin entender por qué me siento tan vacía.
Luego lo recuerdo y es como si alguien volviera a dejarme caer una piedra directamente dentro del pecho.
Oliver.
Me incorporo lentamente entre las sábanas frías y automáticamente noto lo peor: el silencio.
Dios.
Nunca pensé que pudiera echar tanto de menos el ruido de otra persona.
El sonido de Oliver moviéndose por la habitación del hotel, su respiración, su voz ronca al despertarse, el ruido de la moto e incluso la manera en la que abría las botellas de agua como si estuviera enfadado con ellas.
Ya no hay nada, tampoco mensajes.
Solo esta casa enorme, impecable y silenciosa donde todo parece perfectamente colocado para que nadie se atreva a sentir demasiado.
Me llevo ambas manos a la cara soltando aire despacio.
Fatal.
Estoy fatal.
Bajo de la cama y camino descalza hasta el baño intentando no mirar el móvil, que sigue encima de la mesita, para comprobar si me ha escrito.
Porque yo no pienso escribirle.
No voy a convertirme en una mujer que suplica amor por teléfono mientras un hombre decide si quedarse o marcharse.
Aunque, sinceramente, tampoco creo que pueda soportar que no vuelva.
La idea me atraviesa tan fuerte que tengo que apoyar las manos sobre el lavabo.
Mierda.
Mierda, mierda y más mierda.
Me miro al espejo y descubro que tengo ojeras, el pelo deshecho y cara de protagonista francesa a la que acaban de abandonar en una película larguísima y emocionalmente insoportable.
Perfecto.
Absolutamente perfecta mi evolución.
Me maldigo tan fuerte que hasta mis ancestros deben escucharme.
*
El desayuno del día siguiente es incluso peor, porque mi padre actúa exactamente igual que siempre, como si no hubiera pasado nada, y eso me destruye muchísimo más de lo que esperaba.
Está sentado leyendo el periódico mientras toma café como si ayer no hubiera utilizado mi vida sentimental para declararle la guerra a un hombre delante de media junta de accionistas y no hubiera visto cómo me rompía al hacerlo.
La normalidad puede ser una forma muy sofisticada de crueldad.
—Buenos días —dice sin levantar demasiado la vista.
Tardo unos segundos en responder.
—Buenos días. —Mi voz sale rota y horrible.
Me siento frente a él intentando ignorar el nudo permanente que tengo en la garganta desde anoche.
Papá pasa una página del periódico.
—Esta noche tienes la cena con los Fernández.
La puñalada mañanera premium dice hola.
Cierro los ojos un segundo.
—No voy a ir.
Él deja la taza sobre el plato con esa calma suya que siempre precede a una catástrofe emocional.
—Genoveva, no estoy preguntando.
Me río
Literalmente me río.
Porque claro, incluso ahora sigue sin entender absolutamente nada.
Levanta la vista lentamente hacia mí.
—¿Qué resulta tan gracioso?
Lo miro unos segundos y siento unas ganas inmensas de llorar.
O de gritar.
Todavía no sé cuál de las dos cosas me apetece más.
—¿No te das cuenta de nada o qué? —pregunto.
Mi padre frunce apenas el ceño.
—No dramatices y no me hables así.
Aprieto los dedos alrededor de la taza, ya no siento miedo de decepcionarlo, porque me importa más decepcionarme a mí misma.
Él me observa en silencio.
—No sé si es que no ha quedado claro, pero no voy a casarme con Fede, ¿sabes?
El aire cambia apenas entre nosotros, lo justo, porque mi padre vuelve a esconderse enseguida detrás de esa expresión tranquila de hombre que jamás admitiría que algo le duele.
—Estás confundida.
Quiero gritar y voy a hacerlo.
Para él todo lo que siento desde que apareció Oliver es: una confusión, una fase, un error, un capricho o un desajuste temporal.
No una versión más real de mí misma o algo parecido, claro que no.
Me levanto lentamente de la silla.
—No, papá. Creo que por primera vez estoy empezando a entenderme.
Y me voy antes de echarme a llorar delante de él.
Paso el resto del día encerrada en mi habitación fingiendo que leo mientras en realidad llevo horas mirando la misma página sin procesar una sola palabra.
No dejo de pensar en Oliver y en esa frase horrible: “Tú todavía puedes volver a tu vida.”
Como si él no formara ya parte de ella o pudiera volver atrás después de haber descubierto cómo se siente querer algo de verdad.
El móvil sigue boca abajo sobre la cama.
No lo toco, ahora tengo miedo de que haya escrito, pero todavía me da más miedo que no lo haya hecho y lo haya perdido para siempre.
Llaman a la puerta y salgo de ese bucle.
Segundos después aparece Maira entrando sin esperar permiso, cargada con bolsas, cafés y energía de mujer que viene preparada para asistir emocionalmente a una víctima de guerra.
Es decir, yo.
Me mira un segundo y suspira
—Madre mía.
Me dejo caer sobre la almohada.
—Gracias por ese apoyo tan técnico.
Maira deja las cosas sobre mi escritorio y viene directamente hacia la cama.
—Tienes cara de haber escuchado Adele durante nueve horas seguidas.
—Han sido siete.
Ella se queda quieta.
—¿Lo dices en serio?
No respondo.
Porque sí.
Claramente sí.
Maira se tumba a mi lado mirando el techo y durante unos segundos ninguna de las dos habla, solo escuchamos el silencio enorme de esta casa que ahora mismo me parece insoportable.
—No sabía que alguien podía echar de menos hasta el ruido de otra persona —murmuro finalmente.
Maira gira la cabeza hacia mí inmediatamente y yo trago saliva.
—Me duele tanto que siento que moriré.
Mi voz empieza a romperse otra vez.
El olor de sus sudaderas, cómo se ríe, dormir abrazada a él, discutir por tonterías…
Me ha dado fuerte, debo estar enferma.
Maira suspira despacio.
—Cariño…
—Y lo peor es que creo que él realmente piensa que me está haciendo un favor alejándose.
Las lágrimas empiezan a caerme antes de terminar la frase.
Qué experiencia tan humillante esto de enamorarse.
Maira me abraza inmediatamente y eso ya es suficiente para que me derrumbe del todo.
Lloro escondiendo la cara en su hombro mientras ella me acaricia el pelo despacio.
—Escúchame bien una cosa —dice bajito—. Los hombres emocionalmente dañados son muy guapos en las novelas hasta que empiezan a tomar decisiones estúpidas intentando protegerte.
No puedo evitar reírme entre lágrimas.
Ella suspira.
—Pero ese chico está enamorado de ti hasta las pestañas, Veva.
Y eso es precisamente lo que más duele.
Porque quizá querer a alguien muchísimo no siempre basta para quedarse.
Horas más tarde, cuando Maira ya se ha ido y la casa vuelve a sentirse enorme, fría y artificial, termino cogiendo el móvil por pura debilidad emocional.
Solo quiero distraerme.
Cinco minutos.
Nada más.
Abro Instagram y lo primero que aparece es una publicación compartida decenas de veces.
EL PORTAL AbrIRÁ SUS PUERTAS LA PRÓXIMA SEMANA.
Debajo una fotografía de Oliver dentro del local en la que sale apoyado sobre la barra hablando con alguien mientras las luces cálidas iluminan el sitio entero.
El aire desaparece de mis pulmones de golpe.
Porque una parte horrible de mí esperaba encontrarlo igual de roto que yo.
Pero ahí está: trabajando, avanzando, construyendo algo y siguiendo adelante.
Sin mí.
Es entonces cuando entiendo que es lo mismo que debo hacer yo.