Chapter 41
Supongo que estoy enamorado de verdad.
Ya está.
Ya lo he dicho.
Y no he llegado a esta conclusión por haberla besado o empezar a echarla de menos.
Ni siquiera cuando he descubierto que sería capaz de partirle la cara a medio mundo por verla sonreír.
No.
Sucede cuando aparece el miedo, el miedo real, ese que te obliga a pensar que ojalá hubieras conocido a esa persona en unas circunstancias distintas en las que quererla fuera más sencillo, no una trampa mortal para ambos.
Estoy sentado solo dentro de El Portal mientras las luces cálidas del local siguen encendidas y la música suena bajita desde algún altavoz al fondo.
El sitio ya casi está terminado: las mesas colocadas, la barra iluminada, los guantes de boxeo colgados en la zona del gimnasio y ese ambiente cálido que Dani lleva tiempo intentando conseguir sin que parezca un club de striptease.
La inauguración es en menos de diez días y yo debería sentirme feliz y orgulloso, pero lo único que noto es un agotamiento feroz, porque estoy enamorado hasta las trancas de Genoveva Santos y no sé qué hacer con esta situación.
Hemos colgado la llamada hace unos minutos sin llegar a nada claro, por eso me sorprende ver su nombre en la pantalla de mi móvil como llamada emergente.
Juro que verlo me duele.
No respondo, no quiero hablar más, estoy dolido, confundido… en fin, no sé.
Esto es una mierda.
El teléfono vuelve a vibrar otra vez.
Y otra.
Cierro los ojos.
Mierda.
Descuelgo finalmente.
—Dime.
Silencio al otro lado.
Y entonces su respiración.
Joder.
Ya ni siquiera necesito verla para saber que está llorando.
—¿Dónde estás? —pregunta bajito.
Miro alrededor del local vacío.
—Trabajando.
Mentira.
Estoy aquí sentado intentando convencerme de que todavía puedo arreglar esto antes de destruirnos a los dos.
—Quiero verte.
La frase me atraviesa, yo también quiero verla.
Muchísimo.
Y besarla.
Y hacerle el amor hasta que se nos quite la absurda idea de la cabeza de que lo que sentimos está mal.
Dormir con ella, escucharla reírse de mis tonterías y
volver a verla llena de pintura en Cañada Real discutiendo por lo que sea como si fuera una cuestión de Estado.
Quiero todo eso y precisamente por eso tenemos que parar.
—Veva…
—Por favor.
Dios.
Esas dos palabras me matan.
Me levanto de la silla pasando una mano por mi cara mientras camino hacia la cristalera del local.
Madrid sigue moviéndose ahí fuera como si el mundo no estuviera a punto de romperme el pecho.
—No creo que esto esté haciéndote bien.
El silencio cae inmediatamente sobre los dos, pesado y feo.
—¿Perdón?
Aprieto la mandíbula; ya ya he cruzado el punto de no retorno y ahora tengo que terminar lo que he empezado aunque me arranque media vida por dentro.
—Tu padre está utilizando esto para hundirte a ti también, Veva.
—Eso me da igual.
—Pero a mí no.
Ella tarda un segundo en responder, y cuando lo hace, noto el dolor en su voz.
—¿Tú también vas a decidir por mí?
Directo al pecho: precisamente eso es lo que estoy haciendo y sé perfectamente por qué le duele tanto.
Toda su vida han decidido por ella: qué ponerse, con quién sentarse, qué decir, a quién querer.
Y ahora llego yo, el primer hombre que la mira como si fuera libre y hacer exactamente lo mismo.
Me apoyo contra el cristal cerrando los ojos.
—Todavía puedes volver a tu vida, Veva.
La frase sale rota, destrozada, como si cada palabra me estuviera arrancando algo.
—¿Y tú qué crees exactamente que era mi vida antes de ti?
Joder.
JODER.
Me muerdo el interior de la mejilla tan fuerte que noto sabor a sangre.
No sé responder a eso.
Sé cómo era ella antes, la he visto fingiendo sonrisas y he visto cómo se hacía pequeña delante de su padre y vivía intentando no molestar demasiado.
Y aun así… sigo pensando que merece algo mejor que este desastre.
Algo mejor que yo.
—No quiero convertirme en otra cosa que termine haciéndote daño.
La escucho respirar hondo al otro lado.
Y entonces sucede: Genoveva Santos se rompe delante de mí.
—No puedes hacerme esto.
La voz le sale tan bajita que siento algo desgarrarse dentro del pecho.
—No quiero que te pongas a tu propio padre en contra por mí.
—No puedes mirarme durante semanas como si fuera algo más que mi apellido y luego apartarme porque tienes miedo.
Las lágrimas me suben a los ojos de golpe.
—Solo quiero protegerte, te lo juro..
Ella se ríe, pero su risa suena horrible.
—Eres exactamente igual que todos los demás —susurra.
La frase me deja sin aire.
—Todo el mundo cree saber qué es lo mejor para mí —continúa—. Mi padre. Federico. Y ahora tú también.
Me dejo caer lentamente sobre uno de los sofás del local sintiendo el pecho demasiado lleno.
—No es eso.
—Entonces dime que no me quieres, que no quieres volver a verme nunca más.
Me cago en mi puta vida.
No puedo hacerlo.
Estoy tan enamorado de ella que hasta respirar empieza a parecerme una actividad secundaria.
Y lo sabe.
La escucho llorar bajito al otro lado del teléfono y siento ganas de arrancarme el corazón con las manos.
—No voy a volver a suplicarle a nadie que se quede conmigo, Oliver.
La frase me destruye.
Entiendo perfectamente lo que significa: toda la vida intentando ser suficiente para personas incapaces de elegirla realmente y ahora yo acabo de hacer exactamente lo mismo.
Cierro los ojos y tomo la peor decisión de mi puta vida.
—Será mejor que paremos esto ahora.
La llamada se corta y me quedo inmóvil mirando el móvil todavía encendido entre mis manos.
Acabo de romperle el corazón a la única persona que había conseguido hacerme sentir que yo también merecía ser querido.