Chapter 40
El problema de enamorarte de Oliver Luque es que llega un momento en el que empiezas a entenderlo demasiado.
Porque una cosa es querer a alguien y otra muy distinta mirar dentro de él y descubrir todo lo que intenta esconder constantemente: la rabia, el miedo, la sensación permanente de no pertenecer a ningún sitio y esa costumbre horrible de esperar siempre que las cosas buenas terminen rompiéndose.
Llevo exactamente tres horas sentada en mi habitación mirando el móvil.
TRES HORAS, literal, sin atreverme a escribirle porque sigo viendo su cara en la junta, la forma en la que se levantó, cómo evitó mirarme al salir, la tensión en su mandíbula y, sobre todo, el dolor.
Dios mío.
Cuando salí a buscarlo, ya se había marchado y me temo lo peor.
Nunca había pensado demasiado en el hecho de que los hombres como Oliver probablemente han pasado media vida sintiéndose insuficientes para personas como yo.
Y ahora no puedo dejar de hacerlo.
El móvil sigue completamente en silencio sobre la cama.
Ni un mensaje.
Ni una llamada.
Nada.
Lo tengo merecido, lo sé, pero ¿qué podía hacer?
No voy a aceptar de ninguna manera ese matrimonio. Entonces, ¿para qué contárselo?
Porque no lo voy a aceptar, ¿verdad?
Papá no puede obligarme, tengo derechos…
Me levanto por quinta vez en diez minutos y empiezo a caminar por la habitación intentando respirar normal.
Fracaso.
Porque cuanto más pienso en ello, peor me siento.
Yo sabía que mi padre era capaz de algo así, sabía perfectamente que utilizaría a Fede y esa maldita boda como una forma de hacer daño.
Y aun así no se lo conté a Oliver, no le advertí, no preparé el terreno.
Simplemente dejé que entrara ahí dentro creyendo que lo nuestro existía en las mismas condiciones para los dos.
Pensé que hacía lo correcto, quería ahorrarle un disgusto, yo qué sé.
Qué ingenua.
Y qué egoísta.
El móvil vibra de pronto sobre la cama y el corazón me da un vuelco tan fuerte que casi me atraganto con mi propia saliva.
Oliver.
Solo leer su nombre en la pantalla ya hace que se me ponga un nudo horrible en la garganta.
Descuelgo inmediatamente.
—Hola.
Solo escucho su respiración al otro lado durante un par de segundos.
Yo contengo la mía y entonces:
—¿Lo sabías?
La pregunta me atraviesa entera, porque su voz no suena enfadada, pero sí sé que está decepcionado.
Y eso es muchísimo peor.
—No —respondo enseguida—. Te juro que no sabía que iba a decirlo delante de todos.
—Pero sí sabías que existía esa posibilidad. Te ha pedido matrimonio, ¿verdad? Te lo ha pedido y no me lo has dicho.
Cierro los ojos.
Mierda.
—Oliver…
—¿Cuándo?
La forma en la que lo pregunta me rompe un poco más, porque no parece un hombre intentando discutir, sino alguien intentando entender cuánto tiempo lleva haciendo el ridículo sin saberlo.
—Mi padre siempre ha querido algo así con Fede, pero yo nunca…
—¿Nunca qué?
Trago saliva.
—Nunca le di esperanzas.
Él se ríe bajito y ojalá no lo hubiera hecho, porque esa risa no tiene ningún ápice de humor, pero sí mucha cantidad de amargura.
—Claro.
—Oliver, escúchame…
—No, tú escúchame a mí un segundo —me pide, y su voz ha cambiado lo justo para que me tiemble el estómago.
—Llevo semanas entrando en sitios donde todo el mundo me mira como si fuera un error que alguien olvidó corregir.
Cierro los ojos inmediatamente.
—No digas eso. Tú nunca serías un error para nadie.
—¿Y qué quieres que diga, Veva? —pregunta más bajo esta vez—. ¿Que no he visto cómo me miran? ¿Cómo habla tu padre de mí? ¿Cómo parece que todo el mundo está esperando a que metas la pata por estar conmigo?
Mi garganta empieza a cerrarse.
Lo he visto, claro que lo he visto, pero a mí no me importa nada de todo eso.
—Eso no importa.
—Claro que importa.
Dios mío.
Oliver no está enfadado porque piense que voy a casarme con Fede, estoy casi segura, lo está porque se lo he ocultado y además está asustado.
Asustado de que esto termine exactamente igual que todo lo demás en su vida, con alguien eligiendo otra cosa más fácil, correcta y adecuada.
—No quiero casarme con él, si es lo que te preocupa.
La frase sale de mis labios rápida, urgente y necesaria.
Él tarda unos segundos en responder.
—Pero podrías hacerlo y… joder, tía, me has mentido.
Yo también me lo he llegado a preguntar, llevo desde que me lo pidió pensando cosas horribles.
Que Oliver merece algo mejor que este desastre, que mi padre va a intentar destruirlo, que tarde o temprano terminaré haciéndole daño aunque no quiera y que quizá enamorarse de mí sea simplemente otra mala decisión en su vida.
Y aún así… no puedo soltarlo porque siento que mi corazón estallaría en mil pedazos.
Me apoyo contra la pared sintiendo el pecho demasiado lleno.
Me quedo callada como una imbécil.
Me merezco su enfado.
No he sabido hacerlo bien.
—¿No dices nada? —insiste al otro lado de la línea.
—¿Qué quieres que diga? Ya sé que lo he hecho mal, pero solo quería alejarte de toda mi mierda. Mi padre está obsesionado contigo, ahora la prensa empieza a perseguirnos, Fede…
—Me importa una mierda el puto Fede de los cojones. Creía que confiabas en mí.
—Y lo hago. ¡Claro que lo hago! —estallo.
—No entiendes nada, Veva…
—¿Qué tengo que entender? Entonces explícamelo —digo entre hipidos.
El silencio al otro lado se vuelve absoluto, y cuando Oliver habla otra vez, su voz sale rota por primera vez desde que lo conozco.
—Tú eres lo único bueno que me ha pasado en muchísimo tiempo. Y aún así, a lo mejor deberías salir corriendo antes de que te arruine la vida.
Mi corazón se paraliza.
—No vuelvas a decir eso —digo muy seria. La respiración se me rompe entera, él no dice ese tipo de cosas. Y precisamente por eso duele más. Me muerdo el labio fuerte—. Oliver…
—Estoy empezando a sentir que todo esto va a explotarnos en la cara y no sé si voy a saber soportar cómo termine.
Ahí está otra vez el miedo, siempre el miedo.
El problema de Oliver Luque es que incluso enamorado sigue esperando que el mundo le quite aquello que quiere.
Y quizá yo también tengo parte de culpa en eso.
—Crees que quiero perderte y para nada es así —susurro.
Él guarda silencio unos segundos y cuando vuelve a hablar, su voz suena agotada.
—No, lo que creo es que ya estoy demasiado dentro como para salir de aquí sin romperme entero.
Las lágrimas me suben inmediatamente a los ojos.
Quizá esto es enamorarse de verdad: darte cuenta de que alguien ya tiene el poder de destruirte y quedarte igualmente.