Millonario por castigo Chapter 39
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Chapter 39

Hay personas que descubren que su relación se ha vuelto seria cuando conocen a la familia.

Lo típico, ¿verdad?

Nosotros no.

Nosotros lo descubrimos cuando aparecemos en la prensa económica, social y del corazón al mismo tiempo.

Muy romántico todo.

El problema empieza a las ocho y doce de la mañana, exactamente en el momento en el que Sergio entra en El Portal agitando el móvil como si acabara de descubrir actividad extraterrestre.

—Bueno —dice dejando el café sobre la barra—. Tengo dos noticias.

Estoy revisando unos planos con Dani mientras suena música de fondo y varios decoradores terminan de colocar un par de cosas en una de las estancias.

El Portal ya casi existe de verdad.

Y joder… ha quedado precioso.

—¿Cuáles? —pregunto sin levantar demasiado la vista.

Sergio me enseña el móvil y es entonces cuando veo la foto.

Veva con el vestido rojo en el Casino y yo mirándola como si quisiera desnudarla allí mismo delante de media élite madrileña.

Debajo, el titular:

LA HIJA DE IGNACIO SANTOS Y EL HEREDERO MÁS POLÉMICO: EL ROMANCE QUE SACUDE MADRID.

Dani silba bajito.

—Flipas.

Sergio sigue deslizando y entonces aparece otra foto.

En esta estamos entrando en el hotel.

Mis manos en su cintura y ella con mi sudadera gris puesta que le queda sorprendentemente bien.

Hay más fotos, claro.

Perfecto.

Nos han hecho un documental entero prácticamente.

—Bueno —dice Sergio lentamente—. Por lo menos salís guapísimos.

No respondo, ahora mismo estoy demasiado ocupado imaginando la reacción de Ignacio Santos.

Y eso sí que no tiene ni puta gracia.

Recibo un mensaje de Ezequiel, lo leo y me quedo a cuadros, por lo que cojo el móvil inmediatamente y la llamo.

Tarda dos tonos en responder.

—¿Estás bien? —pregunto directamente.

Ni hola, ni nada, porque honestamente me importa una mierda el resto.

Escucho su respiración al otro lado.

—Creo que sí.

No me gusta cómo suena eso.

Me apoyo sobre la barra mientras Dani y Sergio disimulan fatal que están escuchándolo absolutamente todo.

—Tu padre acaba de abandonar una reunión dejando a tres consejeros hablando solos. Ezequiel dice que parecía un villano corporativo a punto de comprar un país.

Ella resopla suavemente.

Y aunque no puedo verla, la imagino perfectamente pasándose una mano por la cara.

—Esto es culpa mía.

Cierro los ojos un segundo.

—Ni se te ocurra empezar por ahí.

—Oliver…

—Veva, sabíamos que esto podía pasar.

Sé que no es la prensa lo que le preocupa, es su padre.

Siempre su puto padre.

Mientras, yo tengo ganas de incendiar media ciudad si alguien la hace sentir pequeña otra vez.

Qué experiencia tan agotadora esto de enamorarse.

—¿Quieres que vaya? —pregunto.

Y juro por Dios que lo haría.

Aunque Ignacio Santos me recibiera con francotiradores.

Ella tarda un poco en responder.

—No… todavía no.

Todavía.

La palabra se queda flotando entre nosotros.

Y algo dentro de mí se tensa.

La noto rara y no sé por qué.

Aún así, no quiero rayarme de más, es normal que esté preocupada, ¿no?

Ya no estamos jugando ni somos dos personas besándose a escondidas en motos y hoteles.

Ahora somos noticia y también un problema.

—Nos vemos en la junta, entonces, ¿no?

—Sí.

—Vale, te veo en unas horas.

—Claro —responde casi de forma automática.

— Ciao , princesa.

Y cuelga.

Definitivamente, algo no está bien.

*

La junta empieza a las seis de la tarde.

Y desde el minuto uno sé que Ignacio esconde algo o está a punto de dar una puñalada trapera por haberme visto en esas fotos junto a su hija.

Lo noto en cómo mira, en cómo se mueve y en esa calma elegante de hombre rico que precede siempre a una catástrofe.

Estoy sentado junto a Sergio y Ezequiel revisando unos documentos mientras varios accionistas hablan sobre operaciones, balances y estrategias empresariales que ahora mismo me importan exactamente lo mismo que la cría del percebe atlántico.

Nada.

Porque Veva está aquí, al otro lado de la mesa, con una blusa blanca que le queda que ni pintada, el pelo recogido y cara de haber dormido fatal.

Y aun así sigue siendo la mujer más guapa de Madrid.

Qué putísima mala suerte la mía.

Nuestros ojos se cruzan apenas un segundo.

Solo uno.

Pero basta para que note algo raro y peligroso en el pecho.

SosoKen también está aquí, por cierto.

Un pan sin sal de cojones, si me preguntan.

Qué cosa más rancia de tío.

Entonces Ignacio habla y el aire cambia, como siempre que abre la boca.

—Antes de dar lugar al siguiente punto de la reunión, hay una cuestión familiar que considero conveniente aclarar dada la exposición mediática reciente.

Madre mía.

No.

Miro automáticamente hacia Veva y ella también lo ha entendido, pues se tensa y aprieta los dedos sobre la mesa.

—Papá, creo que no es… —intenta decir Veva, pero él la ignora completamente y habla por encima.

—La familia Santos mantiene desde hace años una relación estrecha con la familia Fernández, esto se sabe.

¿Qué coño está haciendo?

El silencio empieza a extenderse lentamente por toda la sala.

Y entonces ocurre:

—Así que para mí es todo un honor hacer público, sobre todo para callar habladurías, que Federico Fernández y mi hija Genoveva formalizarán próximamente su compromiso.

¡Boom!

No escucho nada durante un segundo.

Nada.

Solo un pitido salvaje dentro de la cabeza y el último latido de mi corazón, que parece que se acaba de quedar en standby .

No es posible, no puede acabar de decir eso y que sea verdad.

Miro automáticamente hacia Veva y entonces lo entiendo todo.

Si Ignacio no ha mentido ahora mismo al poner en palabras mi peor pesadilla, es ella quien me ha mentido a mí.

Algo se me rompe dentro del pecho tan rápido que me deja sin aire.

Genoveva Santos prometida con Federico Fernández alias SosoKen, el puto novio de catálogo.

Me va a dar algo, necesito salir de aquí.

Me aprieta en la cabeza el pensamiento de que mi cagada no ha sido enamorarme de una mujer como Veva y que pertenezca a otro mundo, sino que es ese mundo el que lleva años decidiendo su futuro sin preguntarle una mierda.

—Eso no es verdad —dice ella de golpe.

Toda la sala se queda quieta, porque su voz ha atravesado el silencio como un disparo.

Ignacio gira la cabeza lentamente hacia su hija.

—Genoveva.

—No hay ningún compromiso formalizado.

La miro y juro que nunca la he querido besar tanto como ahora mismo, porque está enfrentándose a él aquí delante de todos.

Por ella.

Por nosotros.

Por primera vez en su puta vida.

Pero Ignacio sonríe, malicioso, sabe de sobra que él tiene mucho más poder que ella.

—Lo habrá —dice tranquilamente.

HOSTIA.

Noto cómo la rabia empieza a subir despacio por mi cuerpo.

Ezequiel me mira de reojo, creo que está calculando cuántos delitos estoy a punto de cometer.

—Oliver… —murmura muy bajo, a modo de advertencia, pero ya no estoy escuchándolo, solo miro a Ignacio, y acabo de entender perfectamente qué es lo que quiere conseguir.

Quiere recordarme quién manda aquí y demostrarme que da igual cuánto dinero tenga ahora, cuánto firme o cuántas salas de juntas consiga soportar, porque Veva sigue perteneciendo a su mundo y no al mío.

La mandíbula empieza a dolerme de tanto apretarla y entonces miro a Veva, a quien le tiembla ligeramente la respiración y cómo está completamente sola en mitad de esta mesa llena de hombres decidiendo sobre ella.

Me levanto lentamente de la silla y toda la sala se queda en silencio.

Nadie se mueve, ni siquiera Ignacio, pero yo necesito salir de aquí, porque si me quedo un minuto más, probablemente termine arrancándole la cabeza a alguien con una botella de agua premium.

—Con permiso —digo de forma tranquila. Mucho, además, precisamente por eso da miedo.

Salgo de la sala sin volver la vista atrás.

Ahora mismo no sé qué me duele más: si imaginar a Veva casada con otro hombre, que me haya ocultado que SosoKen le ha propuesto matrimonio o descubrir hasta qué punto estoy enamorado de ella.