Millonario por castigo Chapter 38
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Chapter 38

Hay algo profundamente humillante en descubrir que quizá llevabas años viviendo en piloto automático y no te habías dado cuenta.

Porque una espera que las crisis existenciales lleguen de forma elegante tipo con una carta del tarot, una terapeuta buenísima o un retiro espiritual en Bali.

No porque un hombre con chaquetas de cuero, sonrisa de delincuente y ojos como zafiros aparezca en tu vida y te obligue a preguntarte quién coño eres realmente.

Y, sin embargo, aquí estamos.

Son las nueve y media de la mañana y llevo cuarenta minutos discutiendo por teléfono con una empresa de materiales sobre unos presupuestos para el local de Cañada Real mientras desayuno café frío y una tostada que ya parece yeso industrial.

Le dije a Oliver que, si no le importaba, me ocupaba yo.

Lo peor es que… me está gustando.

Muchísimo.

—No, perdona —digo sujetando el móvil entre el hombro y la oreja mientras reviso unos documentos sobre la encimera de la cocina—, pero si me cambias otra vez las fechas de entrega, el proyecto se retrasa entero.

Silencio al otro lado.

Parpadeo un par de veces, incrédula.

¿Acabo de sonar competente?

—Sí, claro, entiendo perfectamente el problema logístico, pero yo también tengo uno y consiste en que necesito esos materiales antes del viernes.

Otra pausa, luego sonrío.

—Perfecto. Gracias, Javier.

Cuelgo lentamente y me quedo quieta, porque acabo de solucionar algo yo sola.

Yo.

Genoveva Santos.

La mujer que hasta hace unas semanas consideraba agotador decidir entre tacones nude o negros para cenas benéficas llenas de señores que olían a puro caro y ego.

Me apoyo sobre la encimera todavía procesándolo cuando entra Maira en la cocina con una bolsa enorme de bollería y gafas de sol pese a que está completamente nublado.

Es que es como la Pantoja; nunca se quita las gafas.

—Buenos días a todas las mujeres que han sufrido por hombres emocionalmente complejos y aún así siguen teniendo el culo increíble.

La miro.

—Tú algún día morirás atropellada por tu propia energía.

—Pero fabulosa.

Deja las bolsas sobre la isla de la cocina y entonces se queda quieta observando los papeles extendidos por todas partes.

Presupuestos, planos, notas, horarios e ideas apuntadas con rotulador.

Luego me mira a mí.

—Perdón… —dice quitándose las gafas—. ¿Tú estabas trabajando?

Me ofendo automáticamente.

—Siempre he trabajado.

—Veva, cariño, elegir centros florales para eventos de ricos no cuenta como vivir al límite.

Pongo los ojos en blanco mientras cojo otro café.

—Qué pesada eres.

—No. Estoy impresionada. —Señala los papeles—. ¿Qué es todo esto?

—El proyecto de Cañada Real.

Maira parpadea.

—Madre mía.

—¿Qué?

—Tienes brillo en los ojos.

—No tengo brillo en los ojos.

—Sí lo tienes. Pareces una mujer que acaba de descubrir que tiene capacidad intelectual y orgasmos simultáneamente.

La carcajada me sale sola, muy fuerte y muy real.

Y eso también empieza a pasarme demasiado últimamente.

Maira me observa unos segundos más mientras abre una caja de croissants.

—¿Qué estás haciendo exactamente?

Miro los papeles delante de mí.

—Estoy ayudando con la organización —digo despacio—. Contactos, materiales, coordinación con asociaciones, presupuestos… esas cosas.

Y lo cierto es que me siento muy orgullosa de mí misma cuando respondo y no por cómo me veo, por cómo me visto o porque algún hombre piense que soy perfecta, sino por algo que he hecho yo.

Maira se queda callada.

—¿Qué? ¿Qué pasa?

Niega lentamente con la cabeza.

—Nada. Solo estoy viendo cómo desarrollas personalidad propia en tiempo real.

Le lanzo una servilleta y ella la esquiva riéndose.

—¡Es verdad!

Bueno un poquito cierto sí que es, porque la realidad es que hasta ahora me he sentido vacía.

Toda mi vida he ido pasando de una obligación a otra sintiendo que algo faltaba constantemente. Como si estuviera interpretando a Genoveva Santos en vez de serlo realmente.

Pero esto… esto sí se parece a mí o, al menos, una versión de mí que no conocía todavía.

Maira me observa en silencio.

—Uy —dice finalmente.

—¿Qué pasa ahora?

—Que acabas de tener un pensamiento profundo y ahora mismo pareces una protagonista indie francesa.

Resoplo.

—Estaba pensando.

—Eso nunca trae nada bueno.

—Creo que nunca había sentido orgullo real por mí misma.

—Claro que sí —dice ella con indignación.

Niego lentamente.

—No así.

Antes todo era distinto: las notas perfectas, los eventos perfectos, las sonrisas perfectas, la hija perfecta.

Pero siempre parecía que el mérito pertenecía más a la versión de mí que esperaban los demás que a mí realmente.

Esto no, esto es como cuando decidí estudiar magisterio.

Papá accedió porque era eso o nada y claro, Ignacio Santos no podía soportar que su única hija no tuviera estudios superiores.

No obstante, en este proyecto nadie espera perfección, solo ayuda, ganas y presencia.

Maira se sienta frente a mí apoyando los codos sobre la isla de la cocina.

—¿Sabes qué creo?

—Miedo me da.

—Que estás empezando a parecerte a la persona que habrías sido si hubieras crecido pudiendo decidir cosas por ti misma.

Sonrío.

Supongo que es exactamente así y en el fondo creo que Oliver ha sido la única persona que ha visto esa versión de mí incluso antes que yo.

El móvil vibra sobre la encimera y, por lo visto, no puedo disimular en absoluto el ridículo respingo que da mi corazón, porque Maira lo nota.

—Ay, mírala —dice poniendo los ojos en blanco y sonriendo.

Es un mensaje suyo, así que sonrío casi al instante.

Soy completamente imbécil.

¿Cómo va mi chica favorita del mundo corporativo?, leo en voz alta.

Maira se lleva una mano al pecho.

—No puedo más con vosotros. Parecéis los protas de una romcom o algo así.

No respondo todavía, sigo mirando el mensaje.

Es en este instante cuando pienso que hay algo todavía más peligroso que enamorarse de Oliver Luque:

empezar a gustarme la mujer que soy cuando estoy con él.

Me muerdo el labio pensando en la propuesta de Fede y en cómo me moriría si Oliver se enterara.

Se preocuparía por cosas que no existen dentro de mí.

¿Para qué voy a contárselo entonces?

Es lo correcto, ¿verdad?

¿Verdad?