Chapter 37
Hay momentos en los que uno se da cuenta de que está completamente jodido emocionalmente.
No “jodido” en plan dramático adolescente de poner canciones tristes mirando por la ventana mientras llueve.
No.
Jodido de verdad.
Del tipo: una chica rica aparece en Cañada Real con unas deportivas de Gucci llenándose de polvo y tú, que llevas años sobreviviendo a base de sarcasmo y problemas de gestión emocional, te descubres imaginando cómo sería despertarte con ella todos los días.
Exactamente ese tipo de jodido.
La veo bajarse del Mercedes mientras observa alrededor con curiosidad.
Ha cumplido su palabra a pesar de su padre y el primer día en el que empiezo mi trabajo aquí, ella me acompaña.
Y no parece incómoda, oye.
Eso me descoloca.
Porque conozco perfectamente esa mirada que pone la gente cuando viene aquí por primera vez: es como una especie de pena mal gestionada mezclada con incomodidad social y culpa de clase alta que les dura aproximadamente cuarenta minutos antes de volver a sus casas sintiéndose Gandhi.
Pero Veva no está mirando así su alrededor, sino como si intentara entender la razón de tanta desigualdad.
Y eso me pone en peligro el corazón.
—¿Segura? —pregunto cuando nos encontramos frente a frente.
Asiente enseguida, aunque noto que aprieta un poco los dedos alrededor del asa de su bolso.
Está preciosa, me cago en la puta.
Vaqueros oscuros, camiseta básica y blazer negra por encima.
Es la mujer más guapa de Madrid, y de aquí no me baja ni Dios.
Empezamos a caminar entre las calles mientras le voy enseñando algunos de los espacios con los que queremos trabajar.
Los edificios desgastados, las zonas comunes hechas polvo, el local pequeño donde una asociación lleva años ayudando a chavales con apoyo escolar aunque prácticamente sobrevivan a base de donaciones y buena voluntad.
Ella escucha, y lo hace de verdad, no con esa forma elegante de poner el oído que tienen los ricos cuando quieren parecer interesados mientras ya están pensando en otra cosa.
No.
Veva pregunta, mira y observa.
Un niño sale corriendo hacia mí en mitad de la calle.
—¡Oliver!
Lo cojo automáticamente en brazos mientras él empieza a hablarme atropelladamente sobre no sé qué partido de fútbol y unos cromos.
Es el hijo de un colega que fue conmigo al colegio y ha terminado viviendo aquí.
Entonces me señala con total tranquilidad.
—¿Quién es ella?
Miro a Veva y durante un segundo me quedo completamente en blanco, porque no sé qué responder.
No es “una chica”.
Ni “una amiga”.
Ni “mi novia”.
Ni tampoco “la hija del hombre que me quiere muerto”.
Yo qué sé.
—La chica más guapa de Madrid, ¿no la ves? —termino diciendo.
El niño la mira de arriba abajo.
—Va demasiado limpia para ser amiga tuya.
Veva se echa a reír y yo cierro los ojos un segundo.
—Perfecto. Gracias por humillarme delante de la gente, pequeño.
Esta vez hasta yo me río y ella también.
Joder.
La manera en la que se ríe aquí no tiene nada que ver con cómo se ríe en las cenas de lujo. Allí siempre parece medir cuánto espacio ocupa, cuánto ruido hace o cuánto de sí misma puede enseñar sin romper algo.
Aquí no.
Aquí parece ligera, como si llevara toda la vida intentando ocupar poco espacio y de pronto hubiera dejado de pedir permiso para existir.
Seguimos caminando y le explico algunas ideas del proyecto mientras avanzamos hacia la nave donde queremos montar los talleres.
—La mayoría de empresas vienen aquí dos semanas, se hacen cuatro fotos y desaparecen —digo abriendo la puerta metálica—. Como si ayudar a gente fuera una campaña de temporada.
Ella frunce un poco el ceño.
—Yo no quiero hacer eso.
La miro y la creo, porque nadie puede mentir con una mirada tan limpia como la suya.
Entramos dentro y varias personas nos saludan desde el fondo mientras organizan cajas y material escolar. El espacio todavía está medio desmontado, con paredes a medias, cubos de pintura y herramientas por todas partes.
Veva observa todo como si estuviera procesándolo lentamente, no con superioridad o pena, pero sí con mucha humanidad.
Las horas pasan rápidas después de eso.
Ella ayuda a mover mesas, organiza materiales, pinta paredes y habla con la gente como si no llevara toda la vida rodeada de chóferes y copas de champán que cuestan más que el alquiler de muchas familias aquí.
Y lo hace de forma natural, como si estuviera intentando encontrar su sitio.
La veo hablando con una mujer mientras ayuda a ordenar ropa infantil y algo se me remueve por dentro cuando la escucho preguntarle cómo empezó la asociación.
Porque nadie pregunta eso, la mayoría solo preguntan cuánto falta para irse.
Más tarde la encuentro sentada en el suelo pintando una pared con manchas blancas en las manos y el pelo lleno de polvo.
Está preciosa.
Ridículamente preciosa.
Me siento a su lado dejándole una botella de agua.
—Tienes pintura en la cara.
Ella se toca automáticamente la mejilla.
—Perfecto. Mi transformación en persona funcional del mundo real ha comenzado.
Me río por la nariz.
—Tu padre va a desmayarse cuando te vea así.
—Mi padre se desmaya cada vez que alguien usa zapatillas cerca de él.
Eso me hace reír otra vez.
Y joder… me gusta demasiado estar así con ella.
Sin tensión.
Sin esconderse.
Sin que todo tenga que acabar en un beso para sentir que estamos cerca.
Solo hablando.
Existiendo juntos.
Ella da un sorbo a la botella de agua y luego mira alrededor en silencio.
—Creo que llevo demasiado tiempo viviendo lejos de la realidad.
—No tienes que sentir culpa por cómo has crecido, princesa.
Baja la vista hacia sus manos manchadas de pintura.
—Pero la siento. ¿Sabes cuándo fue la última vez que disfruté de verdad? ¿Que fui feliz? —me pregunta.
—El otro día conmigo, ¿no? —intento bromear para quitarle intensidad al momento, no me gusta verla triste.
Entonces sonríe y algo dentro de mí se afloja.
—¡No! Bueno, sí, claro que sí. Pero me refería a hace años…
—Ah, dime.
—Cuando hice las prácticas de mi carrera.
—¿Sí?
Asiente con la cabeza y se mira las manos llenas de pintura.
—Llegaba a casa hecha un cuadro, llena de pintura, purpurina… a mi padre le daba algo cada vez que me veía así, pero yo fui feliz.
—No entiendo —digo frunciendo el ceño—. ¿Tú no has estudiado empresariales o algo así?
—¿Yo? ¿Qué dices? Es lo único en lo que mi padre no pudo hacer nada por impedirlo. Soy maestra —dice con una sonrisa tan brillante como el sol—. Pero nunca he ejercido. Por eso siento culpa…
Es entonces cuando lo entiendo: Veva no está intentando salvar a nadie, está intentando dejar de sentirse vacía.
Me apoyo un poco hacia atrás observándola.
—Entonces utiliza esa culpa para hacer algo bueno No para castigarte.
Ella levanta la vista hacia mí lentamente y durante unos segundos ninguno de los dos dice nada.
Porque hay momentos en los que las personas se entienden demasiado.
—¿Siempre dices cosas que parecen sacadas de un libro de tíos emocionalmente disponibles? —pregunta finalmente.
Me río.
—No. Normalmente digo barbaridades.
—Eso también se te da muy bien.
Sonríe y el corazón me hace una cosa rarísima dentro del pecho, porque ya no la miro y pienso solo en besarla, ahora también quiero contarle cosas, escucharla y saber qué piensa cuando se queda callada.
Horas después la encuentro subida encima de una mesa discutiendo con una señora sobre el color de unas cortinas mientras tiene pintura hasta en las pestañas.
La mujer insiste en poner unas horribles con flores naranjas y Veva defiende unas lisas azules como si estuviera negociando la paz mundial.
Y yo me quedo quieto observándola desde el otro lado de la sala.
Completamente jodido.
Ya no parece la hija de Ignacio Santos ni la chica rica que se escapó conmigo en una moto, ahora parece alguien que empieza a entender quién es realmente y yo creo que me estoy enamorando justo de esa versión suya.