Millonario por castigo Chapter 36
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Chapter 36

El timbre suena justo cuando estoy planteándome si existe alguna manera elegante de desaparecer del país sin que tu padre active inmediatamente una alerta internacional.

Spoiler: seguramente no.

Sigo sentada sobre la alfombra de mi habitación, todavía vestida, con el bolso tirado en una esquina y la sensación de que mi vida acaba de sufrir una combustión espontánea en pleno despacho de Ignacio Santos.

Porque una cosa es sospechar que tu padre controla demasiado tu existencia y otra muy distinta es entrar en una habitación y encontrarte a Federico Fernández sentado frente a él con cara de hombre que está a punto de pedir permiso para comprarte en fascículos.

El timbre vuelve a sonar.

Y otra vez.

Y luego escucho la voz de Maira desde abajo.

—¡GENOVEVA, O AbrES O TREPO POR LA FACHADA COMO SPIDERMAN CON ANSIEDAD!

Cierro los ojos un segundo.

Dios bendiga a esa mujer.

Pero ¿dónde está el servicio, que no abre la puerta?

Bajo las escaleras arrastrando la poca estabilidad emocional que me queda detrás de mí y abro la puerta encontrándomela con un café helado tamaño industrial, unas gafas de sol enormes y energía de reportera de sucesos.

Entra directamente sin esperar a que la invite.

—Vale —dice dejando el bolso sobre la consola de la entrada—. Tienes exactamente la misma cara que ponen las protagonistas de las películas antes de abandonar a su prometido millonario y largarse con un hombre que arregla motos o yo qué sé y tiene traumas.

La miro en silencio.

Ella también se queda quieta y parpadea lentamente.

—Hostia. No era broma.

Me doy la vuelta y camino hacia el salón.

¿A qué? No sé.

Maira me sigue como un perrito, ansiosa por chismes.

—Fede quiere casarse conmigo.

Silencio absoluto, de esos que duran tan poco que en realidad duran muchísimo.

Cuando me giro, Maira sigue de pie en mitad del salón mirándome como si acabara de decirle que voy a ingresar en una secta que adora aguacates.

—Perdón… ¿qué?

Me dejo caer sobre el sofá soltando el aire despacio.

—Ha pedido mi mano.

Maira se quita las gafas lentamente.

—¿Tu mano? ¿Qué es esto? ¿Mujercitas? ¿Orgullo y prejuicio? ¿Van a intercambiar también vacas entre familias o eso ya no se hace?

No puedo evitar soltar una risa nerviosa porque sinceramente, si no me río, creo que me da un brote psicótico en esta alfombra persa.

Ella viene hacia mí inmediatamente y se sienta enfrente cruzando las piernas.

—Vale. Necesito contexto. Muchísimo contexto. Y rápido, porque mi sistema digestivo no procesa bien los dramas románticos en ayunas. Este café es como agua.

Me apoyo contra el respaldo del sofá cerrando los ojos un segundo.

—Papá me ha llamado al despacho esta mañana.

—Qué ambiente más bonito siempre en esta casa. Muy “ven, hija, tenemos una noticia preciosa y cero manipuladora para ti”.

—Maira…

—Perdón. Continúa.

Suelto aire otra vez.

—Entré y estaban los dos allí: mi padre y Fede. Sentados. Esperándome.

—Uf. Eso ya huele a encerrona, la verdad.

Asiento lentamente, porque exactamente era eso.

No paro de recordar en bucle la sensación de entrar ahí dentro y notar inmediatamente que algo iba mal.

El despacho oliendo a cuero y café, mi padre con esa mirada tranquila que utiliza cuando ya ha decidido algo por ti y Federico sentado como si estuviera a punto de anunciar una fusión empresarial en vez de pedirle matrimonio a una persona.

Qué cosa más traumática.

—Entonces Fede empezó a hablar —continúo— sobre estabilidad, futuro, familias compatibles, proyectos conjuntos…

Maira pone cara de dolor físico.

—Dios mío, la libido me acaba de bajar escuchándote.

—No ayudó precisamente.

—Es que parece el discurso de un candidato a presidente de banca privada, Veva. Si un hombre quiere casarse contigo, lo mínimo es que parezca un poco desequilibrado emocionalmente. Que le tiemble la voz, yo qué sé. Y que luego se le ponga la minga como el tronco de una lechuga para celebrarlo.

Me río por la nariz.

Muy poquito.

Porque el problema es que una parte de mí sabe exactamente cómo suena un hombre cuando habla sintiendo cosas de verdad y no se parece en nada a lo que ha pasado en ese despacho.

Maira me mira fijamente.

—¿Y entonces?

Trago saliva.

—Entonces dijo que quería casarse conmigo.

Ya no es una fantasía absurda ni una posibilidad lejana con la que Maira se metía conmigo.

Ahora existe.

Ha sido pronunciado en voz alta dentro de esta casa y de repente siento que las paredes pesan el doble.

—¿Y tu padre? —pregunta Maira más despacio.

Me entra una risa completamente histérica.

—Mi padre parecía estar presenciando la Segunda Venida de Cristo.

Eso la hace soltar una carcajada.

—Lo estoy viendo. Ignacio Santos emocionado. Qué imagen tan paranormal. Bueno es que no sé de qué me sorprendo si llevo tomándote el pelo con esto años, vamos…

Me abrazo un poco las piernas sobre el sofá.

—Pues se han cumplido tus predicciones y me he dado cuenta de algo horrible.

Ella deja de bromear apenas un segundo.

Lo justo.

—¿Qué?

Levanto la vista hacia ella.

—Que no podía hacerlo.

Mi voz sale mucho más rota de lo que pretendo, porque no es solo que no quiera casarme con Fede, es que la idea de aceptar me hace sentir atrapada, como si estuviera viendo mi vida cerrarse delante de mí lentamente y yo tuviera que sonreír mientras ocurre.

Maira me observa en silencio.

Y eso sí que da miedo, porque esta tía normalmente opina hasta de la humedad ambiental.

—Veva… —dice más bajito.

—No podía respirar allí dentro.

La frase sale sola, honesta y cruda.

Y de repente me noto al borde del llanto, cosa que odio profundamente porque una debería poder sufrir crisis existenciales sin parecer una actriz francesa en blanco y negro.

Maira suspira y se acerca un poco más.

—Cariño, tú llevas años sobreviviendo en automático.

Te conozco desde que teníamos pañales y nos comíamos los mocos —dice y yo arqueo una ceja.

Eso no es verdad, no creas nada de lo que dice Maira—.

Bueno, vale, me los comí yo. Tú solo vomitaste del asco.

Pero cuando teníamos quince te enamoraste de un camarero solo porque te guiñó un ojo en Marbella.

Créeme cuando te digo que sé perfectamente cuándo estás viva y cuándo simplemente estás siendo correcta.

La miro y asiento con la cabeza, porque sé exactamente cuál es la diferencia ahora: Oliver.

Su voz.

Su moto.

Sus manos sujetándome la cara.

Y el culo, ejem.

La manera en la que me escucha, como si lo que digo importara de verdad.

Dios mío.

Maira me mira abrir y cerrar la boca, pero no articular ningún sonido y entonces sonríe despacio.

—Ah.

—¿Qué significa “ah”?

—Significa que acabas de pensar en Oliver Luque y has puesto cara de mujer que abandonaría una dinastía empresarial por una noche más con él.

Me tapo la cara con ambas manos.

—No puedo contigo.

—No, cariño. Tú no puedes contigo misma desde que ese hombre apareció en tu vida vestido de negro y con cara de problema.

Esta vez no me sale discutirle ni una sola palabra.