Chapter 35
Hay días en los que una persona descubre que su vida está cambiando y luego están los días en los que tu tía te abre la puerta de casa, te mira durante exactamente tres segundos y decide que necesitas supervisión psicológica intensiva.
—No me gusta esa cara —dice Marisa nada más verme entrar.
Suelto las llaves sobre el mueble de la entrada.
—¿Qué cara?
—La de hombre que ya ha empezado a imaginar muebles compartidos.
Cierro los ojos con fuerza. ¿Por qué siempre me pilla?
—Voy a irme de esta casa —amenazo señalándola con el dedo medio en broma medio en serio, con una leve sonrisa dibujada en los labios.
—No puedes, mamá está haciendo lasaña —me suelta, y luego pone morritos.
¿Será posible?
Buen argumento, no puedo entrar en debate. La lasaña de mamá es la mejor del mundo.
El olor llega desde la cocina mientras camino por el pasillo: tomate, carne y queso gratinado.
Hogar.
A eso huele mi casa en este instante.
Hogar y gente rota intentando salvarse mutuamente desde hace años.
Nines aparece justo entonces desde la cocina con un delantal amarillo lleno de harina y el pelo recogido de aquella manera improvisada suya que significa “he cocinado durante horas y alguien va a emocionarse o morir”.
—¿Quién tiene cara de muebles compartidos? —pregunta.
Marisa me señala inmediatamente.
Traidora.
—Nuestro Romeo de Vallecas.
—¿No era el heredero maldito? Vas a volverme loco. No soy Romeo de nada.
—Claro. Y yo soy una monja carmelita —dice Marisa—. Hay de cada señor más guapo en el bingo que pa’ qué.
Mi madre me observa un segundo más de la cuenta y yo aparto los ojos de ella.
Hostia.
Esa mirada no, porque mi madre tiene una capacidad absolutamente terrorífica para detectar emociones antes incluso de que existan oficialmente.
—¿Qué ha pasado? —pregunta finalmente.
Bufo, no sé por dónde empezar.
Es todo tan intenso y complicado.
Siento que en menos de un mes Genoveva Santos me ha desmontado más cosas que toda mi vida anterior junta.
Menos mal que busco los cubiertos para poner la mesa y mamá parece perder un poco el interés.
La cena transcurre con esa normalidad rara en la que Marisa habla durante veinte minutos seguidos sobre una chica de TikTok que ha dejado a su novio porque “Mercurio retrógrado le dijo que era un narcisista”.
Nines la ignora mientras sirve la lasaña en platos enormes y yo intento fingir que estoy estable emocionalmente después de las últimas horas que he pasado junto a Veva.
Fracaso, claro, porque cada dos minutos pienso en Veva y en su cara al decir “No quiero esta vida”, en cómo tembló después y en la forma en la que me miró antes de irse.
Mierda.
—Vale —dice Marisa dejando el tenedor sobre la mesa de golpe—. Ya está.
Levanto la vista.
—¿Qué?
—No puedo seguir cenando como si aquí no hubiera un romance de categoría nacional desarrollándose delante de mis ojos.
—¿De qué hablas?
—No. El que tiene que hablar eres tú. ¿Dónde dormiste anoche? Pasaste la noche con ella, ¿a que sí? La Emperatriz te ha vuelto tonto.
Nines me mira también, más tranquila, pero también más seria.
Y eso es todavía peor, porque significa que ya sabe que esto no va solamente de sexo.
Que no es que les cuente yo mi vida sexual, Dios me libre, pero saben que no me comprometo de más con nadie.
Suelto el aire lentamente y dejo el tenedor sobre el plato.
—Discutió con su padre. Y por lo visto fue bastante fuerte. Vamos… que el motivo de la discusión básicamente fui yo.
Marisa abre muchísimo los ojos y mamá se queda quieta con la mano alrededor del vaso de agua.
—¿Qué? —pregunta Marisa bajito.
—Y claro, me llamó. Quería salir de ahí, de su casa… En fin, que hemos pasado la noche juntos y solo sé que ya la echo de menos.
Marisa se lleva ambas manos a la boca.
—Hostia santa.
—Sí —digo pasándome dos dedos por la comisura de los labios—. Eso digo yo.
—¿Y ella? —pregunta mi madre.
—Ella no puede más con su padre, claro. La controla demasiado, está loco ese hombre.
Nines baja despacio la vista al plato.
—Pobrecilla.
La frase me golpea directamente en el pecho; eso es exactamente lo que pensé cuando me llamó: pobrecilla.
Ni rica, ni privilegiada, ni princesa, solo una chica atrapada en las garras dictatoriales de su padre.
—Me da a mí que La Emperatriz va a darle un golpe de estado a su padre.
No puedo evitar sonreír un poco.
—¿Te lo han dicho las cartas del Tarot? —le pregunto, divertido, y acto seguido me arrepiento—. No las busques, ¿eh?
Marisa niega con la cabeza.
—No, las cartas no, lo digo yo. Hazme caso que verás.
—Quiere trabajar conmigo en lo de Cañada Real. Ya me preguntó sobre Ezequiel.
Nines levanta la vista inmediatamente.
—¿Va en serio?
Asiento con la cabeza.
—Dice que quiere empezar a vivir su vida.
Y ahí pasa algo raro, porque mi madre se queda completamente quieta unos segundos, como si hubiera entendido algo importante.
Muy importante.
—Esa niña lleva años intentando respirar ahí dentro —dice finalmente.
Eso es exactamente lo que siento cada vez que Veva sale de esa casa: que respira.
Y yo ya no sé qué coño hacer con eso.
Marisa me observa desde el otro lado de la mesa.
—Estás enamoradísimo.
—No dramatices.
—Oliver, has puesto cara de perro abandonado mientras hablabas de ella.
—No he puesto ninguna cara.
—Has puesto muchísimas caras.
Nines suspira suavemente y recoge algunos platos vacíos.
—¿Y ahora qué?
Buena pregunta.
¿Qué cojones hago ahora?
Porque hasta hace unas semanas mi mayor preocupación era abrir El Portal y empezar a generar mi propi dinero, y ahora resulta que estoy pensando en cómo proteger emocionalmente a la hija del hombre que más ganas tiene de matarme en Madrid.
Excelente gestión vital.
—No lo sé —admito finalmente.
Y esa es la verdad.
No tengo ni puta idea.
Porque una parte de mí quiere cogerla de la mano y largarse con ella a cualquier sitio y la otra entiende perfectamente el tamaño del incendio que puede provocar eso.
—Las familias como esa no perdonan fácil cuando pierden el control —murmura mi madre más seria ahora. La frase cae pesada sobre la mesa. —Ignacio Santos no parece un hombre acostumbrado a que le digan que no —añade.
—No lo está.
Marisa se cruza de brazos.
—Pues que se joda un poquito, también te digo.
No puedo evitar reírme por la nariz.
Mamá tiene razón: Ignacio tiene dinero, influencia, medios y orgullo.
Muchísimo orgullo.
Y Veva acaba de desafiarlo por primera vez en toda su vida.
Por mí.
—Lo peor es que sigue preocupándose por decepcionarlos incluso mientras se rompe —murmuro antes de pensar demasiado, y cuando levanto la vista, tanto mi madre como Marisa me están mirando de la misma manera: como si acabaran de confirmar algo.
Mierda.
Marisa se levanta entonces de golpe.
—No os mováis.
—¿Qué haces ahora? —pregunto ya cansado.
—Necesito información astral.
—No. Otra vez no.
—Sí.
Desaparece hacia el salón y vuelve veinte segundos después con el maldito tarot entre las manos.
Nines ni siquiera protesta ya.
Traidora también.
—Marisa…
—Calla. El universo necesita hablar.
—El universo necesita medicación.
Ella ignora eso completamente y empieza a barajar cartas sobre la mesa mientras murmura cosas incomprensibles sobre energías, vibraciones y “hombres emocionalmente torpes”.
—Eso último sí es verdad —dice Nines recogiendo vasos.
—Gracias, mamá. Muy bonito todo.
Marisa extiende tres cartas lentamente sobre la mesa.
La primera: El Diablo.
—Bueno… seguimos sexuales —dictamina.
Cierro los ojos con fuerza, de eso sí que no pienso darle ningún detalle, por muy pesada que se ponga.
La segunda: Los Enamorados.
Y entonces gira la tercera carta: La Torre.
—Uy… —murmura.
No sé por qué se me eriza la piel, pero siempre salen las mismas cartas, no entiendo nada.
—¿Qué pasa ahora?
Marisa levanta lentamente la vista hacia mí y, por primera vez desde que empezó esta historia, no parece estar bromeando.
—Que esto ya no tiene vuelta atrás.