Chapter 34
Subo las escaleras con la mochila colgada del hombro mientras hablo con Maira por teléfono. Siento que mi vida se parece cada vez más a una serie turca protagonizada por una heredera emocionalmente agotada.
Es decir, yo.
—Repíteme exactamente por qué no puedo mudarme con vosotros fuera de España y vivir vendiendo pulseras hippies en Ibiza —dice Maira al otro lado de la línea suspirando.
—Porque durarías literalmente cuarenta minutos sin acondicionador caro y porque yo necesito privacidad para mis encuentros sexuales.
Cierro los ojos con fuerza al instante.
No debería haber dicho eso, no debería haber dicho eso, no debería haber dicho eso.
—¿Quién eres tú y qué has hecho con Genoveva Santos?
No puedo evitar reírme un poco mientras atravieso el pasillo principal de casa.
La mochila golpea suavemente contra mi cadera a cada paso y todavía me parece surrealista haber metido ropa dentro de ella pensando seriamente en desaparecer unos días.
Desaparecer.
Yo.
Con Oliver Luque.
Qué fantasía.
—Vale, necesito que me cuentes exactamente qué pasó en ese hotel —dice Maira inmediatamente—. Porque llevo horas, ¿eh? ¡Horas! Imaginando escenas y en algunas acabáis huyendo juntos a Italia.
El calor me sube al cuello automáticamente.
—No hemos huido a ninguna parte.
—Todavía.
Pongo los ojos en blanco.
—Maira…
—¿Qué? Estoy intentando adaptarme a que mi mejor amiga haya pasado de “ay, no sé si me gusta” a literalmente dormir abrazada a Oliver Luque en un hotel de lujo y que encima me diga que necesita privacidad para sus encuentros sexuales, porque perdóname que te diga, que yo te quiero mucho y todo eso, pero amor… tenías la líbido de una ameba.
Claro, es que dicho así…
—No fue solo sexo.
—Uy —dice finalmente.
—¿Qué significa “uy”?
—Significa que acabas de poner voz de mujer enamorada y necesito sentarme.
Aprieto el móvil contra la oreja mientras entro en la zona del despacho de mi padre.
—No estoy enamorada.
—Claro. Y yo soy veterinaria marina. Veva, cariño, llevas semanas hablando de ese hombre como si te hubiera reiniciado el sistema nervioso.
Pues igual sí.
Mi mano aprieta un poco más fuerte el asa de la mochila.
—Creo que he discutido de verdad con mi padre por primera vez en mi vida, también tenemos que tener eso en cuenta —digo cambiando de tema como sea.
Maira tarda un segundo en responder.
—¿Y sabes qué creo yo?
—¿Qué?
—Que ya no puedes volver atrás.
El corazón me da un golpe rarísimo, porque quizá tiene razón, pero es que ahora sé que existía otra manera de vivir que no es la de acatar las órdenes de Papá.
Me detengo frente a la puerta del despacho de mi padre justo entonces.
Respiro hondo.
—Creo que va a matarme.
—Bueno, si sobrevives, llámame.
—Gracias por el apoyo.
—Para eso están las amigas.
—Te quiero, Maira. Hablamos en cuanto termine la tortura.
Y justo después de colgar, la puerta del despacho se abre y Papá aparece al otro lado.
Traje impecable, mandíbula tensa y mirada fría.
Hay silencios que duran demasiado, y luego está el que aparece cuando entro en el despacho de mi padre y descubro que Federico Fernández también está ahí dentro.
Ah.
Perfecto.
Fantástico.
Maravilloso ambiente tenemos hoy.
Tierra trágame , pienso.
Me detengo apenas un segundo en la puerta, intentando entender qué está pasando exactamente.
El despacho de Papá huele a cuero, café y control psicológico.
Pues como siempre, querida, me digo a mí misma para infundirme ánimos.
Las paredes llenas de libros perfectamente colocados, las fotografías con empresarios importantes, la mesa enorme de madera oscura y las vistas de Madrid al fondo hacen que todo parezca todavía más serio, más frío y más suyo.
Fede está sentado frente al escritorio con un traje gris oscuro impecable y las manos entrelazadas sobre las piernas.
Perfecto, elegante y correcto.
Papá levanta la vista hacia mí.
—Siéntate, Genoveva.
No me gusta el tono, pero nada de nada, porque es el mismo que previamente a las conversaciones importantes, que normalmente ya están decididas antes de empezar.
Camino lentamente hasta la silla que hay frente al escritorio y tomo asiento intentando ignorar la sensación horrible que empieza a crecerme en el estómago.
Fede me mira y algo en sus ojos ya parece triste.
Mierda.
—¿Qué pasa? —pregunto finalmente.
Papá se reclina apenas en la silla.
—Federico quería hablar contigo.
Miro a Fede y él traga saliva muy despacio.
Entonces lo entiendo antes incluso de que abra la boca.
No.
No.
No.
Por favor.
NO.
—He hablado con tu padre esta mañana —dice finalmente.
Mi corazón empieza a latir a trompicones, como si algo dentro de mí supiera perfectamente que esto va a cambiar cosas.
—Nos conocemos de toda la vida, Veva.
Dios mío.
No.
No, no, no.
—Y creo que ya hemos llegado a un punto donde…
Se detiene apenas un segundo.
Está nervioso, nunca había visto nervioso a Fede.
Yo también estoy nerviosa, tanto que siento que en cualquier momento voy a sufrir una apoplejía.
—Quiero casarme contigo.
Mi padre me observa atentamente y Fede también, pero yo solo lucho por respirar, porque el aire parece que se me ha quedado congelado dentro de los pulmones.
Están esperando que reaccione y diga algo.
Y yo…
Yo siento exactamente lo contrario a lo que debería sentir una mujer cuando el hombre perfecto acaba de pedirle matrimonio.
Pánico.
Puro pánico.
Porque mientras Fede me mira esperando una respuesta, mi cabeza hace algo muchísimo peor: imagina a Oliver.
Oliver riéndose.
Oliver besándome.
Oliver haciéndome el amor de esa manera tan exquisita.
Nunca me han besado ni me han tocado así.
Jamás.
—Genoveva —dice Papá despacio—. Di algo.
Abro la boca, pero las palabras no me salen, no puedo respirar bien.
Algo , pienso en decir, pero sería demasiado vacile, no estamos para eso y el SÍ, QUIERO está descartado.
Fede se inclina apenas hacia delante.
—No tienes que responder ahora mismo si no quieres.
Incluso ahora sigue siendo bueno, correcto y considerando, y eso hace todo muchísimo más horrible.
Porque Fede no ha hecho nada malo.
Nada.
Simplemente nunca consiguió hacerme sentir viva.
—Yo… —empiezo.
Mi voz se rompe un poco.
Perfecto.
Qué maravilla.
Reacciona, estúpida. DI QUE NO. ¿Ahora eres lela? , me recrimino a mí misma.
Papá entrelaza las manos sobre el escritorio.
—Creo que es una noticia excelente.
Claro que lo crees, maldito dictador , pienso.
Porque este matrimonio tiene sentido empresarial, social, económico, mediático y perfecto para vuestro mundo de hombres ricos emocionalmente estreñidos.
—Papá…
—Federico es un hombre serio, preparado y estable.
Bufo.
Ya no puedo seguir escuchando esa lista como si estuvieran vendiendo un puto coche de lujo.
Estable.
Correcto.
Adecuado.
¿Y qué pasa conmigo? ¿Con lo que quiero yo?
Levanto la vista lentamente.
—No quiero casarme.
Fede parpadea y Papá se queda completamente quieto.
—Genoveva —dice él despacio—, no dramatices.
La rabia me sube tan rápido que hasta me mareo un poco.
—¿Dramatizar?
—Estás confundida últimamente.
Ah.
Claro.
La explicación universal cuando una mujer deja de obedecer: está confundida.
No puede ser que simplemente haya dejado de aceptar la vida que le han construido otros.
—No estoy confundida.
—Entonces explícame qué está pasando contigo.
Me levanto de la silla de golpe.
—¡No quiero esta vida!
La frase sale más alta de lo que esperaba.
Más rota también.
Papá me mira como si acabara de insultar el apellido familiar.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Sí lo sé.
—No. Lo que pasa es que llevas semanas comportándote de forma irresponsable.
Fede interviene entonces, más suave.
—Veva…
Pero niego con la cabeza inmediatamente.
—No. Lo siento, Fede, de verdad que lo siento muchísimo, pero no puedo hacer esto.
—¿Hay alguien más? —pregunta finalmente.
Silencio.
Mi respiración tiembla.
¿QUÉ?
Papá se pone rígido automáticamente.
—¿De qué está hablando? —pregunta frío.
Pero Fede no lo mira a él, solo a mí, y por primera vez desde que lo conozco parece enfadado y herido.
—¿Qué dices? —le pregunto.
—Llevas semanas desapareciendo —dice despacio—. No contestas igual. Me miras distinto. Ya no estás aquí conmigo nunca.
Cada palabra me atraviesa.
¿Cómo le explico que nunca ha pasado nada entre nosotros y que he conocido a alguien que me ha hecho despertar de golpe?
—Federico… —murmuro.
—¿Es Oliver Luque?
¡Boom!
Mi padre se levanta inmediatamente.
—¿Qué?
Mierda.
Fede sigue mirándome, está esperando.
Y yo… yo no respondo, porque no puedo mentirle.
Mi cuerpo entero ya sabe la verdad incluso antes que mi cabeza.
Papá da un golpe seco sobre la mesa.
—Genoveva.
Pero sigo sin hablar, y entonces Fede hace la pregunta que termina de destruirlo todo.
—¿Estás enamorada de él?
Esta vez no necesito responder, mi cara ya lo ha hecho por mí.
Si escuchara cómo late mi corazón con solo escuchar su nombre fliparía.
Y Fede lo entiende.
Dios mío.
Lo entiende todo.