Millonario por castigo Chapter 33
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Chapter 33

El problema de enamorarte de alguien no es el momento exacto en el que ocurre, sino todo lo que empieza a dar miedo después.

Y la realidad es que yo estoy empezando a acojonarme bastante.

El Portal ya no es ese local cochambroso que necesitaba mucha agua y jabón, muchos arreglos y unas buenas capas de pintura.

Ahora parece peligroso.

Peligroso de verdad para todos esos ricos de mierda que han querido encorsetar al resto de la sociedad.

Huele a madera barnizada, ambientador y pintura seca cuando entro después de dejar a Veva en su casa.

Las luces cálidas ya están instaladas sobre la barra principal, las paredes negras contrastan con los sofás de cuero claro y las estanterías metálicas llenas de botellas convierten el sitio en algo mucho más serio de lo que imaginé la primera vez que lo dibujamos sobre servilletas manchadas de mostaza de hamburguesa grasienta.

La zona del fondo ya tiene montado el pequeño escenario para acústicos y sesiones de jazz los jueves.

Dani insiste en que también habrá micro abierto de poesía algunos domingos “porque el dramatismo vende”.

Yo sigo intentando impedirlo.

A la izquierda han terminado la zona de billar y dardos, Sergio ya ha conseguido acuerdos con marcas de whisky premium y hay una sala privada arriba pensada para reuniones, eventos pequeños y partidas clandestinas de póker “legalmente ambiguas”, según Dani.

Y lo peor es que funciona.

Funciona muchísimo.

Incluso la sala multifuncional del sótano, donde los sábados por la mañana habrá clases de boxeo y defensa personal, ha quedado increíble: ladrillo visto, luces industriales, sacos colgando y una estética tan agresivamente sexy que probablemente medio Madrid terminará pagando una cuota mensual solo por subir historias a Instagram.

Mi sitio.

Mi sueño.

Mi vida.

Y aun así nada más cruzar la puerta pienso en ella.

Veva riéndose dentro del jacuzzi.

Veva dormida abrazada a mí.

Veva diciendo: “Quiero vivir mi vida.”

—Vale —dice Dani desde una escalera mientras cuelga un neón enorme con el logo de El Portal—. Esa cara no me gusta nada.

Levanto la vista lentamente.

—¿Qué cara?

—Pues la que llevas. ¿Te has convertido ya en príncipe azul? O en Ken… nunca se sabe contigo.

Sergio suelta una carcajada desde la barra principal mientras revisa unas botellas recién llegadas.

—Hostia, sí. Yo también me he dado cuenta de eso.

—Os voy a matar a los dos.

—No puedes —dice Dani bajándose de la escalera—. Estás enamorado y débil.

—No estoy enamorado —me defiendo, aunque siento las orejas arder si pienso en esa idea demasiado tiempo.

Los dos me miran exactamente igual que miraría un médico a alguien que acaba de decir que un cuchillo en el pulmón “es solo un rasguño”.

—Claro —dice Sergio—. Y yo soy humilde.

Paso de ellos antes de terminar cometiendo un homicidio múltiple y camino hasta la parte trasera del local.

Necesito pensar sobre ella, sobre Ignacio y sobre lo que me ha dicho en las últimas horas en el hotel en cuanto a escapar de su propia vida como si estuviera pidiendo permiso para respirar.

Eso sí que me está jodiendo, porque hasta ahora todo esto parecía peligroso, pero todavía controlable.

Besos, motos, hoteles, mentiras… tú ya me entiendes.

Pero ahora ya no, porque ella está empezando a querer cambiar cosas de verdad, y eso con hombres como Ignacio Santos se traduce en guerra.

—Le va a salir una úlcera como siga frunciendo así el ceño, señor Luque.

Levanto la vista y me topo con Ezequiel, que ha aparecido como invocado por mi subconsciente con una carpeta bajo el brazo y esa calma inquietante suya de hombre que probablemente sobreviviría incluso a un apocalipsis financiero.

He olvidado por completo que le había mandado un mensaje.

—¿Qué haces aquí? —pregunto.

—Salvarle de cometer decisiones impulsivas, supongo.

—Llegas tarde para eso.

Ezequiel observa alrededor del local: las luces, la barra, la música suave sonando de prueba, el escenario, la gente trabajando para inaugurar lo antes posible…

Y asiente despacio.

—Esto ya es otra cosa.

No puedo evitar sentir algo raro en el pecho.

Orgullo, quizá.

—Sí.

Ezequiel me mira unos segundos más antes de hablar otra vez.

—Pero usted no me ha escrito para enseñarme decoración industrial.

Suspirando, me paso una mano por la nuca.

—Necesito preguntarte algo.

—Ya empezamos.

—Hipotéticamente…

Ezequiel suspira inmediatamente.

—Nunca me gustan las frases que empiezan así.

Ignoro eso.

—¿Qué acceso tendría Genoveva Santos al patrimonio familiar?

Ezequiel me mira, pero para mi sorpresa, no lo hace asombrado, sino con una mirada que me dice que ha entendido todo demasiado rápido.

—Ah —dice despacio.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de abogado que ya sabe exactamente dónde va a explotar la bomba.

Ezequiel deja la carpeta sobre una mesa todavía sin montar.

—¿Qué le ha dicho exactamente la señorita Santos?

Y ahí es donde sé que estoy completamente jodido, porque ni siquiera intento fingir indiferencia.

—Quiere participar en el proyecto de Cañada Real.

Él no responde enseguida, pero tras tomarse su tiempo, dice:

—Eso cambia mucho las cosas.

Me apoyo contra una de las mesas soltando aire lentamente.

—¿Por qué?

Ezequiel me observa como si estuviera decidiendo cuánto puede decirme sin provocar algo más tocho.

—Porque las hijas en familias como esa suelen tener mucho dinero y muy poco poder real.

Vale, ahora todo encaja: las cenas, Fede, Ignacio, la perfección constante y la sensación de jaula.

Joder.

—Legalmente puede tener participaciones, acciones futuras, capacidad de voto o acceso societario dependiendo de cómo estén estructuradas las empresas familiares —continúa Ezequiel—. Pero una cosa es el poder legal y otra el poder efectivo.

—Tradúcelo.

—Traduzco, sí. Bien, si Genoveva decide moverse contra la estructura de su padre, necesitará prepararse para una guerra.

Silencio.

Escucho a Dani gritar algo sobre unas luces LED al fondo del local, un martillo cae y alguien suelta un improperio.

No obstante, todo eso queda lejísimos de golpe, porque lo único que consigo pensar es que ella podría perder muchísimo por esto, y yo jamás he querido algo así.

Nunca.

Yo solo quería…

Joder.

Ni siquiera sé ya qué quería.

—No la metas en esto si no estás seguro —dice Ezequiel más serio ahora.

Levanto la vista.

—¿Perdón?

—La conozco desde pequeña. Ignacio Santos puede ser muchas cosas, pero jamás dejará ir el control fácilmente.

Aprieto la mandíbula.

—No estoy obligándola a nada. Es más, ni siquiera le he pedido que colabore o algo así. Estoy tan sorprendido con su actitud como tú.

—Lo sé.

—¿Tú qué harías? —pregunto antes de pensar demasiado.

Ezequiel arquea apenas una ceja.

—¿Como abogado o como hombre?

—¿Hay diferencia?

—Muchísima.

Respiro hondo.

—Las dos.

Ezequiel guarda silencio unos segundos, pero luego dice:

—Como abogado le diría que se aleje de cualquier conflicto empresarial hasta entender exactamente dónde pisa.

—¿Y como hombre?

Y ahí casi sonríe un poco.

—Como hombre creo que usted ya está demasiado involucrado para echarse atrás.

Mierda, mierda absoluta, porque tiene razón.

El móvil vibra justo entonces dentro de mi bolsillo.

Veva.

Solo un mensaje: ¿Estás ocupado?

Sonrío antes incluso de abrir la conversación y Dani aparece justo detrás de mí en ese momento.

—OH, DIOS MÍO. LA SONRISA.

Voy a matarlo.

—¿Qué sonrisa?

—La de hombre que está a dos mensajes más de escribir poesía.

—Desaparece de mi vista.

Dani mira a Ezequiel horrorizado.

—¿Lo ve? Está perdido.

Ezequiel se ajusta la chaqueta tranquilamente.

—Sí. Bastante.