Millonario por castigo Chapter 32
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Chapter 32

Hay una diferencia enorme entre hacer el amor con alguien y dormir con él.

La primera tiene que ver con el deseo y la segunda da muchísimo miedo.

Yo ahora mismo estoy despertándome abrazada a Oliver Luque y mi cuerpo ha decidido, de manera completamente traidora, que este es exactamente el sitio donde quiere quedarse para siempre.

Abro los ojos despacio mientras la luz gris de la mañana entra a través de la cristalera de la habitación.

Fuera llueve, pero aquí dentro hace calor.

Oliver sigue dormido a mi lado, boca abajo, con un brazo rodeándome todavía la cintura y el pelo completamente despeinado.

Estamos desnudos, porque tras hacer el amor ninguno de los dos volvió a vestirse.

Como diría Maira, rodando los ojos hacia arriba: y repetimos, repetimos, repetimos…

Y Dios mío.

Debería existir una ley que prohibiera a los hombres verse así después de darte como cajón que no cierra durante toda una noche.

Esa expresión tampoco es mía, pero sí de Maira.

No recuerdo exactamente en qué momento nos quedamos dormidos.

Solo recuerdo sus manos, sus besos, la forma en la que me miraba con sus malditos ojos azules, como si yo también pudiera romperle, la lluvia golpeando los cristales y esa sensación completamente nueva de no querer salir corriendo después de acostarme con alguien.

Aunque con él siento que no me he acostado, es más bien ese concepto de “hacer el amor”. No sé cómo explicarlo, pero para mí no ha sido solamente sexo.

Siento que ha traspasado todas las capas de mi piel, mis músculos, las costillas, el esternón y, en una puñalada trapera, se ha colado dentro de este maldito órgano que late dentro de mí.

Por eso no quiero irme; quiero quedarme aquí, enredada entre las sábanas con la lluvia, la chimenea apagada y el hombre que me ha hecho sentir más cosas en apenas semanas que la mayoría de personas en toda mi vida.

Oliver se mueve apenas y abre los ojos lentamente: parpadea, me mira y sonríe.

Diosito Santo… menuda sonrisa.

—Buenos días, ¿por qué me miras así? —murmuro.

Tiene la voz rota de sueño cuando responde:

—Porque llevo cinco segundos despierto y ya estoy pensando estupideces.

No puedo evitar reírme.

—¿Qué clase de estupideces?

Me acerca un poco más a él automáticamente.

—Las que me van a destruir psicológicamente.

La risa se me escapa sola y entonces él me besa despacio.

Nada urgente ni salvaje, sino un beso de esos que ya parecen pertenecer a la rutina.

*

Horas más tarde terminamos dentro del jacuzzi exterior del hotel mientras la lluvia fina cae alrededor y el vapor sube lentamente sobre el agua caliente.

No obstante, antes de bajar, desayunamos como reyes, pues estamos hambrientos.

El desayuno es delicioso: café recién hecho, zumo de naranja natural, tostadas de masa madre, croissants calientes, fruta cortada, huevos benedictinos, una tabla pequeña de quesos y unos gofres con fresas que, según Oliver, eran necesarios para reponer fuerzas.

Estoy apoyada contra el pecho de Oliver con una copa de vino en la mano y sinceramente: si esto es una alucinación provocada por estrés emocional, no quiero recuperarme nunca, porque podría acostumbrarme a esta vida, porque lo que estoy sintiendo desde que he llegado aquí nada tiene que ver con mi rutina diaria.

Oliver aparta un mechón mojado de mi cuello y luego besa mi hombro lentamente.

—Sigues pensando demasiado —murmura.

Maldita sea, lo nota todo.

—No puedo evitarlo.

—¿Tu padre?

Asiento despacio.

Mi móvil está apoyado sobre una mesa cercana y lleva vibrando intermitentemente toda la mañana como si Ignacio Santos hubiera contratado a la CIA.

Suspirando, lo desbloqueo finalmente.

Papá: ¿Dónde estás?

Papá: Espero una explicación inmediatamente.

Papá: Federico está preocupado.

Perfecto.

Hasta sus mensajes parecen escritos con traje.

Oliver observa mi cara.

—¿Muy grave?

—Todavía no ha contratado un detective privado, así que creo que sigo dentro del margen legal de decepción filial.

Eso le hace reír por lo bajo y descubro que me encanta demasiado hacerlo reír.

Le respondo rápido a Papá: He necesitado desconectar. Estoy bien. Volveré esta tarde.

Y entonces él contesta: Me parece muy bien que hayas pasado la noche con Maira, pero deberías estar en casa para que podamos hablar sobre la locura que se te ha metido en la cabeza.

Ufff, contengo el impulso de llevarme la mano a la frente y limpiarme la gotita de sudor.

Supongo que debería darme las gracias a mí misma por haber sido siempre una niña buena, porque ahora no tengo ni que poner la excusa de estar con Maira, es lo que cree Papá sin yo siquiera decirle nada.

—Piensa que estoy con Maira, así que problema resuelto —murmuro, bloqueando de nuevo el móvil y dejándolo donde estaba.

Oliver sonríe.

—Muy madura la estrategia.

—Gracias.

Más tarde, tras hacer el amor un par de veces más, pedimos comida otra vez porque, al parecer, Oliver cree firmemente que alimentarme es un lenguaje del amor.

Y quizá tiene razón.

Esta vez pide: sushi variado, tartar de salmón, pan brioche caliente con mantequilla trufada, fresas cubiertas de chocolate y otra botella de vino.

—¿Qué pasa contigo y la comida para veinte personas? —pregunto riéndome.

Oliver se encoge de hombros.

—Tengo traumas.

Terminamos sentados sobre una manta junto a la cristalera mientras fuera sigue lloviendo y es entonces cuando aparece el pensamiento horrible: el de volver.

Porque volver significa Papá distante y frío, Fede demasiado correcto, las cenas, las normas y las miradas, mientras yo recuerdo cómo es dormir abrazada a Oliver Luque.

El problema es que ya no sé fingir normalidad.

—¿En qué piensas? —pregunta él.

Tardo un poco en responder, pero finalmente digo:

—En que no quiero volver.

El silencio entre nosotros cambia y se vuelve más serio.

Oliver deja también la copa sobre la mesa baja y me observa despacio.

—¿Tan mal estás allí? —pregunta.

Trago saliva.

Me ahogo , quiero decirle.

—Creo que empiezo a no saber quién soy cuando estoy en esa casa —digo en cambio.

Sus ojos no se apartan de mí ni un segundo y de pronto las palabras salen solas de mis labios:

—¿Qué tal es Ezequiel?

Parpadea.

—¿Perdón?

—Como abogado, asesor, consejero y todo eso.

Oliver frunce el ceño.

—Bastante bueno. ¿Por?

Doy vueltas al tallo de la copa entre los dedos.

—Porque necesito saber si tengo algún tipo de acceso como heredera legítima a las empresas de mi padre. O si tengo algún poder para empezar a trabajar y moverme por mi cuenta.

Oliver se queda completamente quieto, supongo que no se esperaba que le dijera algo así.

—¿Quieres que le corten los huevos a Ezequiel o que a tu padre le dé un ictus? Porque te aseguro que es eso lo que va a pasar.

No puedo evitar reírme un poco, pero luego vuelvo a ponerme seria.

—Quiero vivir mi vida, Oliver. Solamente eso. ¿Vas a ayudarme o no?

Y ahí ocurre algo extraño, porque él me mira como si acabara de entender que esto ya no va de escapadas, ni de motos, ni de besos robados, sino de mí misma intentando cambiar mi vida de verdad.

Oliver suspira lentamente, luego se acerca muy despacio y me acaricia la mejilla.

—Princesa… no tienes ni idea de las ganas que me están entrando de incendiar Madrid por ti.