Millonario por castigo Chapter 31
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Chapter 31

Prácticamente todo el mundo lo conoce como el hotel de la sierra, pero su nombre real es Bosque Alto y parece el tipo de sitio al que la gente viene para salvar matrimonios o cometer errores.

Prefiero estar en el primer equipo, la verdad.

Es de madera oscura, tiene cristaleras enormes y todas sus chimeneas encendidas en invierno.

También silencio por todo su alrededor, muchísimo silencio.

Está escondido entre montañas y árboles gigantes, lejos de Madrid y de cualquier cosa que huela a presión social, fotógrafos o Ignacio Santos.

Perfecto.

Exactamente lo que Veva necesita, y probablemente yo también.

Veva camina a mi lado mientras atravesamos el pasillo hacia la suite observándolo todo con esos ojos claros que últimamente me tienen completamente incapacitado para funcionar como una persona normal.

Lleva el pelo un poco despeinado por el casco y la sudadera gris enorme que le he dejado hace que parezca menos inaccesible, más real y peligrosa para mí.

La puerta de la suite se abre con un clic suave y entonces ella entra primero y yo dejo de respirar un segundo.

La habitación es todavía más bonita de lo que esperaba: paredes de piedra, luces tenues, una cama enorme frente a una cristalera con vistas al bosque y una chimenea moderna que ahora mismo está apagada junto a un sofá color crema.

Todo huele a madera, a lluvia de finales de abril, a hotel caro y a una noche que probablemente termine destruyéndome emocionalmente.

Veva deja la mochila de Prada sobre el sofá y gira despacio sobre sí misma mirando alrededor.

—Vale… —murmura—. Esto es absurdamente bonito.

No puedo evitar sonreír un poco.

—Necesitabas salir de Madrid.

Ella me mira y durante un segundo vuelve a aparecer esa tristeza rara en sus ojos.

Lo que me ha dicho sobre querer ayudarme con Cañada Real sigue dándome vueltas en la cabeza de una forma bastante poco sana.

No se trata de postureo ni rebeldía de niña rica aburrida, dudo mucho que se hubiera enfrentado a su padre si fuera así.

Lo decía completamente en serio, y eso me da miedo, vértigo y unas ganas terribles de besarla al mismo tiempo.

Pero ahora mismo no quiero pensar en Ignacio Santos, ni en guerras sociales, ni en lo muchísimo que podría salir mal esto.

Ahora mismo solo quiero hacer que se sienta bien.

—Voy a pedir comida antes de que te desmayes —digo dejando las llaves de la moto sobre la mesa.

Veva se deja caer sobre el sofá soltando aire.

—No me había dado cuenta de que tenía hambre hasta ahora.

Cojo el teléfono de la habitación y pido prácticamente todo lo que me parece que podría hacerla feliz: una tabla de ibéricos, otra de quesos, patatas trufadas, croquetas de jamón, tarta de queso caliente, fresas, una botella de vino y un coulant de chocolate que cuesta más que media compra de Vallecas.

Cuando cuelgo, ella me observa desde el sofá con una sonrisa pequeña.

—¿Qué?

—Nada —me dice poniendo morritos.

—Eso es mentira —le digo soltando una carcajada.

Se encoge un poco dentro de la sudadera.

—Es raro verte cuidar de alguien tan… naturalmente.

La frase me desarma más de lo que debería.

—¿Y quién dice que no llevo toda la vida haciéndolo?

Veva baja la mirada un segundo y cuando vuelve a posarla sobre mis pupilas tiene esa expresión suave que me pone completamente enfermo.

—Gracias por venir a por mí.

Sonrío y le guiño un ojo.

Es entonces cuando la lluvia empieza a golpear suavemente las cristaleras, haciendo este momento más privado, más íntimo y más nuestro y, sobretodo, perfecto para no parar de besarnos hasta que, veinte minutos más tarde, llaman a la puerta y el camarero entra empujando un carrito lleno de comida.

Veva abre muchísimo los ojos.

—Quieres cebarme, ¿no?

—Estoy compensando emocionalmente.

Eso le hace reír y, joder, nunca voy a cansarme de ese sonido.

Terminamos sentados en el suelo junto a la chimenea, descalzos, compartiendo las viandas y el vino mientras ella me cuenta historias absurdas de internados suizos y cenas insoportables con empresarios que hablan de arte contemporáneo como si acabaran de descubrir las emociones humanas.

Y yo le hablo de Vallecas, de mi madre, de Marisa, de Dani y de El Portal.

La conversación se vuelve más lenta y cercana conforme avanzan las horas, hasta que en un momento concreto deja de hablar y solo me mira.

Veva tiene las piernas dobladas debajo de ella, una copa de vino entre los dedos y la boca ligeramente hinchada de tanto morderse el labio esta tarde.

Y yo estoy intentando recordar cómo funciona respirar.

—Te has quedado callada —murmuro con la voz más grave de lo normal—. ¿Te estás aburriendo?

Ella deja la copa sobre la mesa baja sin apartar los ojos de mí.

—Nunca me aburro contigo.

Cambia su respiración al agitarse un poco, y me observa la boca sin parar.

Dios mío.

Se acerca un tanto y voy hacia ella antes incluso de decidir hacerlo.

Cuando nuestras bocas se encuentran otra vez… joder.

Ya no hay prisa, ni adrenalina, ni paredes de casinos, ni motos.

Solo ella y yo.

Sus dedos suben lentamente por mi cuello mientras la beso despacio sobre la alfombra frente a la chimenea.

Suspira, tiembla cuando me acerco más a ella y su cuerpo responde al mío como si llevara demasiado tiempo esperando.

Sus manos tiran suavemente de mi camiseta y me la saco por la cabeza mientras ella me mira con ese deseo y ese nerviosismo a partes iguales que me destroza completamente.

—No me mires así o voy a perder lo poco que me queda de cordura —murmuro.

Veva sonríe y me mira directamente a los ojos.

—Creo que yo ya la he perdido.

Y entonces vuelve a besarme y la llevo conmigo hasta la cama sin dejar de besarla, con la lluvia cayendo fuera mientras la habitación se llena de respiraciones entrecortadas, manos nerviosas y esa sensación peligrosa de que esto ya no tiene vuelta atrás.

Y quizá lo más aterrador de todo es que ninguno de los dos quiere volver.

No tardamos en despojarnos de nuestra ropa interior y me ocupo yo mismo de quitarle el sujetador.

Es entonces cuando descubro los pechos más perfectos que he visto en mi vida.

Pequeños, compactos y de pezones rosados y demasiado apetecibles.

Lamo delicadamente uno de ellos y Veva suelta un gemido.

Succiono, soplo y muerdo despacito y gime más fuerte.

—¿Te gusta esto?

—Me encanta —confiesa con la voz entrecortada.

—Eres perfecta, princesa —confieso.

—Oliver… —murmura contra mi boca.

La forma en la que dice mi nombre debería ser ilegal en varios países.

Mis manos bajan lentamente por su espalda hasta su cintura y ella se pega más a mí automáticamente.

Sin ningún tipo de miedo y sin ningún tipo de dudas.

Y eso me vuelve completamente loco.

La beso otra vez, de forma más profunda mientras mis dedos se deslizan entre sus piernas, acariciándole la piel caliente del interior de sus muslos.

Su respiración se agita de nuevo.

—Dime que pare—murmuro sobre sus labios.

Ella niega con la cabeza inmediatamente.

Esta vez no hay tensión contenida, ni interrupciones ni tampoco excusas.

Separo sus piernas suavemente y me coloco delante de ella.

Tengo todo su sexo para mí, por lo que no tardo en introducir mis dedos en su interior, notando cómo arquea la espalda cuando lo hago y apretando con mis labios su botoncito del placer al mismo tiempo.

Lamo, soplo y succiono su clítoris con todas mis ganas hasta notar cómo se moja alrededor de mis dedos.

—¿Cómo estás? —le pregunto.

—Es uno de los mejores momentos de mi vida —me dice, luego suspira de placer.

—Entonces déjame hacerte mía, Veva.