Millonario por castigo Chapter 30
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Chapter 30

La primera vez que me escapé con Oliver Luque pensé que estaba tomando una mala decisión y la segunda directamente asumí que mi dignidad había abandonado el chat, así que aquí estoy otra vez subida a su moto, con una sudadera suya prestada, una mochila improvisada, el corazón completamente fuera de control y una sensación peligrosísima creciendo dentro de mí cada vez que él acelera un poco más.

Subidos en esta bestia de dos ruedas, dejamos atrás mi casa, a mi padre, las expectativas y todo.

Y cuanto más nos alejamos, más ligera me siento.

El viento me golpea la cara y apoyo automáticamente la mejilla entre sus omóplatos mientras lo abrazo más fuerte.

Oliver lleva una mano hasta mis dedos apenas un segundo, porque es solamente un roce, pero suficiente para que algo me tiemble por dentro.

Creo que ha sido mi corazón, que está desarrollando una adicción química a este hombre.

—¿Muy grave lo de hoy? —pregunta después de un rato, cuando paramos en un semáforo.

Tardo un poco en responder; no es que no quiera hacerlo, es que no sé por dónde empezar.

—Creo que mi padre sospecha algo, dice que se ha dado cuenta de cómo te miro. Te odia el doble.

Oliver suelta una risa breve, la noto vibrar debajo de mí.

—Eso lleva pasando desde que sabe que existo. Lo de odiarme, digo.

—No, hablo en serio.

—Yo también.

Y el tono en el que lo dice me aprieta algo dentro del pecho, porque suena igual que alguien que está acostumbrado a que lo juzguen antes siquiera de abrir la boca.

Bajo la mirada hacia sus manos sobre el manillar, las mismas que me hicieron temblar contra una pared hace menos de veinticuatro horas.

Fuertes, grandes y seguras.

Justo de igual manera a cómo me hace sentir cuando estamos juntos.

—Le he dicho que quiero ayudarte con el proyecto —confieso finalmente y observo cómo se queda quieto un segundo, con la espalda tensa.

—¿Qué?

—Y no se lo ha tomado especialmente bien.

Oliver tarda en responder.

—Princesa…

—No me arrepiento, si es eso lo que estás pensando…

La frase sale demasiado rápido y demasiado sincera también, y creo que él lo nota porque su respiración cambia.

—No quiero que te pelees con tu padre por mi culpa.

Él piensa que así va a disuadirme, pero esa frase hace exactamente lo contrario de lo que debería: me gusta todavía más.

—No ha sido solo por ti.

—¿Ah, no?

—No.

Aprieto un poco más los brazos alrededor de su cintura.

—Ha sido porque contigo me estoy dando cuenta de cosas.

No responde enseguida, y el silencio entre nosotros empieza a sentirse íntimo de una forma peligrosísima.

—¿Qué cosas? —pregunta al final.

Trago saliva.

—Que llevo demasiado tiempo viviendo la vida que otra gente esperaba de mí, por ejemplo. Y me da miedo.

Oliver no dice nada, pero no necesito mirarlo para saber que me está escuchando de verdad, porque siempre lo hace.

—El miedo no siempre es malo.

—¿Y si lo es?

—Entonces normalmente significa que estás haciendo algo importante.

Dios mío.

¿Este hombre viene con frases demoledoras de fábrica o qué le pasa?

El semáforo se pone en verde y después de unos minutos, la carretera empieza a llenarse de curvas y árboles mientras dejamos atrás la ciudad, para dejar cabida al silencio y a la paz.

El hotel aparece unos veinte minutos después y lo primero que pienso cuando lo veo es que me parece pequeño, pero elegante.

Está escondido entre montañas y árboles enormes, y ya me imagino cómo la fachada de piedra se iluminará al anochecer con luces cálidas.

Oliver se baja primero de la moto y luego me ayuda a quitarme el casco.

Cuando nuestras miradas se cruzan noto otra vez esa electricidad absurda entre nosotros, como si estuviéramos huyendo juntos.

—¿Dónde estamos? —pregunto mirando alrededor.

—En un sitio donde puedes respirar.

Sonrío y entramos al hotel, donde automáticamente noto las miradas hacia Oliver.

La recepcionista lo reconoce, claro que lo reconoce.

Todo Madrid reconoce ya a Oliver Luque.

Pero entonces él hace algo muchísimo peor para mi estabilidad emocional: pone una mano en mi espalda mientras caminamos hacia recepción.

Un simple gesto natural, protector e íntimo, pero que me deja claro que está donde quiere estar.

La chica de recepción intenta disimular mientras nos entrega la llave electrónica, pero lo cierto es que fracasa muchísimo.

—Suite 304 —dice con una sonrisa nerviosa.

Oliver asiente.

—Gracias.

Y luego nos guía hacia el ascensor, nos metemos en él y las puertas se cierran.

Oliver se apoya contra la pared del ascensor observándome despacio.

—¿Qué? —pregunto nerviosa.

Sonríe.

—Nada.

—Eso es mentira.

—Estoy pensando.

Vaya, vaya.

Oliver Luque pensando mientras me mira suele acabar fatal para mi ropa interior.

El ascensor sigue subiendo lentamente y entonces él da un paso hacia mí.

Solo uno.

Pero suficiente para que mi respiración cambie inmediatamente.

—Ven aquí.

La forma en la que lo dice debería ser ilegal.

Me acerco despacio y sus manos acaban automáticamente en mi cintura, calientes, firmes y peligrosísimas.

—Llevas todo el día aguantando sola, ¿verdad? —pregunta bajito.

Y ahí está el problema: que conmigo nadie suele notar esas cosas.

Pero él sí.

Bajo la mirada un segundo y luego asiento con la cabeza.

Oliver me observa como si acabara de confesarle algo importante.

Luego sus dedos suben despacio por mi espalda.

—Pues esta noche no tienes que ser fuerte para nadie, princesa.

Y el corazón directamente se me rompe un poco.