Millonario por castigo Chapter 29
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Chapter 29

El Portal está avanzando y me siento dichoso por ello.

He contratado la cuadrilla más grande que he visto, necesito que esto esté listo lo antes posible para empezar a generar mi propio dinero.

—Te estoy diciendo que las luces rojas dan vibra de prostíbulo elegante —protesta Sergio desde una escalera mientras señala uno de los focos del techo.

Dani levanta la cabeza desde el suelo, lleno de manchas de pintura negra hasta las cejas.

—Eso es exactamente lo que queremos.

—No, queremos misterio.

—El misterio también folla, Sergio.

Paso por su lado ignorándolos mientras reviso unos papeles sobre la barra todavía sin terminar.

Llevo desde que me he levantado intentando no pensar en Genoveva Santos y mi cerebro ha decidido reírse en mi puta cara.

Otra vez.

Porque todo me recuerda a ella y a ese dichoso vestido: el rojo de una botella de vino, una canción lenta, un maldito pintalabios olvidado en un bolso, hasta el olor del cuero de una chaqueta.

Ridículo.

Absolutamente ridículo.

—Hermano, ¿me estás escuchando? —pregunta Dani.

—No.

—Perfecto, entonces apruebas lo de la barra luminosa.

—Ni de coña.

Sergio se ríe desde arriba.

—Está distraído pensando en La Emperatriz.

Maldita la hora en la que les dije cómo la llama Marisa.

No respondo y el silencio me delata muchísimo más rápido.

—HOSTIA —grita Dani incorporándose del suelo—. Mira esa cara. Este hombre está enamorado como una señora divorciada viendo “Bridget Jones”.

—No estoy enamorado.

—Claro —dice Sergio—. Y yo soy humilde.

Voy a responder alguna barbaridad cuando el móvil vibra dentro de mi bolsillo y algo dentro de mí se activa antes incluso de mirar la pantalla.

Genoveva.

El corazón me da un golpe completamente innecesario.

Descuelgo inmediatamente mientras salgo hacia la calle para no escuchar a estos dos imbéciles ladrando detrás de mí.

—Ey, preciosa.

No responde, encuentro un silencio bastante tenso al otro lado de la línea, hasta que dice:

—Tengo un problema.

Y toda la sangre de mi cuerpo cambia de dirección, porque su voz no suena dulce, divertida o tímida.

Al menos a eso es a lo que me tiene acostumbrado, pero en esta ocasión suena quebradiza.

Mierda.

Me apoyo contra la pared exterior del local mientras el ruido de dentro queda amortiguado.

—¿Dónde estás?

Escucho cómo toma aire al otro lado.

—En casa, recogiendo mis cosas mientras intento pensar.

El que está intentando pensar a toda velocidad, discerniendo qué puede haber pasado, soy yo, porque Veva diciendo “tengo un problema”, solo puede significar una cosa: Ignacio Santos.

Cierro los ojos un segundo intentando mantener la calma.

—¿Qué ha pasado?

Ella tarda en responder y ese silencio me pone violentísimo por dentro.

—He discutido con mi padre.

Ah, joder.

—¿Estás bien? —pregunto preocupado, porque debe haber sido algo fuerte si me está llamando.

Se ríe un poco, pero no es real, es como si estuviera intentando no llorar.

Maldita sea, eso sí que no.

—No quiero estar aquí esta noche. Bueno, no quiero estar aquí desde ya, si es posible.

La frase me destroza de una forma bastante poco elegante, porque no me está llamando para coquetear, ni tontear, ni siquiera para besarme.

Necesita salir de ahí.

Miro hacia dentro del local y luego hacia la calle vacía y en este momento entiendo algo peligrosísimo: haría cualquier cosa que me pidiera esta chica.

Cualquier cosa.

—Dame veinte minutos —digo ya moviéndome hacia la moto.

—¿Lo dices de verdad?

—Ve preparando una mochila o algo, princesa.

—¿Dónde vamos?

Sonrío mientras me muerdo el labio, esta tía me va a volver loco.

—A un sitio donde nadie vaya a decirte lo que tienes que hacer. Te espero donde siempre.

Y cuelgo antes de escucharme sonar demasiado jodido emocionalmente.

Cuando vuelvo a entrar en El Portal, Dani y Sergio levantan la cabeza al mismo tiempo.

—¿Qué cara es esa? —pregunta Sergio inmediatamente.

—La de “voy a cometer delitos románticos” —responde Dani por mí.

Cojo las llaves de la moto y la chaqueta.

—Me voy.

Dani abre muchísimo los ojos.

—NO. No, no, no. Espera. ¿Eso era La Emperatriz?

No respondo y los dos empiezan a gritar como chimpancés drogados.

—¡DIOS MÍO! —chilla Sergio bajándose de la escalera—. ¡SE LO HA LLEVADO EL AMOR!

—¿Vas a follar? —pregunta Dani directamente.

—Voy a mataros.

—ESO ES UN SÍ.

Ignoro sus voces mientras saco el móvil y llamo a un número.

Tres tonos.

—¿Sí?

—Necesito una suite para ya.

—¿Oliver? Son las doce de la mañana.

—Ya, Ezequiel. ¿Puedes conseguirla o no?

Escucho teclas sonar.

—Hay una libre en el hotel de la sierra —dice Ezequiel.

Perfecto.

El hotel de la sierra es pequeño, bonito e íntimo y está lejos de Madrid, por lo que eso implica que Ignacio Santos no podrá ni olernos.

Lo sé porque me salió hace poco en un reel de Instagram, justo la noche en la que le prometí a Veva que le demostraría que no estaba rota.

—Me la quedo.

—Espero que no sea lo que estoy pensando —rezonga Ezequiel—. ¿Vas con una chica?

Miro hacia dentro del local donde Dani está haciendo gestos obscenos simulando un coito.

Lo siento, es que es gilipollas.

—Voy con un problema —respondo antes de colgar.

Pero mientras me subo a la moto entiendo otra cosa muchísimo peor: la mentira ya ni siquiera me sale convincente.