Millonario por castigo Chapter 28
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Chapter 28

Maira está orgullosa de mí, lo sé porque me lo ha dicho.

¡Qué orgullosa estoy de ti, lo juro por Dior! Celebro que tu almeja se haya liberado, ¡por fin! , fueron sus palabras textuales cuando le conté lo que pasó en el casino ayer por la noche.

Pues estupendo.

Yo también estoy orgullosa de mí, y no pienso negar que no me arrepiento ni un poquito.

No sé cuáles son los planes que el destino tiene para mí, pero desde que Oliver Luque apareció en nuestra élite, mi vida ya no es la misma.

Y yo tampoco.

No sé qué es lo que siento exactamente por él, pero lo que sí sé es que no quiero que se acabe nunca.

Por primera vez me relaciono con un hombre que tiene en cuenta lo que necesito, lo que pienso, lo que digo y, sobre todo, lo que quiero.

He soñado con él, claro.

Y con su boca.

Y con sus habilidosos dedos.

Y lo hago también despierta recordando cómo me renovó la energía vital provocándome ese orgasmo con la espalda apoyada en aquella pared.

Recomiendo la experiencia.

No obstante, mi padre tiene una capacidad absolutamente fascinante para convertir cualquier desayuno en una junta directiva hostil.

Y eso que hoy ni siquiera ha empezado hablando de trabajo.

—Federico preguntó ayer por ti unas cuantas veces. Hubo momentos en los que no te vimos. ¿Se puede saber dónde te metiste?

Levanto la vista lentamente de la taza de café mientras Papá dobla el periódico con esa elegancia suya de hombre que probablemente hasta amenaza a la gente con buena postura.

Estamos en el comedor principal.

—Qué detalle por su parte —murmuro.

Papá me observa por encima de las gafas.

—No hace falta que uses ese tono.

—¿Qué tono?

—Ese en el que parece que todo te molesta últimamente.

La frase me atraviesa un poco más de lo esperado porque, desgraciadamente, tiene razón.

Todo me molesta últimamente, si en ese “todo” entran las cenas, las sonrisas falsas, las conversaciones vacías, Fede, el club de Antonio que ya está fiambre, los silencios y la sensación constante de estar interpretando una versión de mí misma que ya no sé sostener.

—Estoy cansada, nada más.

Papá deja el periódico sobre la mesa.

—No pareces cansada, pareces distraída.

Bebo café intentando parecer una persona inocente y emocionalmente estable.

—Y llevas días rara—añade.

“Rara.”

Me encanta esa palabra, es la favorita de la gente cuando una mujer deja de comportarse exactamente como esperan.

Esa y… ¿cómo era la otra?

¡Ah! Histérica.

JEJEJE.

—A lo mejor simplemente estoy cambiando.

Papá se queda quieto un segundo.

—¿Y ese cambio incluye desaparecer durante eventos importantes y pasar demasiado tiempo cerca de Oliver Luque?

Aprieto la taza entre las manos.

—¿Me espías? —pregunto casi atragantada.

—Así que los rumores son ciertos.

—¿Qué rumores?

—Eso no te incumbe.

—¡Claro que no! Si es por ti, nada me incumbe que tenga que ver con nuestro patrimonio o nuestra familia, porque no tengo ningún poder de elección. Además, no sé qué problema tienes exactamente con él.

Papá suelta una risa seca.

—¿Perdón?

—Lo que oyes.

Me observa en silencio unos segundos y noto perfectamente cómo empieza a tensarse el aire alrededor de nosotros.

Toda la vida he evitado discutir con él.

Toda.

Porque enfrentarse a Ignacio Santos es agotador.

Tiene esa forma de mirarte que hace que parezca que decepcionarlo debería darte vergüenza ajena.

Pero hoy… ¡hoy estoy reventando!

—Genoveva —dice más despacio—, Oliver Luque no pertenece a este entorno.

Y algo dentro de mí hace crack , porque ya no puedo escuchar esa frase sin enfadarme.

No pertenece.

No encaja.

No es adecuado.

No es correcto.

Y BLA, BLA y BLA.

Estoy harta.

—Pues quizá el problema sea el entorno —respondo antes de pensarlo demasiado.

Mi padre entrecierra los ojos.

—¿Qué te está pasando exactamente?

Yo también me hago esa pregunta constantemente últimamente.

¿Qué me pasa?

¿Qué me ha hecho Oliver?

¿Por qué me siento distinta?

¿Por qué ahora esta casa parece más pequeña?

¿Por qué Fede me da ansiedad?

¿Por qué ya no quiero seguir fingiendo que todo esto me gusta?

—¿Sabes qué creo que pasa? —digo bajando lentamente la taza—. Que estoy cansada de que todo el mundo decida constantemente qué es lo correcto para mí.

Papá me mira como si acabara de hablar en otro idioma.

—Nadie decide por ti.

No puedo evitar soltar una risa incrédula.

—Papá, literalmente lleváis años organizando mi vida como si fuera un Excel.

—Eso no es justo.

—¿No? Entonces explícame por qué parece que mi futuro ya estuviera decidido antes incluso de preguntarme qué quiero.

Su mandíbula se tensa.

—Federico es un hombre estable, preparado y…

—Y perfecto para este mundo —lo interrumpo—. Ya lo sé. Llevo escuchándolo toda mi vida.

—Porque es verdad.

—¿Alguien me ha preguntado si quiero esta vida? ¿Si quiero a Fede? ¡No me he besado con él jamás! ¿Eso no te da pistas?

Papá niega con la cabeza.

—No sabes lo que estás diciendo

—Sí lo sé.

—No. Lo que ocurre es que estás confundida por alguien que representa exactamente todo lo contrario a lo que te hemos enseñado. Y la novedad siempre sorprende.

—¿Sabes qué es lo que te molesta? —pregunto sintiendo cómo me late el corazón demasiado rápido—. Que Oliver es muchísimo más honesto que la mayoría de hombres que conozco en este ambiente.

Papá se inclina hacia delante despacio.

—No tienes ni idea de quién es Oliver Luque.

Ahí sí me enfado de verdad, porque quizá no sé todo sobre él, pero sí sé cómo me mira, cómo me escucha y cómo me hace sentir.

Y eso ya es más real que muchísimas cosas de mi vida.

—Sé que quiere ayudar a gente a la que nadie mira dos veces y eso me parece muy honesto y desinteresado por su parte.

Papá suelta una risa sin humor.

—¿Ahora también vas a defender su circo de la Cañada Real?

—No es un circo.

—Es populismo emocional financiado con el dinero de Antonio.

—No. —Niego inmediatamente—. Es alguien intentando hacer algo bueno con lo que tiene.

Mi padre me observa como si acabara de descubrir una grieta enorme en algo que creía perfectamente construido.

Y quizá eso es exactamente lo que está pasando.

—He visto cómo lo miras.

Bajo la vista apenas un segundo.

Error.

—Genoveva…

—Quiero apoyar su proyecto.

—¡Te has vuelto loca! —exclama Papá, para mi sorpresa.

—¡Me gusta ese proyecto! ¿También me lo vas a prohibir?

Papá da un golpe en la mesa y hace que dé un respingo.

—¡¿Qué va a pensar Federico de ti?! Por el amor de Dios…

—Estoy harta —lo interrumpo de golpe. Y ahora sí, exploto—. Harta de Fede, harta de las cenas, harta de que todo tenga que parecer correcto todo el tiempo. Harta de sentir que si hago algo distinto decepciono a medio mundo.

Mi respiración tiembla un poco.

Odio discutir así y sentirme una niña pequeña delante de él, pero ya no puedo parar.

—Y sí —añado más bajo—. Quiero participar en el proyecto de Cañada Real.

Papá abre los ojos despacio.

—Ni hablar.

—Te guste o no, voy a hacerlo.

—Genoveva Santos no necesita mezclarse en ese espectáculo.

Y es ahí donde algo cambia definitivamente dentro de mí, porque no siento ganas de retroceder.

—Quizá Genoveva Santos sí quiera hacerlo.

Mi padre me mira como si no terminara de reconocerme y quizá tiene sentido, porque yo tampoco termino de reconocerme desde que Oliver apareció con una moto, una sonrisa peligrosa y la capacidad absurda de hacerme sentir viva.

Papá se levanta lentamente de la silla y aprovecho este silencio para hacer lo mismo.

—Ese chico va a destruirte.

—Eso es responsabilidad mía.

—No te quiero cerca de él, eres una Santos.

—Entonces tendré que dejar de serlo si eso implica no tener criterio propio ni poder de decisión.

Mi padre enfurece, lo sé por cómo me mira con las pupilas inflamadas de ira.

—¡Desaparece de mi vista, maldita desagradecida!

Ahogo un sollozo, pero no me permito llorar delante de él.

No me queda otra opción que marcharme a mi habitación con la idea en la cabeza de salir de aquí.