Millonario por castigo Chapter 27
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Chapter 27

Tres días más tarde

Hay dos tipos de infierno.

El primero es bastante evidente: fuego, sufrimiento eterno y seguramente música de ascensor sonando en bucle.

El segundo consiste en acudir a una subasta solidaria organizada en el Casino de Madrid sabiendo que Genoveva Santos está dentro con un vestido que probablemente debería considerarse arma blanca.

Y aquí estoy.

En el segundo.

Por no hablar de que SosoKen no se despega de ella así lo maten.

—¿Por qué tienes cara de querer pegarle a alguien con una copa de champán? —pregunta Sergio mientras se ajusta el cuello de la camisa.

—Porque llevo cuarenta minutos escuchando hablar de “sinergias empresariales” y estoy empezando a considerar el crimen como salida profesional.

Sergio se ríe y observo cómo no se le mueve ni un pelo de su cabello rubio peinado hacia atrás y perfectamente engominado.

—Mentira. Tienes esa cara porque ha venido la hija de Santos con lapa incorporada.

Hostia.

Odio muchísimo que la llame así y, al mismo tiempo, quizá me gusta demasiado.

Gente sonriendo con más dientes que emociones reales pasa por nuestro lado.

Los odio, pero en medio de todo eso está ella, acompañando a su padre y a SosoKen mientras hablan con un grupo de hombres trajeados.

Lleva un vestido rojo, largo y elegante, que hace juego con el color de su labial y se le pega al cuerpo de una forma completamente obscena para la estabilidad emocional masculina.

Tiene el pelo recogido, unos pendientes pequeños y esa postura tranquila suya que parece decir: “Sí, pertenezco aquí. Pero tampoco me impresionáis demasiado.”

Joder.

No debería mirarla tanto, pero es que Genoveva Santos no se mira, más bien se contempla como las tormentas.

—Escucha —dice Sergio despacio—, como sigas observándola así, vas a incendiarle el vestido con la mente.

—Cállate.

—Yo solo te aviso.

Le doy un empujón en el hombro antes de coger una copa de whisky de una bandeja.

Error.

Porque justo entonces ella levanta la vista, me encuentra y el mundo hace una cosa rarísima: una especie de pausa incómoda donde todo sigue moviéndose, pero yo solo noto sus ojos encima de mí.

Veva tarda apenas un segundo en sonreír y yo ya estoy completamente jodido.

Sergio mira alternativamente entre nosotros.

—Dios mío, parecéis dos personas a punto de cometer adulterio en una serie de época.

—Voy a dejar de acompañarte a sitios.

—Mentira. Me necesitas para sobrevivir en este mundo.

Lo peor es que quizá tiene razón.

Ignacio aparece junto a ella diciendo algo que no alcanzo a escuchar.

Veva asiente, correcta, elegante y perfecta, pero entonces hace algo muchísimo peor: mientras su padre sigue hablando con otros socios, ella vuelve a mirarme y esta vez se humedece apenas el labio inferior.

Hostia.

Hostia, hostia y hostia.

Eso no puede ser legal.

—¿Acaba de coquetear contigo delante de su padre? —pregunta Sergio completamente horrorizado—. Porque si es así, me arrodillo ante esa mujer.

No respondo.

Porque en este momento Veva se separa del grupo lentamente y empieza a caminar hacia el pasillo lateral, sin mirar atrás y sin decir nada, pero obviamente dejando claro que quiere que la siga.

¿Perdón?

Por supuesto, voy detrás de ella inmediatamente.

La alcanzo cerca de una de las galerías laterales, justo donde el ruido elegante del salón principal llega amortiguado entre columnas de mármol, lámparas doradas y cuadros antiguos que probablemente cuestan más que mi moto.

Aquí las luces son más bajas, más cálidas y apenas pasa gente más allá de algún camarero cargando copas de champagne y señoras cubiertas de joyas fingiendo no cotillear.

Ella se gira al escuchar mis pasos.

—Hola —dice bajito.

Y la palabra me golpea directamente en el pecho.

—Hola.

Silencio.

Joder.

La miro de arriba abajo sin disimular.

Ella suelta una risa pequeña y mi adicción a ella se vuelve intensa.

—No sabía si ibas a venir esta noche. ¿El Portal te ha dado tregua? —dice.

—Yo tampoco sabía si iba a sobrevivir viéndote así.

Sus mejillas se encienden.

Mierda.

Me encanta provocarle eso.

Da un paso hacia mí y rodea mi cuello con sus brazos.

—Oliver…

—No digas mi nombre así.

—¿Así cómo?

—Como si quisieras meterme en problemas.

Ella sonríe despacio.

—¿Y si quiero?

Joder.

JODER.

Me acerco automáticamente hasta dejarla entre la pared y mi cuerpo.

No llego a tocarla del todo todavía, pero noto cómo su respiración cambia y eso me destruye la poca dignidad que me queda.

—Siento lo que pasó el otro día —me dice mirándome directamente a los ojos.

—No pasó nada por lo que tengas que disculparte, créeme.

—Pero desde ese momento no hemos vuelto a vernos, te echaba de menos.

—¿Ya no?

—¡Claro que sí! —exclama con esa voz angelical que a cada momento que pasa, amenaza más con volverme loco.

—Princesa… —murmuro bajando la voz—, llevas toda la noche mirándome como si quisieras hacer algo muy poco apropiado en un evento benéfico.

—¿Has visto lo guapo que estás? Me moría por besarte, Oliver Luque…

—¿Ah, sí?

Asiente despacio.

—En cuanto te he visto entrar.

Mi mano acaba en su cintura sin permiso de mi cerebro.

Caliente.

Suave.

Perfecta.

Veva contiene el aliento.

—Oliver…

—Dime que pare.

La frase sale sola otra vez y ella vuelve a hacer exactamente lo peor posible: negar despacio con la cabeza.

Hostia.

—Necesito que me hagas sentir viva —me susurra en el oído—. Porque creo que he estado muerta hasta que apareciste tú.

Le beso el cuello primero.

Porque si voy directamente a su boca creo que pierdo completamente el control.

Y cuando noto cómo sus dedos se agarran a mi americana, sé que ella también está empezando a perderlo.

—Madre mía… —susurra.

El sonido me atraviesa entero, así que subo lentamente hasta su mandíbula, rozando apenas la piel con la boca mientras mi mano aprieta un poco esta vez su perfecto culo.

—¿Sabes lo difícil que ha sido no ir a buscarte durante estos tres días? —murmuro.

Ella abre los ojos despacio.

—¿Sí?

—He estado a punto de volverme completamente imbécil.

Veva sonríe y luego siento sus dedos sobre la miel de mi abdomen, bajo la camisa.

—Bésame —le suplico.

Cuando lo hace ya no hay cuidado, ni distancia, ni tampoco una sola intención racional sobreviviendo.

Su boca encaja con la mía como si llevara toda la vida enfadada por no estar ahí.

La agarro más fuerte del trasero, pegándola a mi erección, y ella suelta un gemido tembloroso que me pone completamente enfermo.

Joder.

La deseo muchísimo.

Demasiado.

Mi mano derecha repta unos centímetros por su vientre y Veva se pega a mí automáticamente.

Me separo apenas lo justo para respirar.

Error.

Porque verla así después de besarla es todavía peor:

labios hinchados, ojos brillantes, respiración agitada y esa expresión de mujer que ya no sabe cómo fingir indiferencia.

—Creo que deberíamos volver antes de que alguien nos vea —susurra.

—Creo que me da exactamente igual.

Y lo peor es que hablo completamente en serio.

Ella sonríe y yo bajo mi mano más abajo.

Ella cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás, dejándola caer sobre la pared en la que tiene apoyada la espalda.

Subo una de sus piernas con mi mano izquierda y la coloco en mi cintura, luego palpo su sexo por encima de la ropa interior con mi mano derecha.

—Estás empapada…

Me mira, se muerde el labio, mi polla da un vuelco y solo puedo entrar y salir de ella con mis dedos, empapándome de su excitación y escuchando sus jadeos en mi oído.

Con mi pulgar hago circulitos sobre su clítoris de forma lentamente placentera.

Lo sé por cómo su respiración se agita cada vez más y no puede evitar elevar el tono de voz.

—No pares, por favor —me suplica.

—Nunca lo haré —le digo.

No tarda en correrse sobre mis dedos.

Le prometí que le demostraría que es capaz de sentir todo lo que quisiera.

Y lo he cumplido.

Cuando abre los ojos y me mira de nuevo, lo hace como si yo también pudiera convertirme en su lugar favorito del mundo.

El mío tengo claro que es donde pueda acariciar cada centímetro de su piel.