Chapter 26 #2
Me inclino sobre ella, deseando con todo mi ser comerle la boca, lo suficiente para que los dos sepamos que quiero hacerlo y recordemos que ya sé cómo sabe.
—Me moría por verte, pero no podía escaparme…
—Dime que pare —susurro.
Su respiración cambia y entonces se oye una puerta abrirse al fondo del pasillo.
—Te recojo esta noche. Sin excusas.
Es Ignacio, así que nos separamos.
Bueno, nos separamos lo justo para no provocar una guerra nuclear.
Ignacio se queda quieto al vernos y su mirada baja a mi mano, todavía demasiado cerca de la cintura de su hija.
Luego sube a mis ojos y me reta con sus pupilas.
Genoveva da un paso atrás, pero no parece arrepentida.
Eso es lo peor.
O lo mejor, según se mire.
Ignacio aprieta la mandíbula.
—Genoveva.
Ella levanta la barbilla.
—Papá.
—Nos vamos —dictamina Santos.
Yo sonrío.
Esto no ha hecho más que empezar.
30 Veva
Escaparse de tu propia casa para tener un rato a solas con el chico más nombrado del momento debería parecer menos ridículo de lo que parece.
Y, sin embargo, aquí estoy: descalza, agachada detrás de una planta enorme del jardín, sosteniendo los tacones en una mano y cuestionando seriamente todas mis decisiones vitales.
El móvil vibra y leo su mensaje: Estoy al final de la calle. Y te juro que si apareces otra vez vestida como para entregar un Óscar, me doy la vuelta.
No puedo evitar sonreír, verás cuando vea los tacones.
Tampoco son tan altos, son unas cuñas preciosas.
Fatal.
Estoy fatal.
Cruzo el jardín intentando no hacer ruido y salgo por la puerta lateral justo cuando escucho voces dentro de casa.
Perfecto.
Casi muerte cardíaca gratuita.
Camino deprisa hasta el final de la calle y entonces lo veo.
Para sorpresa de nadie, está apoyado sobre la moto con una sudadera negra y las manos en los bolsillos, observando alrededor con esa expresión tranquila que últimamente me altera el sistema nervioso muchísimo más de lo razonable.
Levanta la vista al verme.
—Menos mal —dice cuando llego hasta él.
—Estoy desarrollando habilidades que ni yo sabía que existían con eso de bajar por los canalones y esas cosas.
—Estoy muy orgulloso de ti, princesa.
Pongo los ojos en blanco intentando ignorar el calorcito que me embriaga cada vez que me llama así.
Oliver me mira un segundo más.
—Vale. Confirmado.
—¿Qué?
—Te gusta escaparte conmigo.
Abro la boca, la cierro y no digo ni mu, porque tiene más razón que un santo, aunque de santo no tenga nada.
—No te pongas insoportable.
—Llegas tarde. Llevo así toda mi vida.
No puedo evitar reírme.
Me pongo el casco y me subo detrás de él mientras el corazón me late raro, rápido y peligrosamente feliz.
—¿Vas a llevarme a otra carrera ilegal? —pregunto agarrándome a su cintura.
Oliver arranca la moto.
—No. Hoy tengo otro plan.
El tono en el que lo dice me da más miedo del que debería, aunque también me muero de curiosidad.
Muy mala combinación.
Madrid se mueve rápido a nuestro alrededor mientras avanzamos por calles cada vez más vacías.
Esta vez no vamos hacia la zona industrial, ni tampoco hacia su local o alguna zona llena de ruido.
Cuando finalmente se detiene, levanto la vista sorprendida, pues estamos frente a un mirador enorme sobre la ciudad.
Luces abajo, oscuridad arriba y silencio.
Bueno, eso es relativo, porque mi corazón está haciendo cosas rarísimas.
—¿Qué hacemos aquí? —pregunto bajándome de la moto.
Oliver se quita el casco lentamente.
—Estar juntos.
Parpadeo.
—Eso ha sonado peligrosísimo.
—Lo es.
El viento mueve un poco mi pelo mientras miro alrededor.
Hay un banco algo apartado, un par de motos aparcadas más lejos y Madrid extendiéndose iluminada frente a nosotros como si la ciudad también estuviera despierta.
Oliver se sienta sobre el respaldo del banco y me mira.
—¿Qué? —pregunto ya nerviosa.
—Nada.
—Oliver.
Sonríe.
—Todavía no me acostumbro a verte aquí.
—¿Aquí dónde?
—Conmigo.
Me acerco despacio hasta quedar frente a él.
—Pues acostúmbrate.
Durante un segundo deja de parecer el hombre que entra en reuniones dispuesto a incendiar medio consejo de administración, ahora solo parece él: Oliver.
Me apoyo a su lado mirando Madrid delante de nosotros.
—Lo de Cañada Real va en serio, ¿verdad? Mi padre está que trina con eso, lo he escuchado hablar por teléfono—pregunto más bajo esta vez.
Oliver deja de sonreír.
Asiente.
—Sí.
No dice mucho más, tampoco necesita hacerlo.
Me giro un poco hacia él.
—¿Por qué?
Oliver tarda unos segundos en responder.
Mira la ciudad, luego sus manos y luego a mí.
—Porque sé lo que es crecer viendo cómo otra gente decide cuánto vale tu vida dependiendo de dónde vienes.
El aire parece cambiar entre nosotros. No hay ironía en sus palabras, tampoco sarcasmo, solamente verdad, y eso siempre me deja un poco sin defensas con él.
Yo vengo de ese bando del que habla y de algún modo me siento aludida.
—No quiero que la gente tenga que sentirse pequeña para sobrevivir —añade—. Ni invisible.
Trago saliva.
De repente entiendo algo que quizá no había querido entender del todo hasta ahora: Oliver no está haciendo esto para provocar a mi padre, sino porque le importa de verdad.
—Te ayudaré —digo antes de pensar demasiado.
Él frunce ligeramente el ceño.
—¿Qué?
—Con el proyecto.
—Genoveva…
—Voy en serio.
Me observa unos segundos.
—¿Tu padre sabe que acabas de ofrecerte a colaborar con el hombre al que quiere estrangular?
—Mi padre no necesita más motivos para enfadarse conmigo últimamente.
Oliver suelta una risa breve y luego me mira otra vez.
—No sabes lo mucho que me gustas cuando haces eso.
El corazón me da un golpe completamente innecesario.
—¿Hacer qué?
—Elegirte a ti.
Mierda.
Mierda, mierda y más mierda.
Nadie me ha dicho algo así nunca, y de repente siento algo peligrosísimo en el pecho, no sé qué es, pero me gusta la sensación.
¿Es esto lo que se siente cuando te roza el amor, por muy loco que parezca?
Oliver se acerca un poco más, luego otro poco y sus dedos acaban rozando mi cintura despacio y suben por mi espalda.
Es entonces cuando mi cuerpo entero reacciona como si alguien hubiera encendido algo debajo de mi piel.
Me besa de forma lenta, mucho más lenta que la primera vez, y resulta muchísimo peor para mi estabilidad emocional.
Ahora sí noto todo: su respiración, sus manos, la forma en la que me acerca más a él, cómo mi cuerpo responde automáticamente.
Dios mío.
Mis manos suben hasta su cuello mientras el beso se vuelve más profundo y caliente.
Me aprieta contra él y noto perfectamente cómo pierde un poco el control.
Su mano baja por mi espalda, me aprieta los glúteos con los dedos, luego vuelve a subir y después se queda en mi cintura como si estuviera conteniéndose.
—Joder, Genoveva… —murmura contra mi boca.
La forma en la que dice mi nombre me deja completamente temblando.
Y ahí aparece el miedo, rápido y brusco.
Me separo un poco y él se queda quieto inmediatamente.
Eso también me afecta, porque no insiste ni presiona, simplemente me mira a los ojos.
—Ey—dice en un susurro—. ¿Qué pasa?
Trago saliva.
No quiero decirlo, no quiero romper esto, pero con él… con él empiezo a querer dejar de fingir.
Bajo la mirada un segundo, cogiendo fuerzas para hablar, y luego lo vuelvo a mirar a los ojos.
—Creo que hay algo mal en mí.
Él frunce el ceño inmediatamente.
—¿A qué te refieres?
—Nunca… siento demasiadas cosas con nadie —digo torpemente, luego me abrazo un poco a mí misma. Odio esta conversación, odio sentirme así de expuesta—. No sé si es normal o si estoy rota o qué me pasa, pero siempre ha sido todo… frío.
Oliver no habla y eso me pone más nerviosa todavía.
—Con Fede es fácil porque él nunca espera demasiado de mí y yo tampoco de él. Todo funciona y ya está, pero contigo… —Mi voz se rompe un poco—. Contigo no funciona así.
El viento mueve un poco mi pelo entre el silencio.
Oliver me mira como si acabara de confiarle algo importante, y la cuestión es que lo he hecho.
Entonces se acerca despacio otra vez, muy despacio, y sus dedos apartan un mechón detrás de mi oreja.
Cuando habla, lo hace tan bajito que siento la voz directamente en el pecho.
—Princesa… tú no estás rota. No tienes ni idea de lo mucho que sientes.
Dios mío…
—No… yo…
—Déjame demostrarte que tengo razón.