Millonario por castigo Chapter 26
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Chapter 26

Una semana sin ver a Genoveva Santos debería haber sido suficiente para que mi cerebro recuperara algo parecido a la cordura.

Spoiler: no ha pasado.

Por el contrario, mi cabeza ha decidido convertirse en una especie de archivo ilegal donde se reproducen sin permiso escenas bastante concretas de aquella noche: ella riéndose con Dani, ella abrazada a mi espalda, ella con el pelo despeinado después de la carrera y ella besándome como si acabara de descubrir que el mundo tenía otras salidas.

Un desastre.

Un puto desastre con ojos claros y apellido peligroso.

—Deje de mirar el café como si fuera a responderle —dice Ezequiel desde el otro lado de la mesa.

Estoy harto de decirle que no me trate de usted, pero no me hace ni puto caso.

Levanto la vista.

Estamos en una cafetería elegante cerca del edificio donde vamos a reunirnos con parte del consejo.

Esas donde un café cuesta lo mismo que un menú del día y los camareros llevan camisa blanca con la tristeza de quien sabe diferenciar un cortado de una condena.

—Estoy pensando.

—Eso me preocupa.

—Qué gracioso.

Ezequiel deja una carpeta sobre la mesa con esa calma suya que cada día me resulta más sospechosa.

—¿El Portal?

Asiento.

El Portal avanza.

Y eso, de todas las cosas absurdas que han pasado últimamente, es la única que empieza a parecer real de verdad.

Dani lleva una semana viviendo prácticamente entre pintura, cables y decisiones estéticas cuestionables.

Sergio ha conseguido contactos para proveedores sin comportarse demasiado como un capullo rico, lo cual es un milagro.

Y yo he firmado más papeles de los que un ser humano debería firmar sin cometer un delito.

Pero está naciendo mi sitio.

El nuestro, quizá.

No.

Nuestro no.

Mío.

Bueno.

Joder…

—Los proveedores empiezan el lunes a traer todo lo que he pedido —digo—. Si Dani no muere intoxicado por pintura antes. Pero quiero meter a treinta tíos si hace falta ahí dentro para que esté listo en el menor tiempo posible.

Ezequiel casi sonríe.

—Me alegra verle construir algo.

Lo miro.

—No te pongas sentimental antes de las diez de la mañana.

—No es sentimentalismo. Es estrategia.

—Claro.

—Un hombre con un proyecto propio es más difícil de manipular.

Bebo un sorbo de café y miro por el ventanal.

—Hoy no van a estar cómodos —dice él, abriendo la carpeta.

—Qué pena.

—Oliver.

Lo miro.

—¿Qué?

—No entre a matar antes de que hayamos presentado el proyecto.

—¿Y después?

—Después procure no cometer delitos delante de testigos.

Sonrío.

Me cae bien el cabrón.

Demasiado.

Ezequiel saca unos documentos y los coloca frente a mí.

—El plan está claro. Dotación inicial para programas de intervención social, ayuda energética, empleo juvenil, becas de formación y colaboración con entidades que ya trabajan sobre el terreno.

—Cañada Real —digo.

—Entre otras zonas.

—No. Empezamos por ahí.

Ezequiel me observa unos segundos.

—Va a levantar ampollas.

—Perfecto. Igual así se enteran de que hay gente viviendo sin luz mientras ellos discuten qué whisky comprar para una sala de reuniones.

—No es una frase que recomiende incluir literalmente en la presentación.

—La pondré al final, por si hay turno de preguntas.

Ezequiel suspira, pero no parece sorprendido.

La cuestión es que no me da vergüenza.

Ni una poca.

Durante años, hombres como Antonio Santamaría hicieron fortuna hablando de activos, suelos, zonas de desarrollo y oportunidades mientras otros aprendían a sobrevivir en los márgenes.

Pues bien, ahora tengo su dinero y voy a hacer exactamente lo contrario a lo que él habría hecho.

Nos terminamos el café y algunos minutos más tarde llegamos al lugar de la junta.

El edificio huele a gente convencida de que el mundo les pertenece.

Subimos en ascensor hasta una planta alta y, antes de entrar, Ezequiel me toca apenas el brazo.

—Recuerde: calma.

—La calma está sobrevalorada.

—La calma le molesta más a Ignacio que la rabia.

Ahí sí. Ahí tiene razón.

La sala de reuniones es enorme, con una mesa larga, ventanales al fondo y varios hombres mirando pantallas como si estuvieran a punto de salvar la economía mundial en vez de discutir cómo evitar que yo reparta dinero donde no toca.

Ignacio Santos ya ha llegado, claro.

Traje oscuro, mandíbula firme y mirada de “te demandaría por respirar si pudiera”.

Y, durante medio segundo, antes de sentarme, la veo a través del cristal lateral del pasillo.

Veva.

Está hablando con una mujer junto a una puerta abierta, con una carpeta en la mano y el pelo recogido. Lleva un pantalón claro, una blusa blanca y esa elegancia suya que debería parecerme inalcanzable y ahora solo consigue recordarme cómo me agarraba de la camiseta cuando la besé.

Mala idea.

Ella me ve y sus ojos se abren por la sorpresa.

—Señor Luque —dice Ignacio desde el fondo de la sala.

Aparto la mirada a duras penas y me obligo a hacerle caso al idiota de Santos.

—Señor Santos.

Tomo asiento y Ezequiel se sienta a mi lado.

Empieza la función y no estoy ni un poquito nervioso.

Los primeros diez minutos son una colección de frases vacías, datos, advertencias y rostros incómodos.

Todos intentan sonar razonables, y también no decir lo que realmente piensan, como que preferirían verme desaparecer, por ejemplo, o que el dinero de Antonio siguiera donde siempre ha estado.

Que el hijo secreto de Vallecas no hubiera aprendido a leer contratos tan rápido, también.

Todas esas cosas.

Cuando Ezequiel termina de explicar la estructura legal, me cede la palabra.

Y entonces…

—Voy a destinar una parte importante de los beneficios personales derivados de mi participación a un plan de inversión social.

Se hace un silencio delicioso que me invita a continuar:

—Empezaremos con programas en Cañada Real —continúo—. Energía, formación, empleo juvenil, apoyo a asociaciones de barrio y reformas urgentes en espacios comunitarios.

Uno de los consejeros carraspea.

—Eso no forma parte del objeto principal de la sociedad.

—No estoy hablando de la sociedad —respondo—. Estoy hablando de mi dinero.

Ignacio deja el bolígrafo sobre la mesa de forma exasperantemente lenta.

Peligro.

—El legado Santamaría no puede convertirse en una campaña personal de lavado de conciencia.

Sonrío.

—Qué curioso. Pensaba que lavar conciencias era precisamente una tradición familiar en este entorno.

Ezequiel respira hondo a mi lado, creo que está rezando.

Ignacio me mira con una frialdad que podría congelar media habitación.

—Está jugando con estructuras que no comprende.

—No. Estoy tocando estructuras que ustedes preferirían que nadie tocara.

Otro consejero interviene:

—Señor Luque, entendemos su sensibilidad social, pero este tipo de movimientos pueden generar inestabilidad mediática.

—La inestabilidad mediática ya la generaron ustedes cuando convirtieron mi existencia en un circo.

Silencio.

Ignacio se inclina hacia delante.

—Esto no es una ONG.

—No —respondo—. Es mi dinero.

La frase cae como una piedra.

Y por primera vez veo cómo algo se rompe mínimamente en la compostura de Ignacio.

No mucho, pero sí lo suficiente.

—Su dinero —repite con una risa seca—. Usted no habría sabido ni pronunciar el nombre de algunas de estas sociedades hace unas pocas semanas.

—Y aun así aquí estoy, pronunciándolo todo bastante bien.

Alguien baja la mirada.

Ignacio se levanta.

—No permitiré que convierta el patrimonio de Antonio en una herramienta para ajustar cuentas personales.

Ezequiel interviene entonces con un tono de voz tranquilo y perfectamente modulado que se convierte en letal.

—Con todos mis respetos, señor Santos, el señor Luque puede disponer libremente de sus beneficios personales y de las cantidades que le correspondan legalmente una vez efectuadas las obligaciones fiscales y societarias pertinentes.

Ignacio ni siquiera lo mira, sigue mirándome a mí.

—Esto tendrá consecuencias.

—Eso espero —respondo.

Y ahí sé que he ganado algo.

No la guerra, todavía no, pero sí una parte de la habitación, porque creo que he conseguido que me vean como alguien que piensa quedarse.

Cuando la reunión termina, salgo al pasillo con el cuerpo lleno de electricidad y demasiadas ganas de romper algo o besar a alguien.

Muy concreto lo segundo.

Buena suerte para mí, porque aparece justo entonces.

Genoveva sale de una sala lateral con el móvil en la mano y la mirada perdida, como si estuviera intentando procesar lo que acaba de escuchar.

Doy un paso hacia ella.

—Tu padre quiere matarme.

Ella parpadea y sonríe.

—Mi padre quiere matar a mucha gente.

—Sí, pero a mí últimamente con más ilusión.

Se le escapa una sonrisa, pequeña y preciosa, y mi polla no duda en inflamarse dentro de mis calzoncillos.

Esa boca del demonio acaba de joderme la poca cordura que me quedaba.

Da un paso atrás justo cuando alguien cruza por el pasillo y casi tropieza con una mesa auxiliar.

La agarro de la cintura por puro reflejo y la giro hacia mí.

De pronto está demasiado cerca, su cuerpo contra el mío, mis manos en su cintura y su respiración justo debajo de mi boca.

Joder.

Una semana.

Una puta semana entera intentando no pensar en esto.

En ella.

En cómo se escuchaba su respiración después de besarme.

—Cuidado —murmuro.

—Estoy teniendo mucho cuidado.

Mentira.

Los dos lo sabemos.

No la suelto, ella tampoco se aparta y el pasillo entero podría derrumbarse ahora mismo, que estoy seguro de que no me importaría.

—¿Llevas una semana evitándome? —pregunto.

Sus ojos suben a los míos.

—¿Llevas una semana pensando en mí?

Golpe directo.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Porque la respuesta es sí.

La miro.

Y ahora sí que no sé si habla de evitarme o de pensar en mí o las dos cosas.

El caso es que le costaba responder mis mensajes durante estos días anteriores.

Bajo la mirada a su boca.

Gravísimo error.

Ella lo nota.

Claro que lo nota.

Sus dedos se apoyan apenas en mi antebrazo.

—Oliver…