Millonario por castigo Chapter 25
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Chapter 25

Una de las consecuencias de tomar decisiones impulsivas es que luego una tiene que despertarse al día siguiente y convivir consigo misma.

Y conmigo misma ahora mismo no hay quien conviva.

Son las once y media de la mañana y sigo en pijama, despeinada y sentada en la cocina con una taza de café que se ha quedado fría hace quince minutos porque llevo exactamente quince minutos mirando al vacío como una víctima de secta puesta hasta arriba de ayahuasca.

Solo me falta cazar moscas con la lengua.

Anoche, aunque parezca mentira, estaba durmiendo cuando llegó Papá y, aunque esta mañana le ha parecido raro que Maira no se quedara a dormir, tampoco ha hecho demasiadas preguntas al respecto, solo ha dejado ver que seguía molesto.

No, claro, si aunque me atropellara un camión, nada sería tan importante como acudir a las cenas de negocio con los Fernández.

Qué pesadilla, lo juro.

El beso sigue en mi cabeza como si fuera una maldición.

Aunque una muy atractiva, a decir verdad, y con una chaqueta de cuero y manos enormes.

Me dejo caer un poco más sobre la silla soltando un suspiro larguísimo.

Fatal.

Estoy fatal.

Anoche soñé con Oliver.

Bueno.

“Soñé”.

Digamos que mi subconsciente decidió montar una película erótica de autor mientras yo dormía y ahora mi dignidad está desaparecida desde aproximadamente las tres de la mañana y no he carbonizado las bragas de purito milagro.

Pero ¿qué me está haciendo este tío?

El timbre suena de pronto, sacándome de mis pensamientos, y doy un respingo tan fuerte que casi tiro el café encima de mí.

Perfecto.

Seguro que es mi padre volviendo de su despacho para decirme que huelo a delincuencia porque lo ha descubierto todo o algo.

Camino hasta la puerta arrastrando los pies y la abro preparada psicológicamente para enfrentarme a ser una decepción de nuevo, pero lo que me encuentro es a Maira entrando como una intervención policial.

—¡APÁRTATE Y HABLA TRAIDORA! NECESITO INFORMACIÓN.

Lleva unas gafas de sol enormes, un café helado en la mano y la energía de una presentadora de reality show.

—Buenos días a ti también.

—No, no, no. Los buenos días se terminaron en el momento en el que me mandaste ese maldito mensaje en el que me decías que habías besado a Oliver Luque y luego no respondiste nunca jamás a mis peticiones.

Cierro la puerta detrás de ella.

—¡Shhhhh! ¡Habla más bajo!

—¿Por qué? ¡Me tienes cabreada como una mona!

La odio.

Muchísimo.

Entra en la cocina, deja el bolso sobre una silla y me mira de arriba abajo.

—Joder.

—¿Qué?

—Tienes exactamente la cara de una mujer que ha tomado decisiones sexuales cuestionables.

—No he tomado decisiones sexuales. Y mucho menos cuestionables.

—Veva, cariño, tus labios parecen haber sobrevivido a un incendio.

El calor me sube directamente al cuello.

Perfecto.

Maira pega un grito ahogado.

—¡DIOS MÍO, FUE UN BESO DE LOS BUENOS!

Me dejo caer otra vez sobre la silla tapándome la cara con las manos.

—No puedo contigo.

—No, tú no puedes contigo misma desde anoche. Cuéntamelo TODO inmediatamente.

Maira se sienta frente a mí como si estuviera preparándose para escuchar un testimonio criminal.

—Necesito saber si fue: a) beso elegante de rico triste o b) beso de “voy a tomar decisiones que decepcionarían a la Virgen María”.

La miro lentamente.

—B.

Ella golpea la mesa.

—¡LO SABÍA!

No puedo evitar reírme.

Maira me señala dramáticamente.

—Mírate… Estás feliz. ¡FELIZ! ¿Tú sabes lo preocupante que es eso?

—No estoy feliz.

—Veva, literalmente brillas. Pareces una mujer a la que le han reiniciado el sistema nervioso a base de testosterona.

Me atraganto con el café.

—Dios mío, eres insoportable.

—Y aun así aquí estoy, sosteniendo esta amistad como una heroína.

Resoplo apoyando los brazos sobre la mesa.

—No sé qué me está pasando.

—Sí lo sabes.

Libre .

Me siento libre.

La palabra aparece en mi cabeza tan clara que me da miedo.

Libre de verdad.

Cuando estuve con él no tuve que pensar en cómo sentarme, cómo hablar, cómo sonreír…

Nada.

Maira me observa en silencio unos segundos.

—Uy.

—¿Qué?

—Acabas de pensar algo gravísimo.

Bajo la vista hacia la taza.

—Con Fede nunca me he sentido así.

—¿Así cómo?

Trago saliva.

Ni siquiera sé explicarlo bien.

—Viva.

La palabra sale bajito, demasiado honesta incluso, y Maira apoya despacio el café sobre la mesa.

—Veva…

—Y eso es horrible —añado rápidamente—. Porque Fede no ha hecho nada malo.

—No, cariño. Pero tampoco ha hecho nada bueno.

Frunzo el ceño.

—Eso no es justo.

—¿No? Entonces dime una cosa. —Se inclina hacia delante—. ¿Cuándo fue la última vez que sentiste con Fede algo parecido a lo de anoche? No, no, mejor aún: ¿alguna vez te has besado con él? Porque parece… yo qué sé… hasta los chicos vírgenes son más lanzados que él. ¿Será gay?

Abro la boca, la cierro porque no tengo respuesta y observo a Maira, que se ha quedado mirando la nada pensando en todo.

Me levanto de la silla caminando hacia la encimera.

Necesito moverme, respirar, dejar de pensar.

No sé.

—Estoy jodida —murmuro.

—Sí —dice Maira detrás de mí—, pero de una forma interesante.

Me apoyo sobre la encimera soltando aire lentamente.

—No sé qué hacer ahora.

—Bueno, de momento podrías aceptar que quieres volver a verlo.

Me giro demasiado rápido.

—No he dicho eso.

Maira directamente pone los ojos en blanco.

—Veva. Si ese hombre apareciera ahora mismo debajo de tu ventana con una moto y cara de problemas, bajarías en cinco minutos.

Guardo silencio y aprieto los labios y las piernas al mismo tiempo.

—En tres —añade ella.

La odio, repito.

El móvil vibra sobre la encimera y las dos giramos la cabeza hacia él automáticamente.

Número desconocido.

Y algo dentro de mí da un salto tan fuerte que casi me enfado conmigo misma.

Maira abre muchísimo los ojos, yo frunzo el ceño.

—No sabemos quién es.

—Veva, por favor. Tienes la misma cara que las protagonistas de las películas antes de vivir la historia de amor más intensa de su vida.

Cojo el móvil intentando parecer tranquila, pero fracaso porque me tiemblan hasta las manitas.

Abro el mensaje y leo: ¿Sigues viva después de tu primera noche delictiva?

Se me corta la respiración y Maira se levanta de la silla como si acabara de detectar actividad paranormal.

—¿ES ÉL? ¡DIME QUE ES ÉL!

Aparece otro mensaje acto seguido: Dani me ha dado tu número, lo tienes puesto en el botón de contacto de tu cuenta de Instagram. Creo que ahora técnicamente también somos delincuentes digitales.

Es entonces cuando aparece esa sonrisa completamente ridícula que se me pone cuando estoy con él.

Es imposible de controlar.

Maira me mira horrorizada.

—Oh, Dios mío.

—¿Qué?

—Acabas de poner cara de enamorada.

Levanto la vista inmediatamente.

—No he puesto ninguna cara.

—Veva, cariño… si sonríes más fuerte, literalmente se te ilumina Madrid entera.

Y lo peor de todo es que, mientras vuelvo a mirar el mensaje de Oliver, una parte de mí piensa algo todavía más peligroso: quiero volver a verlo.