Millonario por castigo Chapter 24
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Chapter 24

La casa está completamente a oscuras cuando entro.

Bueno, completamente no, hay una única fuente de luz encendida en la cocina: un aro LED gigante iluminando a Marisa como si estuviera a punto de grabar un interrogatorio paranormal para TikTok.

No me sorprendería si lo hiciera, también te digo.

Está sentada encima de la encimera con una manta de leopardo sobre las piernas, un moño torcido en la cabeza y una caja de Cookies abierta apoyada junto al móvil.

Come galletas como quien atraviesa un divorcio, con la diferencia de que ella no quiere saber nada de los hombres: vive para jugar al bingo, grabar vídeos de Tiktok y estar con mamá.

Nunca ha dejado sola a mamá, por eso muchos días duerme con nosotros.

Supongo que ella también se siente sola a veces.

No solo la sangre hace piña, muchas veces es el distinto ADN el que te salva de la miseria.

Y no hablo solo de dinero.

Levanta la vista al verme entrar y se queda quieta, mirándome con esos ojos tan grandes.

La manta de leopardo no ayuda.

Menudo acojone, lo juro.

—Madre de Dios.

Suelto las llaves sobre la mesa.

—¿Qué?

Marisa baja lentamente una galleta.

—Te han besado.

Me quedo completamente quieto.

Mierda.

—No sé de qué hablas.

—Oliver, cariño… tienes la misma cara que pone la gente que acaba de sobrevivir a un accidente aéreo y encima quiere repetir la experiencia.

No puedo evitar soltar una risa cansada mientras abro la nevera buscando agua.

No tengo ni hambre.

Sigo sonriendo y ella lo ve.

Claro que lo ve.

—¡MADRE! —exclama, señalándome directamente con una cookie .

Lo que yo te diga, el azúcar no le sienta bien.

—¡Nines! ¡DESPIERTA! ¡EL HEREDERO MALDITO HA SENTIDO COSAS!

La voz de mi madre llega desde el pasillo.

—Marisa, es la una y media de la mañana… Como me hagáis ver una escena romántica, os dejo sin desayuno una semana.

Marisa baja de forma apresurada de la encimera y me da un vuelco el corazón.

Lo que me faltaba ya, que se cayera al suelo.

—¡Y haz dos colacaos que esto es ya una telenovela! ¡Pasión de millonarios! ¡Mira yo me meo sola!

Cierro los ojos un segundo.

—No soy protagonista de ninguna telenovela. ¿Puedes parar?

—Claro. Y yo estudio oposiciones. Tócate el chocho, Maricarmen.

Pongo los ojos en blanco y bufo al tiempo que mi madre aparece en la cocina medio dormida, con una bata gris y cara de estar cuestionando todas sus decisiones vitales.

—¿Qué está pasando?

Marisa se gira hacia ella con solemnidad religiosa.

—El nene se ha liado con La Emperatriz —cuchichea cual cotorra, posando su mano sobre el brazo de mi madre.

Luego se calla y mi madre me mira.

Bebo agua directamente de la botella y Marisa abre muchísimo los ojos.

—¿Ves cómo es cierto? Seco, lo ha dejado.

—Marisa…

—No, no. Espera. Necesito reconstruir cronológicamente esta fantasía. ¿Cómo ha pasado? ¿Dónde? ¿Qué música sonaba? ¿Había tensión? ¿Os habéis agarrado la cara? Dame detalles o me muero.

—No vas a morirte.

—Oliver, literalmente vivo por estas cosas.

Mi madre suspira sentándose en la mesa.

—¿Ha sido con Genoveva? Dime que sí, ¡por Dios! —insiste Marisa.

Mierda otra vez.

Ahora, cada vez que escucho su nombre, noto algo raro en el pecho.

—Sí —murmuro al final.

Marisa se lleva ambas manos a la cabeza.

—NO PUEDO MÁS CON ESTA HISTORIA.

—No es una historia. Simplemente ha pasado de ir a una cena pija para venir conmigo a las carreras. Nos hemos dado un par de besos. Fin.

—¿Tú eres consciente? La hija del enemigo millonario se escapa de una cena de ricos para irse contigo a carreras ilegales y os besáis sobre una moto. Netflix os llama para copiaros el argumento, te lo digo yo.

No puedo evitar reírme cuando comparto una mirada de resignación con mi madre.

—¿Y cómo estás?

La pregunta me pilla desprevenido, porque no sé muy bien como responderla.

Podría decir que estoy un poco… confundido, pero también mi interior está acelerado, y soy completamente incapaz de quitarme de la cabeza a Veva soltando una carcajada sobre mi moto.

—No lo sé —respondo al final.

Mi madre se levanta y comienza a preparar los dichosos colacaos.

Es un trozo de pan, lo juro, es la mejor madre que podría haber tenido.

Marisa entrecierra los ojos observándome como si estuviera viendo una tragedia romántica en tiempo real.

—Uy, uy, uy…

—¿Qué pasa ahora?

—Que estás jodidísimo.

—No estoy jodidísimo.

—Oliver, tienes la mirada perdida de un hombre que ya ha empezado a escuchar canciones de Álex Ubago sin querer.

—Te odio muchísimo.

—Y aun así tengo razón.

La muy cabrona la tiene.

Desde que he dejado a Veva en su casa no paro de recordar cosas tipo así: cómo se agarraba a mi cintura, cómo se reía con Dani, cómo me miró antes de besarme y, sobre todo, cómo parecía sentirse libre conmigo.

Eso es lo que me ha destrozado de verdad.

Mi madre me mira por encima de su taza, una vez nos ha servido a nosotros las nuestras.

—¿Qué ha hecho ella?

Parpadeo.

—¿Qué?

—Para que estés así.

Me apoyo contra la encimera soltando aire lentamente.

—Pasar de esa estúpida cena y venirse conmigo.

Marisa frunce el ceño.

—¿Con quién era esa cena?

—Imagino que con el chico ese… Don Perfecto y su padre, claro.

No sé por qué esa parte me importa tanto.

Pero me importa muchísimo, porque hombres como yo estamos acostumbrados a que nos elijan a escondidas, a ratos, cuando no molestamos demasiado.

Pero Genoveva Santos se bajó de un Mercedes para venir conmigo a un circuito ilegal lleno de gasolina y ruido.

Y eso no me lo esperaba.

Marisa me observa unos segundos más y entonces deja la galleta lentamente sobre la encimera.

Hostia.

Eso sí es grave.

—Vale —dice más seria ahora—. Eso cambia cosas.

Mi madre asiente despacio.

—No pongáis esa cara.

—¿Qué cara? —pregunta Marisa.

—La de que esto significa algo.

Marisa se ríe.

—Cariño… ya os habéis besado. El barco de “esto significa algo” se hundió hace tres capítulos.

Suelto una carcajada involuntaria y mi madre también sonríe un poco.

Traidoras.

—¿Y el novio ese? —pregunta ella después.

Ah.

Federico Fernández.

El Ken humano.

La sonrisa se me borra un poco.

—Se supone que no hay nada entre ellos, eso le gustaría al padre. Pero sigue existiendo.

—Uy —dice Marisa llevándose una mano al pecho—. Celos. Tenemos celos.

—No son celos.

—Oliver, acabas de decir “sigue existiendo” como si estuvieras hablando de una plaga bíblica.

Eso me hace reír otra vez, pero poco, porque el problema es que sí me molesta.

No porque crea que ella sea mía.

Por el amor de Dios, ni siquiera sé qué coño somos, seguramente nada.

Nos hemos liado y ya, sin más.

Y una mierda , se enfada mi subconsciente.

Pero pensar en Genoveva sentada en una mesa junto a él después de besarme a mí…

No.

No me gusta nada.

Y la sensación es muchísimo más intensa de lo que debería.

Marisa me mira con una mezcla entre diversión y pena.

—Ay, chico…

—No me tengas pena.

—No es pena, es fascinación. Nunca te había visto así.

Yo tampoco.

Cojo una cookie de la caja y me la llevo a la boca.

Está blandísima y asquerosa.

—Llevan abiertas tres días —me advierte Marisa.

La saco inmediatamente de mi boca con una mueca y ella se parte de risa.

—¿Cómo puedes comerte esto como si fueran pipas?

Le lanzo la galleta y la esquiva todavía riéndose.

Mi madre niega con la cabeza mientras, ajena a nuestras tonterías, da un sorbo de su taza.

—Intentad no destruiros esta noche, por favor.

—No prometo nada —dice Marisa.

—Eso me preocupa muchísimo más de lo que debería.

—¿La vas a volver a ver? —pregunta mi madre.

La pregunta se queda flotando entre nosotros.

Y lo peor es que la respuesta me sale demasiado rápido.

—Sí.

Ni siquiera dudo ni un segundo, básicamente porque es la hija de mi socio más allegado, el cual no me soporta, para ser claros.

—No os mováis.

Parpadeo varias veces, sorprendido ante la nueva energía que mueve a Marisa.

—¿Qué haces?

—Necesito confirmar algo.

—Marisa, son las dos de la mañana.

—El amor no tiene horario.

Es entonces cuando saca el mazo del tarot del bolsillo de su pijama y empieza a barajar.

—A ver qué dice el universo sobre La Emperatriz y El Heredero maldito.

—Voy a irme de esta cocina —digo haciendo el amago de levantarme de la silla.

—No, ahora yo también quiero saber —dice mi madre poniendo una mano sobre mi hombro y haciendo presión hacia abajo para que vuelva a sentarme—. Bébete la leche. A ver qué sale.

—Se supone que no creemos en esto —le digo frunciendo el ceño—. Te ha comido la cabe…

—¡Bueno… fenomenal! —exclama Marisa interrumpiéndome. Tiene la vista fija en la carta que ha salido, concretamente la de El Diablo.

—¿Eso es malo? —pregunto, no vaya a ser que Ignacio Santos me haya echado una maldición y no lo sepa.

—Depende. ¿Te gusta arruinarte emocionalmente?

Hago una mueca y observo cómo Marisa sigue barajando.

Sale La Torre.

—Uy.

—¿Qué significa “uy”?

—Significa que alguien va a tener una crisis existencial muy sexy.

—Por Dios… ¿qué clase de predicciones son estas?

—Sshhh, calla. Ángeles, arcángeles… ¡decidme la verdad!

La carta de Los Enamorados sale del mazo y el corazón me da un vuelco extraño.

Marisa me ha debido drogar con las cookies blandurrias, yo no creo en estas mierdas.

—Hostia… —murmura mirando la carta.

—¿Ahora qué?

Marisa me mira y luego sonríe despacio.

En serio, parece una muñeca rusa diabólica, no puedo más.

—Pues que ya estás muerto, cariño.

—¡Venga, va! Yo me piro de aquí… —digo levantándome para salir de la cocina.

Esta vez nadie me detiene, así que puedo respirar un poco más tranquilo.