Chapter 23
El problema de besar a Oliver Luque no es el beso en sí, es todo lo que viene después.
Porque una cosa es besar a alguien y otra muy distinta descubrir que, desde entonces, tu cuerpo parece haber desarrollado una obsesión peligrosísima con recordar exactamente cómo lo hizo.
La moto atraviesa Madrid pasadas las doce mientras voy abrazada a su cintura otra vez, pegada a su espalda y completamente incapaz de pensar en algo que no sea el hecho de que hace menos de veinte minutos estaba besándome contra una moto en mitad de unas carreras ilegales.
Soy como Cenicienta, salvo que él de príncipe tiene muy poco, es más bien el villano de este cuento, según Papá.
El aire frío me golpea la cara, pero no consigue bajar el calor que todavía siento debajo de la piel.
El móvil vibra dentro de mi bolso y por un segundo entro en pánico.
Mi padre.
Seguro.
Ha llegado a casa, ha descubierto mi mentira y ahora quiere meterme dentro de una picadora cual carne de conejo, con tal de que no vuelva a ver a Oliver Luque.
O Fede, queriendo encerrarme en una torre como Rapunzel.
O ambos organizando mi funeral.
Pero cuando saco el teléfono y veo el mensaje, siento un alivio tan grande que casi me mareo.
Al final nos hemos quedado tomando algo después de la cena.
Tu padre sigue aquí también, así que no te preocupes 😊
Espero que estés mejor.
Dios mío.
Dios bendiga a los hombres aburridos con rutinas predecibles.
Dios bendiga a todos los Fedes.
Guardo el móvil rápidamente y vuelvo a abrazarme a Oliver antes de que note lo mucho que acabo de relajarme.
Aunque probablemente ya lo ha notado.
Él parece notarlo todo.
—¿Buenas noticias? —pregunta por encima del ruido del motor.
—Sobreviviré esta noche.
Oliver suelta una risa breve, la noto vibrar en su espalda.
Y eso tampoco debería gustarme tanto.
Cuando llegamos a casa, la mansión está prácticamente a oscuras.
Perfecto.
Oliver detiene la moto frente a la entrada y yo tardo unos segundos en moverme.
No quiero bajarme, esa es la verdad.
Me quito el casco lentamente mientras intento recuperar una cantidad mínimamente aceptable de estabilidad emocional.
Fracaso.
Oliver se baja primero y luego me mira mientras me aparto el pelo completamente despeinado.
—Tienes cara de haber cometido un delito.
—Creo que técnicamente lo he hecho —digo poniendo morritos.
—Creo que besarme todavía no es ilegal.
Lo miro sintiendo cómo las mejillas me arden en cuestión de segundos.
¿Cómo es posible que este chico me afecte así?
—No deberías decir esas cosas tan tranquilo.
—¿Qué cosas?
—Esas cosas.
Oliver se acerca un poco más, suficiente para que mi cerebro deje de funcionar correctamente.
—Princesa… después de cómo me has besado tú a mí, creo que ya hemos superado la fase de fingir normalidad.
El calor me sube directamente hasta las orejas.
—No te pongas chulo.
—No puedo prometer eso. —Me guiña un ojo y un latigazo de placer me recorre desde la cabeza hasta los pies, haciendo mucho hincapié en mi bajo vientre.
Odio muchísimo lo fácil que me hace reír.
Nos quedamos en silencio un segundo, solo mirándonos, y vuelve a invadirme la tensión, la electricidad y las ganas absurdas de volver a besarlo inmediatamente.
Oliver baja la vista hacia mi boca otra vez.
Error.
Gravísimo error, porque mi cuerpo reacciona antes que mi dignidad.
Da un paso hacia mí y yo no retrocedo, por supuesto que no.
Pero entonces mi móvil comienza a vibrar.
Los dos posamos la vista automáticamente en la pantalla.
Es Papá.
Perfecto.
Maravilloso.
Excelente timing.
Suelto una risa nerviosa.
—Creo que el universo nos odia.
Oliver sonríe.
—Sí, pero creo que a mí empieza a compensarme.
Dios mío.
Dios mío.
Dios mío.
—Buenas noches, Oliver.
Su sonrisa se vuelve más pequeña y peligrosa.
—Ni de coña vas a dormir bien esta noche, Genoveva Santos.
Y el muy cabrón tiene razón.
Entro en casa intentando caminar normal, aunque siento todavía el beso en los labios y las piernas algo temblorosas.
La mansión vuelve a parecer enorme, silenciosa y extrañamente vacía.
Subo las escaleras deprisa antes de que mi padre vuelva a llamar y me encierro en mi habitación soltando el aire de golpe.
Ni que pudiera verme.
Entonces me apoyo contra la puerta, cierro los ojos y vuelvo a sentirlo todo.
La moto, sus manos, su voz, el casco, ese “dime que pare” y su boca contra la mía.
Dios mío.
Me llevo una mano a la cara completamente horrorizada.
—Estoy fatal —murmuro.
Muy fatal.
El móvil vibra sobre la cama y no tardo en cogerlo, porque entonces mi padre sí sospecharía.
—¿Papá?
—No tardaré en ir para casa, ¿cómo te encuentras?
—He tomado infusiones y parece que me han sentado bien.
—Eso es buen síntoma. Solo quería asegurarme. Duérmete, no tardaré en llegar.
Papá me cuelga e inmediatamente mando un mensaje a Maira:
Necesito que me digas exactamente a qué hora empecé a “vomitar” porque acabo de besar a Oliver Luque y creo que he perdido completamente la cabeza.
La respuesta de Maira llega literalmente diez segundos después, ni siquiera me da tiempo a quitarme la ropa para meterme en la ducha y que Papá no huela la gasolina en mi piel cuando llegue.
AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA
TE ODIO.
LLÁMAME AHORA MISMO.
Suelto una carcajada pequeña antes de dejar el móvil sobre la cama, necesito asearme antes.
Luego voy al baño y ahí empieza el verdadero problema, porque cuando me miro al espejo, no parezco la misma de hace unas horas.
Tengo el pelo despeinado, los labios hinchados, las mejillas todavía rojas y una expresión que no sé reconocer del todo.
Más viva, más desordenada y, sorprendentemente, más yo.
Me quito la ropa y me meto en la ducha intentando pensar en cualquier otra cosa.
Spoiler: no funciona.
Ni siquiera he cenado, pero tengo el sistema nervioso a flor de piel y no siento hambre.
El agua caliente cae sobre mí y automáticamente vuelvo a recordarlo sujetándome la cintura contra él.
Su voz grave junto a mi boca, sus dedos ajustándome el casco, la forma en la que me miraba como si yo también pudiera pertenecer a su mundo.
Y entonces aparece el pensamiento más peligroso de todos: Oliver me ha hecho sentir más cosas en una noche que Fede en años.
La culpa me golpea inmediatamente, porque Fede no ha hecho nada malo.
Nada.
Pero intento imaginarme besándolo como he besado a Oliver y mi cuerpo literalmente no reacciona.
Ni una chispa.
Ni un vértigo.
Ni ganas de volver a hacerlo inmediatamente después.
Con Oliver, en cambio… ¡Dios!
Apoyo la cabeza contra los azulejos cerrando los ojos mientras el agua sigue cayendo sobre mí.
No debería pensar así, no debería querer repetirlo ni desear volver a sentir sus manos en mi cintura.
Pero mi cuerpo parece no estar interesado en la opinión de mi parte racional esta noche.
Salgo de la ducha envuelta en una toalla y camino descalza hasta la cama intentando serenarme.
No lo consigo, porque entonces recuerdo otra vez ese “Dime que pare.”
Y el calor vuelve a arrasarme.
Me tumbo boca arriba soltando aire despacio.
Fatal.
Estoy fatal.
Intento distraerme mirando redes sociales, porque no estoy preparada para hablar con Maira, primero he de serenarme.
Fracaso.
Intento pensar en cualquier otra cosa.
Fracaso.
Porque cuanto más intento apartarlo de mi cabeza, más vuelve: su boca, su voz, su risa, sus manos y el motor vibrando entre nosotros.
Mi respiración cambia antes de que quiera admitirlo siquiera.
Me llevo una mano al estómago sintiendo el pulso demasiado rápido.
Cierro los ojos y me imagino besándolo de nuevo, más despacio esta vez.
Sin motos ni ruido, solo él.
La imagen me atraviesa entera y mis dedos aprietan ligeramente la sábana mientras el calor sube poco a poco desde mis pies a mi cabeza, los dedos de mi otra mano se cuelan en mi sexo y el recuerdo de Oliver se mezcla con todo lo demás: la adrenalina, la tensión, sus manos, su boca, la manera en la que me llama princesa.
Dios mío.
Mi respiración se entrecorta un poco cuando alcanzo el orgasmo.
Mis ojos se abren de golpe, como si tuviera un resorte entre los párpados.
Ya no puedo fingir que esto no me está cambiando, porque Oliver Luque, el heredero más cuestionado de Madrid, no solo me ha besado, ha despertado algo dentro de mí que llevaba demasiado tiempo dormido.