Millonario por castigo Chapter 22
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Chapter 22

Mala idea.

Esa es la primera frase que me cruza la cabeza cuando veo a Veva de pie en mitad del descampado, con esos vaqueros negros, la cazadora de cuero y una expresión entre fascinada y absolutamente fuera de lugar.

El problema es que ella mira alrededor como si acabaran de abrirle una puerta que no sabía que existía.

Y yo, que debería estar pensando en cualquier otra cosa, solo puedo pensar en que me gusta verla aquí.

Mierda.

—No pongas esa cara —me dice Dani a mi lado.

—¿Qué cara?

—La de “como alguien la mire mucho, le arranco la cabeza”.

Lo miro de reojo.

—Cállate.

—No puedo. Me sale solo.

Veva está a unos metros, observando las motos alineadas bajo las luces blancas de unas farolas medio rotas.

El aire huele a gasolina, tabaco, goma quemada y noche.

Hay gente apoyada en coches, risas fuertes, música sonando desde una furgoneta y un grupo de tíos discutiendo sobre no sé qué cilindrada como si estuvieran resolviendo un conflicto internacional.

Ella no encaja, por supuesto que no encaja, pero lo disimula muy bien y no parece estar fingiendo.

No mira a nadie por encima del hombro, no arruga la nariz, ni pone esa cara de asco educado que he visto en gente rica cuando pisa un sitio donde el suelo no brilla.

Solo mira, pregunta, respira y sonríe.

Joder.

Sonríe.

—Te mueres por ella —dice Dani.

—Te estás ganando que te deje sin dientes.

—Eso es un sí.

Me aparto de él antes de matarlo y camino hacia Veva, que se gira al verme llegar.

—Esto es…

—¿Horrible? —pregunto.

—Iba a decir intenso.

—Horrible también sirve.

Sonríe.

—Un poco.

Una moto pasa cerca acelerando y ella da un respingo pequeño, pero no retrocede. Se lleva una mano al pecho y luego se ríe de sí misma.

—Vale. Creo que mi sistema nervioso acaba de presentar una queja formal.

—Todavía estás a tiempo de irte a la cena.

La frase me sale antes de poder detenerla, no porque quiera que se vaya, todo lo contrario, sino porque necesito darle una salida a esta cosa que tengo en la garganta.

Si se queda, si decide quedarse de verdad, algo entre nosotros va a dejar de ser una posibilidad para convertirse en un problema.

Pero cuando me mira esta vez, no sonríe.

—No quiero ir a esa cena.

Así, sin adornos y sin pedir disculpas.

—Genial.

Ella mira la pista improvisada, las marcas oscuras sobre el asfalto y los grupos que empiezan a moverse.

—¿Tú corres?

—A veces.

—¿Vas a correr hoy?

La miro.

Error.

Porque tiene los ojos brillantes de adrenalina y curiosidad, y eso no me ayuda absolutamente en nada.

—No lo tenía pensado.

—Ah.

Ese “ah” me toca la fibra, porque lejos de sonar decepcionado, suena interesado. Algo así como un reto.

—No me mires así.

—¿Cómo?

—Como si quisieras ver qué pasa.

Levanta las cejas con una inocencia tan falsa que casi me da la risa.

—No estoy haciendo eso.

—Lo estás haciendo muchísimo.

Dani aparece por detrás como una desgracia anunciada.

—Confirmo. Lo está haciendo muchísimo. Y además le queda bien.

Veva se ríe otra vez, como si estuviera borracha de felicidad, y yo necesito que deje de hacer eso o que lo haga más cerca de mí, todavía no lo tengo claro.

—Hay una tanda en diez minutos —dice Dani, mirándome con cara de cabrón profesional—. Si quieres presumir delante de la Barbie aristócrata, este es tu momento.

—Dani —le digo en tono de advertencia. ¿Para qué le habré contado nada? ¿Por qué le hablé de ella y de la mezcla de sensaciones tan extraña que me hace experimentar cuando la tengo cerca?

—¿Qué? Estoy ayudando al romance y al deporte de motor.

—No hay romance —decimos Veva y yo al mismo tiempo.

Nos miramos acto seguido, pero no decimos nada.

Dani se lleva una mano al pecho.

—Dios mío, sois idiotas. Me encanta.

Me alejo de él porque de verdad voy a matarlo.

—No tienes que subirte conmigo —le digo a ella.

—Lo sé.

—Esto no es como ir por Madrid.

—Lo imagino.

—Va rápido.

—Oliver, he dicho que lo sé.

La forma en la que dice mi nombre me corta de forma suave pero firme.

Y ahí está otra vez, esa cosa nueva en ella que parece estar apareciendo cada vez que alguien no le dice lo que tiene que hacer.

Respiro hondo.

—Vale.

Voy hacia la moto y cojo otro casco.

Cuando vuelvo, ella me espera con los brazos cruzados, intentando parecer tranquila, pero sé que en el fondo no lo está, se le nota en la respiración y en la forma en la que mira el casco como si fuera una declaración de guerra.

—Ven.

Se acerca y le coloco el casco despacio, tanto que mis dedos rozan la línea de su mandíbula al ajustar la correa y noto cómo se queda quieta completamente, conteniendo la respiración.

No hay ruido durante un segundo.

O sí lo hay, pero deja de importarme.

Solo está ella, su piel, su respiración y la forma en la que levanta la vista hacia mí.

—¿Está bien? —pregunto.

—Sí.

Entonces Dani grita desde algún sitio:

—¡Como os beséis antes de correr, avisad, que quiero grabarlo en vertical!

Veva se aparta de golpe y yo cierro los ojos.

—Voy a matarlo —mascullo entre dientes.

—No —dice ella, riéndose—. Me cae bien.

—Eso es porque no lo conoces.

Subo a la moto y ella se coloca detrás de mí, aunque esta vez no tarda tanto en agarrarse, y eso me pega justo donde no debería.

Sus brazos rodean mi cintura con más seguridad que antes, su cuerpo se pega al mío y su aliento se corta un poco cuando arranco.

Joder.

No voy a sobrevivir a esta noche si sigo así.

Nos colocamos en la línea improvisada junto a otras motos, alguien levanta una mano, la música baja un poco, la gente se acerca y el aire parece cargarse de electricidad.

Veva aprieta los dedos contra mi camiseta.

—¿Asustada?

—Muchísimo.

Sonrío.

—Bien.

—¿Bien?

—Significa que estás viva.

No responde, pero noto cómo se pega un poco más a mí.

Y entonces dan la salida.

La moto sale disparada y el ruido lo llena todo: motor, gritos, viento.

Veva se agarra con fuerza y yo acelero, sintiendo el asfalto debajo, las luces pasando demasiado rápido y la adrenalina golpeando en las venas como un latido constante.

No pienso, no puedo; solo conduzco.

Y ella está aquí, pegada a mí, confiando.

La primera curva llega rápida, así que inclino la moto lo justo y noto cómo su cuerpo sigue el movimiento conmigo, torpe al principio y luego mejor, como si entendiera el ritmo sin saberlo.

Cuando salimos de la curva, la oigo.

SE ESTÁ RIENDO.

No gritando, ni llorando, no.

RIÉNDOSE.

Y esa risa, mezclada con el motor y la noche, me destroza algo por dentro.

Porque no es la risa educada del club, ni la contenida de la biblioteca, ni la nerviosa del local.

Es otra.

Libre.

Salvaje.

Suya.

Y yo estoy completamente jodido.

Acelero un poco más y ella grita algo que no entiendo y se agarra más fuerte.

Dani tenía razón: estoy muerto.

La carrera dura poco o quizá dura una vida entera.

No lo sé.

Solo sé que cuando frenamos y la moto se detiene, tengo el pulso disparado y la respiración hecha polvo.

Veva tarda unos segundos en bajarse, y cuando lo hace se quita el casco con manos temblorosas.

El pelo le cae completamente desordenado alrededor de la cara, tiene las mejillas encendidas, los ojos brillantes y la boca entreabierta.

Está sonriendo, sonriendo de verdad.

—Ha sido… —empieza, pero no termina la frase, aunque no le hace falta, porque sé exactamente lo que está sintiendo: adrenalina, miedo, deseo y vida.

Todo mezclado y a niveles estratosféricos.

Me bajo de la moto y me acerco a ella.

—¿Estás bien?

Asiente.

—No.

Una risa se me escapa por la nariz.

—Muy coherente.

—No sé qué me pasa…

Otra vez esa honestidad que no sabe esconder del todo.

Doy un paso más y ella no se aparta.

El ruido sigue alrededor, pero todo se aleja, y solo queda ella mirándome como si acabara de decidir que no quiere volver a ser la misma persona de antes.

Y yo, que debería ser más listo, bajo la mirada a su boca.

Error

Gravísimo, además.

Ella lo nota, claro que lo nota, y respira hondo.

—Oliver, yo…

No sé si es una advertencia, un permiso o una súplica, pero me atraviesa igual.

—Dime que pare —murmuro.

Su mirada sube a la mía.

Las manos le tiemblan todavía un poco alrededor del casco.

—No.

Una palabra nada más, eso basta.

La beso.

Y no de forma suave, ni lenta. Tampoco como se besa a alguien cuando todavía estás intentando convencerte de que puedes controlar lo que va a pasar.

La beso como si llevara demasiados días intentando no hacerlo, como si la noche, la moto, su risa y sus manos en mi cintura hubieran terminado de empujarme contra el único sitio al que podía ir.

Ella suelta el casco, que cae al suelo con un golpe sordo.

Y luego me devuelve el beso.

Joder.

Sus manos suben a mi camiseta, a mi cuello, a mi mandíbula, como si no supiera dónde tocar primero.

Y eso me pierde más que cualquier otra cosa.

Porque Genoveva Santos, la chica perfecta, la hija de Ignacio y la mujer que debería estar en una cena con su novio correcto, está aquí, en mitad del ruido, besándome con los dedos temblando y el cuerpo entero diciendo que sí.

Le sujeto la cintura, la acerco a mí y saboreo la adrenalina, el aire frío y algo más que no consigo nombrar en sus labios.

Cuando nos separamos, ninguno de los dos dice nada, solo respiramos de manera entrecortada.

Ella me mira como si acabara de cruzar una puerta y no supiera si quiere volver atrás.

Yo ya sé que no.

No quiero.

Y eso es precisamente lo que más miedo me da.

Dani grita desde algún lugar:

—¡POR FIN, COÑO!

Genoveva se lleva una mano a la boca y yo cierro los ojos.

—Lo voy a matar.

Pero ella se ríe y entonces entiendo algo todavía peor: ya no quiero salir vivo de esta.