Chapter 21
Dos horas antes, estaba a punto de sentarme en una cena con centros de flores más caros que el sueldo mensual de muchísima gente.
Ahora mismo estoy delante del espejo de mi habitación intentando decidir si ponerme unas botas negras de tacón bajo o unas deportivas blancas carísimas que compré hace años en una de mis muchas crisis de “quiero parecer una chica espontánea que desayuna matcha y tiene problemas reales”, mientras un hombre que claramente va a arruinarme emocionalmente me espera abajo con una moto.
La vida tiene un sentido del humor rarísimo.
Y yo quiero hacer exactamente lo que me dé la gana , pienso.
—¿Se puede saber qué estás haciendo? —murmuro mirándome al espejo.
Mi reflejo parece igual de confundido que yo.
El vestido champán ha desaparecido, también los pendientes largos y la versión de Genoveva Santos que sabía perfectamente cómo comportarse en cada situación social, también.
Ahora llevo unos vaqueros negros ajustados de Acne Studios, una camiseta blanca básica de Loewe y una cazadora de cuero vieja de Saint Laurent que encontré al fondo del armario y que probablemente compré años atrás porque Maira me convenció.
Spoiler: nunca me la puse.
Hasta hoy, que me viene genial no haberla dado a la beneficencia.
Hoy soy Veva.
Veva y nada más.
Tengo el móvil apoyado sobre la cama mientras termina de sonar el tono de llamada.
Fede descuelga al tercer pitido.
—¿Veva? ¿Dónde estás? ¡Estamos esperándote demasiado tiempo!
Cierro los ojos un segundo, necesito concentración, porque voy a mentir como una condenada.
Vamos allá.
—Lo siento muchísimo —digo llevándome una mano a la frente como si fuera la actriz dramática del año—. Me he empezado a encontrar fatal de repente.
Silencio al otro lado.
—¿Fatal cómo?
—Fatal… gastrointestinalmente. —Pongo morritos.
Dios mío, mátame.
—¿Qué?
—Creo que algo me ha sentado mal. He tenido que dar media vuelta y volver a casa. Por eso no he contestado tus llamadas ni mensajes, literalmente estoy convertida en la niña del exorcista.
Hay otro silencio.
Puedo imaginar perfectamente la cara de Fede ahora mismo: preocupado, correcto e intentando reaccionar adecuadamente a mi tragedia digestiva y consecuente mutación a poseída en ciernes.
—¿Y estás en casa?
—Sí, Maira está a punto de llegar. La he llamado para que me haga compañía en lo que llega mi padre. Además, me están haciendo una manzanilla.
Técnicamente es una mentira como esta casa de grande, pero no voy a dar más detalles.
—BE-LLA-CA —me digo a mí misma mirando mi reflejo en el espejo, sin articular sonido alguno, solo moviendo los labios.
—¿Quieres que vaya? —pregunta Fede, y la tontería se me pasa de golpe
Fede es bueno, atento y perfecto, ya lo sabes, pero:
—No, no. Vosotros disfrutad de la cena, solo necesito descansar un poco.
Él suspira al otro lado.
—Tu padre está bastante molesto.
Ah, claro, mi padre: la maravillosa guinda del pastel.
—Lo siento.
Y esta vez casi lo digo en serio.
—¿Seguro que estás bien?
Miro hacia el espejo otra vez y observo mi cabello suelto, la cazadora y las botas que tengo en mente ponerme.
Soy la chica que parece a punto de cometer una estupidez y sonrío un poco.
—Sí —respondo bajito—. Creo que sí.
No tardo en despedirme de él y cuelgo antes de poder arrepentirme.
Es entonces cuando mando otro mensaje rápidamente:
NO he ido a la importantísima cena de Fede 😭😭😭
Estoy “vomitando muchísimo” en mi casa y tú has venido a cuidarme.
Me voy con Oliver Luque, ya te explicaré.
Cúbreme.
Tqqqqq
El móvil vibra inmediatamente.
PERDÓN??????????
¿HAS ABANDONADO UNA CENA DE RICOS POR EL HEREDERO BUENORRO?
Estoy emocionadísima.
Voy a cubrirte, pero si mañana no me cuentas TODO voy a denunciarte.
Me río sola, literalmente sola en mitad de mi habitación mientras abajo me espera un hombre que mi padre probablemente clasificaría como amenaza nacional.
Qué maravilla todo.
Me pongo las botas, cojo la chaqueta y, cuando bajo las escaleras, encuentro a Oliver apoyado contra la moto frente a casa.
La farola le ilumina medio perfil: chaqueta negra, camiseta oscura, manos en los bolsillos y cara de problema.
Problema de ser tan… hermoso.
Y, sinceramente, debería preocuparme muchísimo más de lo que me preocupa.
Levanta la vista cuando salgo y entonces se queda mirándome.
No habla. No se mueve. Nada.
Solo me mira, así que bajo la escalera un poco incómoda.
—Vale, deja de mirarme así porque me estás haciendo pensar que parezco idiota.
Oliver parpadea despacio.
—No pareces idiota.
—Ah, genial. Qué alivio.
Sigue observándome apenas un segundo más antes de negar suavemente con la cabeza.
—No pareces una Santos esta noche.
Y no sé por qué esa frase me golpea tanto, porque debería sonar mal, pero no lo hace.
Suena casi íntimo.
Oliver se aparta de la moto y me ofrece el casco.
—¿Preparada?
No, pero ¿qué importa?
—Claramente sí.
Sonríe apenas.
Y otra vez: joder.
Nos subimos a la moto y esta vez no dudo tanto antes de abrazarme a su cintura.
¡Error!
Ahora ya sé lo bien que encajo ahí.
—¿Dónde me llevas? —pregunto desde atrás.
—¿Has ido a alguna carrera de motos? —me dice.
—Pues… no, pero…
—Agárrate.
Madrid desaparece poco a poco detrás de nosotros mientras avanzamos hacia la zona industrial donde se celebran las carreras.
Empiezo a oír las motos antes incluso de verlas.
Cuando llegamos, el sitio parece sacado de una película: luces improvisadas, coches aparcados por todas partes, grupos de gente fumando, motos alineadas y música saliendo de altavoces enormes.
A lo mejor debería sentir miedo, por ser algo que solamente he visto en las películas, pero en vez de eso lo que siento es adrenalina.
Oliver se baja primero y me ayuda a quitarme el casco.
—No pongas esa cara —dice.
—¿Qué cara?
—La de “voy a delinquir por primera vez”.
Me río.
—No estoy poniendo esa cara.
—La estás poniendo muchísimo.
Y entonces aparece Dani, que sale desde atrás de una furgoneta con una cerveza en la mano y una sudadera gris llena de manchas de pintura.
Va mirando en el móvil algo que claramente le parece muy interesante, porque tiene la vista clavada en la pantalla.
—Hermano, como hayas traído otra vez a Sergio, te juro que…
Entonces me ve.
Bueno, nos ve, y se queda completamente quieto.
Mira a Oliver, luego a mí y luego otra vez a Oliver.
Parpadea lentamente.
—¿Me puedes explicar por qué hay una Barbie aristócrata en mi circuito ilegal?
No puedo evitar abrir mucho los ojos.
—Hola —digo automáticamente, con una voz bastante más aguda de lo que me gustaría.
Dani me señala sin apartar la vista de Oliver.
—NO, hola no. Tú hueles a herencia.
Oliver se ríe por lo bajo mientras yo me cruzo de brazos.
—Eso ha sido ofensivo.
—Eso ha sido observación social, muñeca.
—No me llames muñeca —le digo con el señor ligeramente fruncido.
—Perfecto. Barbie aristócrata entonces.
Oliver directamente suelta una carcajada y yo lo miro horrorizada.
—¿Te parece gracioso?
—Muchísimo.
Dani se acerca todavía más, observándome como si acabara de encontrar un pingüino en mitad de la M-30.
—Oliver, hermano… ¿tú sabes que esta mujer probablemente desayuna cosas con semillas que cuestan más que mi alquiler?
—No desayuno semillas —me defiendo inmediatamente, frunciendo el ceño.
Dani asiente muy serio.
—Ah, perdón, quería decir caviar.
Eso me hace reír, quizá más de lo que debería, pero este amigo de Oliver me hace gracia.
Oliver se queda mirándome justo cuando lo hago.
Otra vez esa mirada que me pone nerviosa de una forma completamente ridícula.
Dani nos mira a los dos y sonríe despacio.
Oh, no.
Esa cara no.
—Vale —dice señalándonos alternativamente—. Aquí están pasando cosas y yo quiero muchísimo contexto.
—No está pasando nada —decimos Oliver y yo al mismo tiempo.
Dani pega un trago a la cerveza.
—Hostia. Estáis jodidísimos.
Oliver le da un golpe en el hombro al pasar por su lado.
—Cállate.
—No puedo. Esto es entretenimiento gratuito. Oye, Barbie aristócrata, dame tu Instagram por si mañana sales en las noticias detenida.
Mira otra vez hacia mí, me sonríe y me tiende el móvil para que busque mi cuenta desde la suya.
Hago lo propio y me pregunta:
—¿Tu padre sabe dónde estás?
Dudo apenas un segundo.
—No exactamente.
Dani abre muchísimo los ojos.
—Perfecto. Así empiezan todos los documentales buenos.
No puedo evitar volver a reírme y entonces me doy cuenta de algo peligrosísimo: hacía muchísimo tiempo que no me divertía así.
Y Oliver…
Oliver no deja de mirarme como si acabara de descubrir que quizá encajo demasiado bien en su mundo.