Millonario por castigo Chapter 20 #2
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Chapter 20 #2

Debería decir que no, obviamente, porque voy vestida para una cena con Fede, supuestamente importante, mi móvil lleva vibrando diez minutos, mi padre probablemente aprobaría desheredarme si pudiera y yo no debería entrar en un local medio en obras con un hombre que me mira como si pudiera desmontarme con dos frases.

Con dos frases o en otras circunstancias, ejem, ejem, dice el idiota de mi subconciente.

Así que, naturalmente, digo:

—Vale.

Oliver apaga el cigarrillo contra un cenicero improvisado en una lata y levanta un poco la persiana para dejarme pasar.

—Cuidado con el suelo.

—Qué tranquilizador.

—No he dicho que puedas morir.

—Mucho mejor.

Entro y el mundo cambia.

No es que sea bonito, al menos no todavía, porque huele a polvo, pintura, cerveza vieja y algo metálico.

Hay cables por todas partes, un escenario al fondo, una barra cubierta con plásticos, paredes desconchadas y graffitis que alguien ha decidido conservar.

Pero hay algo.

Una energía, una promesa… como si el sitio estuviera un poco roto, pero mantuviera viva su esencia.

No sé muy bien cómo explicarlo.

Un chico que más tarde descubriré que se llama Dani, aparece desde el fondo con una brocha en la mano y una camiseta manchada.

—Oliver, como vuelvas a decirme que esa pared tiene “alma”, te meto la brocha por el cu… —Se detiene al verme—. Hostia.

Oliver suspira, rodando los ojos hacia arriba.

—Dan.

Dani se limpia las manos en el pantalón, como si eso ayudara en algo.

—Perdón. Buenas noches. Qué elegante todo de repente.

No puedo evitar sonreír.

—Buenas noches.

Dani mira a Oliver, luego a mí y luego otra vez a Oliver, parece que esté viendo un partido de tenis.

—Vale. Entiendo cosas.

—No entiendes nada —dice Oliver. Está claro que ese chico ha escuchado hablar de mí, porque no le ha hecho falta una presentación para saber quién soy.

¿Es Oliver quien le ha hablado de mí?

Si fuera así me moriría de vergüenza y nervios.

—Entiendo MUCHÍSIMO.

Oliver lo señala con el dedo.

—Pinta.

—Pinto, pinto. Pero luego quiero contexto.

Dani desaparece, aunque no del todo porque sigue mirándonos desde lejos con una sutileza equivalente a un elefante escondido detrás de una cortina.

Oliver me guía hacia el centro del local.

—Está hecho polvo.

—Sí, un poco.

—Muchísimo —se ríe, parece feliz.

—También. Y aún así estás orgulloso.

Me mira.

—Sí.

La respuesta es tan simple que me descoloca, en ella no encuentro ironía, defensa o ataque, solamente verdad.

Y eso, en él, me parece casi más peligroso que todo lo demás.

—¿Qué quieres hacer aquí? —pregunto.

Oliver mira alrededor.

—Quiero un sitio donde nadie tenga que pedir permiso para entrar ni tampoco para existir. Aquí simplemente quiero que la gente sea ella misma, sin etiquetas ni mierdas de esas.

Trago saliva; la frase me cala demasiado hondo.

—Es ambicioso.

—Es necesario.

Se gira hacia mí.

—Estoy harto de entrar en sitios donde todo el mundo decide si puedes estar o no antes de que abras la boca.

Pienso en el Club Santamaría, en mi padre, en Fede y en todos esos espacios donde sé cómo comportarme pero nunca cómo respirar.

—Sí —murmuro.

Oliver me observa un segundo más.

—¿Sí?

Me doy cuenta de que he contestado demasiado rápido.

—Sí. Entiendo lo que quieres decir.

Y es verdad.

Lo entiendo.

El móvil vibra otra vez en mi bolso y ambos escuchamos el sonido.

—¿Vas a cogerlo? —pregunta Oliver.

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

Él sonríe y yo también.

—Esa respuesta me gusta más.

Me río por lo bajo.

Y otra vez experimento esa sensación, como si mi cuerpo entendiera antes que yo que aquí, entre polvo, luces colgando y un hombre con las manos manchadas, hay más verdad que en cualquier cena perfecta a la que debería haber llegado hace veinte minutos.

Oliver mira hacia la puerta.

—¿Dónde tienes que ir?

—A una cena en Las Salesas.

Oliver sonríe de medio lado.

Dios, es demasiado guapo.

—¿Con el novio perfecto?

Lo miro.

—¿Siempre haces preguntas incómodas?

—Solo cuando la respuesta me interesa.

Se hace el silencio y el aire se tensa un poco.

—Sí —respondo al final—. Con Fede.

Oliver asiente despacio, como si la respuesta no le sorprendiera y aun así le molestara un poco.

Interesante y peligroso, todo esto.

Muy peligroso.

—Deberías ir —dice.

No suena convencido.

—Probablemente. —Yo tampoco.

No nos movemos y Dani tose desde el fondo.

—Perdón, ¿la tensión forma parte del diseño del local o la quitamos antes de pintar?

—Dani —gruñe Oliver.

Yo me río y Oliver me mira como si esa risa acabara de hacer algo que no esperaba.

Algo se me mueve dentro.

Otra vez.

El móvil vibra de nuevo y ahora sí lo saco del bolso.

Otro mensaje de Fede: ¿Dónde estás?

Lo miro.

Luego miro a Oliver.

—Tengo que irme —digo, quizá me estoy arrepintiendo un poco de este mini ataque revolucionario.

Oliver asiente.

—Te acompaño fuera.

Salimos a la calle y el aire fresco me golpea de nuevo.

Paco ya no está, claro, así que miro alrededor pensando cómo moverme hacia la ubicación de la estúpida cena.

—Voy a pedir… un taxi o algo, no sé.

Oliver mira su moto, aparcada junto a la acera.

Es negra y enorme, muy él, si me preguntan.

—Te acerco.

Mi cerebro tarda exactamente medio segundo en entrar en pánico.

—No.

—Vale, como tú quieras.

Su respuesta es rápida, sin insistir, y eso me hace dudar aún más.

—Es que no suelo subirme en motos.

—Ya me lo imaginaba.

—¿Por el vestido?

—Por todo.

Debería ofenderme, pero lo cierto es que todo esto me está divirtiendo.

Oliver coge un casco y me lo ofrece.

Lo miro.

Él sabe que estoy dudando, parece leerme mejor que mucha gente de mi entorno.

—No tienes que hacerlo, si no quieres, pero creo que me preocuparía un poco si dejo que te vayas sola —me dice.

Ese es el problema: que nadie me está obligando.

Por primera vez en mucho tiempo, la decisión es solo mía.

Y quizá por eso me tiemblan un poco los dedos cuando cojo el casco.

—Vale —digo.

Oliver me mira y sonríe lo suficiente para que me arrepienta y no me arrepienta exactamente al mismo tiempo.

—Vale.

Me pongo el casco torpemente y él se acerca para ajustar la correa bajo mi barbilla.

Sus dedos me rozan la piel y siento su contacto como si alguien hubiera encendido una luz en mitad de una habitación cerrada.

Oliver levanta la mirada hacia mí.

Estamos demasiado cerca.

—¿Bien?

No.

Ni de lejos.

Se me está chafando el pelo.

—Sí.

Mentira, claro.

Se sube a la moto y me indica que haga lo mismo.

Tardo un poco porque el vestido no ayuda y mi dignidad tampoco.

Cuando por fin me siento detrás de él, no sé dónde poner las manos.

Oliver gira apenas la cabeza.

—Si te caes, tu padre me mata.

—Mi padre ya quiere matarte.

—Buen punto. Agárrate igual.

Dudo un segundo, pero finalmente acabo rodeando su cintura con las manos.

Oliver arranca la moto y el motor vibra debajo de nosotros fuerte, vivo y real.

Cierro los ojos un segundo y pienso que Paco tenía razón: a veces una se pierde porque va donde no quiere ir y otras porque empieza a encontrar otro camino.

23 Oliver

Genoveva Santos abrazada a mi espalda mientras conduzco mi moto debería parecerme una mala idea, pero la realidad es que es más bien un tipo de adicción que acabo de descubrir demasiado tarde.

Noto sus manos alrededor de mi cintura incluso por encima de la camiseta, pequeñas y tensas, como si todavía no terminara de confiar en el equilibrio de la moto o en el mío.

Luego, poco a poco, deja de sujetarse por prudencia y empieza a hacerlo de verdad, y eso sí que me jode un poco la cabeza.

Tiene las piernas abiertas y mis caderas encajan perfectamente en su centro.

Si pienso en llevar mi mano hacia atrás y que las yemas de mis dedos entren en contacto con su vértice, me pongo malo.

En el buen sentido, claro.

¿Qué coño me pasa con esta chica?

Debe ser su dulzura y timidez lo que me pone cardíaco cuando estoy junto a ella.

Madrid pasa rápido a nuestro alrededor mientras avanzo entre coches y semáforos con ella pegada a mi espalda y el olor de su perfume mezclándose con el humo, la gasolina y el aire refrescante de la noche.

Es absurdo lo rápido que me he acostumbrado a notar que está aquí.

Nos detenemos en un semáforo y bajo un poco la velocidad mirando de reojo la avenida que aparece delante.

Las Salesas.

Zona de restaurantes caros, luces bonitas y gente que probablemente cena diciendo palabras como maridaje sin sentir vergüenza ajena.

Muy su mundo y muy poco el mío.

Giro apenas la cabeza lo suficiente para que pueda oírme por encima del motor.

—¿Por dónde es?

No responde enseguida, y algo en ese silencio me hace fruncir ligeramente el ceño, porque llevo ya unos minutos notando cosas raras: cómo aprieta las manos alrededor de mi cintura cuando suena el móvil dentro de su bolso, cómo se queda callada demasiado tiempo, cómo respira.

No parece una mujer que vaya a una cena, pero sí una huyendo de a saber qué.

El semáforo sigue en rojo.

—¿Genoveva?

Tarda todavía un segundo más en contestar, hasta que dice:

—Sigue recto.

La frase me golpea de una forma rarísima, porque sé perfectamente que el camino hacia el restaurante no es continuando recto, sino al otro lado.

Y ella también lo sabe.

No obstante, la moto vuelve a hacer ruido cuando cambia el semáforo y obedezco sin preguntar.

No sé muy bien por qué.

O sí.

Quizá porque llevo toda la vida viendo a gente decir cosas que no quiere decir y hacer exactamente lo que esperan de ellos.

Y esto no se parece a eso.

El aire mueve algunos mechones de su pelo suelto y noto cómo vuelve a agarrarse un poco más fuerte a mí mientras avanzamos entre las luces de Madrid.

Joder.

No debería gustarme tanto esto.

Nos detenemos de nuevo en un cruce y esta vez hablo antes de pensarlo demasiado.

—El restaurante está hacia el otro lado.

El motor vibra debajo de nosotros, la ciudad también, y ella aprieta un poco más las manos alrededor de mi cintura antes de responder:

—Ya.

No quiere ir, ni quiere la cena, ni el novio perfecto ni mucho menos las putas normas de su mundo de cristal.

Y por algún motivo que no termino de entender, noto una satisfacción peligrosísima subiéndome por el pecho.

Me quedo quieto un segundo mirando el semáforo delante de nosotros.

Luego pregunto más despacio:

—¿Y entonces?

No sé qué espero que diga.

No sé qué coño estoy haciendo exactamente llevando a la hija de Ignacio Santos en mi moto por Madrid como si esto no pudiera terminar terriblemente mal para los dos.

Pero entonces habla, y la forma en la que lo hace me deja completamente quieto por dentro:

—No quiero ir.

La frase sale despacito, cansada y honesta.

Más honesta de lo que creo que ella misma pretendía.

Y, hostia, eso sí que no me lo esperaba.

Porque Genoveva Santos lleva toda la vida rodeada de gente que decide por ella.

Se nota en cómo habla, cómo duda y cómo se disculpa incluso cuando no hace nada malo.

Y aun así ahora está aquí conmigo, saltándose una cena importante y sujetándose a mi cintura como si acabara de descubrir algo peligroso.

Algo parecido a elegir.

Me quedo callado apenas un segundo.

Solo uno.

El tiempo suficiente para entender que si le digo que quizá debería ir, irá.

Y no quiero hacerlo, así que simplemente respondo:

—Vale.

Sin presión, sin preguntas y sin intentar convencerla de nada, porque tampoco soy nadie para hacerlo.

Entonces noto otra cosa: su cuerpo deja escapar tensión poco a poco detrás de mí y sus manos se relajan contra mi cintura.

Hasta su respiración se destensa.

Es como si nadie le hubiera permitido decidir algo así en muchísimo tiempo o quizá nunca.

Aprieto un poco el acelerador cuando el semáforo cambia otra vez.

—Entonces tendrás que buscar un plan mejor para esta noche, princesa.

La llamo princesa para molestarla, pero la realidad es que la palabra me sale demasiado suave.

Conduzco unos minutos más sin rumbo claro, simplemente atravesando Madrid de noche mientras el tráfico empieza a aflojar y las luces se reflejan sobre el asfalto mojado.

Ella sigue abrazada a mi espalda y yo sigo intentando no pensar demasiado en eso.

Terminamos parando junto al Templo de Debod, en una zona donde varias motos están aparcadas cerca del mirador y la ciudad se extiende iluminada al fondo, como si Madrid estuviera intentando parecer menos caótica de lo que realmente es.

Apago el motor, Genoveva se quita el casco lentamente y el pelo rubio cae desordenado sobre sus hombros.

Luego se baja de la moto intentando no tambalearse demasiado con esos tacones imposibles y yo tengo que apartar la mirada un segundo, porque como siga observándola así voy a empezar a tomar decisiones pésimas.

Ella deja el casco sobre el asiento y mira alrededor.

—¿Siempre traes a mujeres misteriosas aquí o me siento especial?

No puedo evitar sonreír.

—Normalmente intento no secuestrar herederas multimillonarias entre semana —respondo, luego sonrío de lado.

Ella se ríe.

Y joder, qué problema empieza a ser ese sonido.

Se cruza de brazos mirando la ciudad iluminada delante de nosotros.

—Entonces, ¿se te ocurre un plan mejor a ti?

La pregunta queda flotando entre los dos justo cuando mi móvil vibra dentro del bolsillo de la chaqueta.

Dani.

Descuelgo apartándome un poco.

—¿Qué pasa?

Escucho su voz al otro lado y automáticamente niego con la cabeza.

—Eres un puto enfermo.

Eso hace reír a Veva, que me observa desde la moto mientras el viento mueve ligeramente su vestido, y durante un segundo tengo una imagen peligrosísima atravesándome la cabeza: ella dentro de mi mundo.

Mala idea.

Muy mala idea.

Pero descubro que ese diminutivo de su nombre me la pone muy dura.

—Sí, sí. Ahora voy —murmuro finalmente antes de colgar.

Guardo el móvil y vuelvo hacia ella.

—Vale —digo pasándome una mano por la nuca—. Necesito preguntarte algo.

Ella arquea una ceja.

—¿Debo preocuparme?

—¿Crees que podríamos pasar por tu casa para que te cambies de ropa?

Parpadea.

Luego baja la vista hacia su vestido.

—¿Voy mal así?

Hostia.

No.

No va mal.

¿Cómo va a ir mal si es la chica más fina, elegante y glamurosa que he conocido en mi vida?

Va tan bien que debería ser ilegal mirarla demasiado tiempo seguido.

Pero precisamente ese es el problema.

Me obligo a apartar la cabeza un segundo antes de responder.

—Créeme. Me lo vas a agradecer.

Ella me observa unos segundos, sé que está analizando mi propuesta y dudando en cuanto a aceptarla o no.

—¿A dónde vamos exactamente?

Sonrío.

—¿Confías en mí? —le pregunto.

Suspira mirando la ciudad delante de nosotros, luego vuelve a mirarme y, Dios, quizá debería empezar a preocuparme por lo mucho que me gusta cuando toma decisiones impulsivas conmigo.

¿Gustar? ¿He dicho gustar?

No me hagas caso.

Claramente me estoy dando un golpe en la cabeza cada vez que me pongo el casco.

—Lo que sea con tal de no ir a esa cena.

¡Boom!

—Entonces déjame enseñarte mi mundo, Veva.