Millonario por castigo Chapter 20
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Chapter 20

El problema de que todo el mundo espere algo de ti es que llega un momento en el que empiezas a parecerte demasiado a eso que esperan.

Y yo, sinceramente, estoy empezando a cansarme de parecerme a cualquier cosa que no haya elegido por mí misma o con la que no me sienta identificada.

Voy sentada en la parte trasera del Mercedes negro de casa con un vestido color champán que cuesta demasiado para lo poco que me apetece llevarlo, unos pendientes largos que me rozan el cuello cada vez que respiro y unos zapatos que, según la estilista, “estilizan muchísimo la pierna”.

Traducción: duelen como si alguien hubiera decidido castigarme por tener metatarsos.

Fede me ha citado para cenar en un restaurante nuevo de moda cerca de Las Salesas.

Algo íntimo, ha dicho.

Íntimo, en el idioma de Fede, significa que habrá seis personas, dos apellidos compuestos, tres conversaciones sobre inversión y un plato diminuto con espuma de algo que no debería tener espuma.

Un coñazo, vamos.

El móvil vibra en mi mano.

Otra vez.

Fede.

No sé cuántas veces me ha llamado ya, pero me apetece tirar el móvil por la ventana.

Respiro hondo antes de contestar.

—Estoy llegando.

—¿Por dónde vas? —Su voz suena tranquila.

Eso es una red flag , no una virtud, no te confundas, al menos para mí.

Fede nunca parece alterado del todo, ni siquiera cuando mete prisa, como ahora.

—No lo sé exactamente.

Paco, el chófer de casa desde antes de que yo aprendiera a diferenciar un Prada falso de uno real, me mira por el retrovisor con expresión ofendida.

—Estamos yendo, señorita.

—Estamos yendo, Fede —repito, parafraseando a Paco.

Paco es calvo, lleva una camisa azul remangada y escucha Camela con la solemnidad de quien cree sinceramente que es patrimonio nacional.

—¿Cómo que estamos yendo? —pregunta Fede—. Te mandé la dirección.

Sí.

Me la mandó.

Tres veces.

Y luego me corrigió la dirección.

Y después me escribió: Mejor esta otra entrada, es más cómoda .

Porque hasta para llegar a un restaurante hay una forma correcta de hacerlo.

—Paco se ha desviado un poco.

—¿Desviado cuánto?

Cierro los ojos, quiero colgar esta llamada, en serio.

En este momento, desde la radio del Mercedes empieza a sonar Camela .

Pero no bajito, no, Camela aparece como una intervención divina.

—¿Eso es música? —pregunta Fede.

Paco sube un poco más el volumen.

—Es Camela, señor —dice Paco antes de que pueda hacerlo yo—. Y además una de las buenas.

— Hace ya algún tiempo que vivo sin ti…

Yo miro por la ventanilla y pienso que mi vida se ha convertido oficialmente en un experimento social.

—Fede, te llamo ahora.

—Veva, por favor, no llegues tarde. Es importante.

Es importante.

Sí, sí, sí.

Todo es importante.

Llegar a tiempo es importante.

Sonreír es importante.

Sentarme al lado correcto es importante.

No llevar la contraria es importante.

No parecer incómoda es importante.

Ser fácil, agradable, elegante, previsible.

Importante.

Importante.

Importante.

—Ya —respondo.

Cuelgo antes de que pueda añadir algo más.

—¿ Camela, Paco? —pregunto sin energía.

—Señorita Genoveva, uno podrá llevar traje, pero no perder el alma.

Me mira por el retrovisor, le devuelvo la mirada y luego bajo la vista a mi vestido, a mi móvil y hago el intento también de mirar mi vida como si mi alma me observara desde arriba.

—Llevo llevándola a cenas desde que tenía quince años y nunca la había visto con tantas ganas de darse media vuelta.

Bufo de forma sonora, porque con Paco puedo dejar las apariencias a un lado.

El hombre asiente despacio, como si esa respuesta tuviera muchísimo sentido.

Seguimos avanzando por calles que cada vez me resultan menos familiares y la ciudad se vuelve más estrecha.

Paco resopla mirando el GPS.

—Pues el señor Federico le ha mandado la entrada trasera, porque la principal está cortada por un evento o yo qué sé qué hace la gente rica ahora para cenar tranquila.

—Perfecto —murmuro apoyando la cabeza contra la ventanilla.

El GPS recalcula por tercera vez, Fede vuelve a llamar y no contesto.

Me escribe: ¿Dónde estás?

Luego: Tu padre acaba de llegar.

Luego: No entiendo qué está pasando.

Pues mira, Fede, hijo de mi vida, ¡bienvenido al club, yo tampoco!

Paco frena en un semáforo y golpea el volante con dos dedos siguiendo el ritmo de Camela.

—Este GPS está fatal.

—Perfecto.

—Nos hemos vuelto a perder.

Apoyo la cabeza contra el respaldo del asiento del conductor donde va Paco y suelto una risa pequeña.

No porque tenga gracia, si no porque, si no me río, quizá empiezo a gritar y eso sería muy poco old money por mi parte.

Paco baja un poco la música.

Milagro.

—Mire, señorita… la gente siempre se pierde cuando va donde no quiere ir.

Me quedo quieta completamente, básicamente paralizada, porque la frase cae dentro del coche con una sencillez tan absurda que, por un segundo, ni siquiera sé qué hacer con ella.

La gente siempre se pierde cuando va donde no quiere ir.

Qué bonito, qué horror y qué oportuno, todo al mismo tiempo.

El móvil vibra otra vez.

Fede, claro.

Y entonces lo sé.

No como una gran revelación dramática con música de fondo… Bueno, música sí hay, pero es Camela , no cuenta mucho.

Lo sé de una forma mucho más pequeña y más incómoda.

No quiero ir.

No quiero esa cena.

No quiero llegar perfecta.

No quiero sentarme junto a Fede y fingir que mi vida no lleva semanas… ¡meses! resquebrajándose por dentro.

No quiero seguir yendo donde otros deciden que tengo que estar.

—Para aquí, Paco—digo de pronto.

El hombre me mira por el espejo.

—¿Aquí?

—Sí.

—Pero si no hemos llegado.

—Ya. Esa es la idea.

Abro la puerta del Mercedes con mi vestido caro, mis zapatos imposibles y la sensación absurdísima de haber cometido un acto revolucionario simplemente por bajarme de un coche antes de tiempo.

Paco frunce el ceño desde el asiento delantero.

—¿Seguro que no quiere que la espere, señorita Genoveva?

Y ahí está otra vez esa pregunta.

La posibilidad de volver.

De retomar el camino correcto, cómodo y perfectamente organizado que se espera de mí.

Miro la calle.

Luego el móvil vibrando otra vez con el nombre de Fede iluminando la pantalla.

—No —respondo finalmente.

Paco abre mucho los ojos.

—¿Que no? ¿Y yo qué le digo ahora a su padre si no aparezco con usted?

No puedo evitar soltar una risa pequeña.

—Invéntate algo. ¡No lo sé!

Paco me mira horrorizado.

—¿El qué? ¿Que ha decidido tener personalidad propia de repente? Porque eso a su padre le va a preocupar muchísimo más.

Eso me hace reír otra vez.

Paco niega con la cabeza mientras sonríe por lo bajo y vuelve a mirarme de esa forma tranquila de quien entiende más cosas de las que dice.

—Ay, señorita Genoveva… entonces igual esta noche sí va donde quiere ir.

Y antes de que pueda responderle, sube la ventanilla y el Mercedes arranca despacio calle abajo mientras Camela sigue sonando dentro.

Casi me emociono.

Estoy fatal.

Me quedo de pie en una calle que no conozco, con el aire fresco pegándome en los brazos y el móvil vibrando otra vez dentro del bolso.

No lo saco.

No hago lo que toca, porque estoy harta.

Y, sinceramente, me da miedo, pero también me hace sentir cierto alivio.

Camino sin rumbo durante unos minutos, aunque no demasiados, porque descubro que estos zapatos no están diseñados para una crisis existencial en medio de la urbe.

Paso junto a una persiana pintada, un bar con luces rojas, dos chicos fumando en una esquina y una pareja discutiendo con la naturalidad de quien al menos sabe decir lo que piensa.

Qué envidia.

Es entonces cuando los veo.

Primero el local: una persiana metálica medio subida, luz saliendo desde dentro, música baja, voces y olor a pintura fresca mezclado con polvo.

Después, a él.

Oliver está apoyado contra la pared, fumando un cigarrillo con la chaqueta abierta, una camiseta negra debajo y las mangas remangadas.

Tiene las manos manchadas de algo oscuro, quizá pintura o grasa, el pelo despeinado y esa expresión de hombre que parece estar peleándose con el mundo incluso cuando descansa.

Levanta la vista, me ve y durante un segundo ninguno de los dos dice nada.

Perfecto, genial y maravilloso.

He huído de una cena correcta para acabar delante del hombre incorrecto.

El universo tiene un sentido del humor de mierda.

Oliver baja el cigarrillo despacio.

—Genoveva Santos.

Su voz suena igual que la recuerdo.

—Oliver Luque.

Me mira de arriba abajo, pero no de esa forma desagradable en la que algunos hombres parecen estar haciendo inventario.

No.

Él me mira como si intentara entender cómo demonios he aterrizado en su calle vestida como si fuera a entregar un premio.

—¿Te has perdido?

Pienso en Paco, en Fede, en el GPS y en mí.

—Un poco.

Oliver sonríe.

—Eso explica el vestido.

Miro mi ropa.

—¿Qué le pasa a mi vestido?

—Nada, nada.

Se me escapa una risa.

Quizá no debería, pero se me escapa.

—¿Qué más da el vestido?

—Sé que nadie acaba en esta calle con esa ropa y esos zapatos si le está yendo bien la noche. ¿Te vale?

Bajo la vista hacia mis zapatos.

Tiene razón.

Maldita sea.

—Mi chófer se ha perdido.

—Claro.

—Es verdad.

—No lo dudo.

Pero lo duda muchísimo, lo sé, así que me cruzo de brazos.

—¿Siempre eres así de insoportable?

—Solo con gente que aparece delante de mi local como si acabara de escapar de un secuestro pijo.

Miro la persiana.

—¿Tu local?

Y ahí cambia algo en su cara.

Muy poco, pero lo noto: destila orgullo.

—Eso he dicho.

Me acerco un paso sin poder evitarlo; dentro se oyen golpes, una risa masculina y música saliendo de algún altavoz viejo.

—¿Es…? ¿Qué es? ¿Un pub?

Oliver me mira sorprendido.

Mierda.

Demasiado rápido, Veva. Demasiado interesada.

Sonríe con el cigarrillo entre los dedos.

—Sí. ¿Quieres verlo?