Chapter 19
El local huele a humedad, polvo y cerveza vieja.
Perfecto.
—Hermano, sinceramente… aquí han matado a alguien fijo —dice Dani nada más entrar apartando una telaraña de su cara—. O mínimo han vendido órganos, pero vi que estaba a la venta y me acordé de ti.
La persiana metálica sigue medio subida detrás de nosotros y deja entrar la luz grisácea de la tarde directamente sobre el suelo lleno de escombros.
—¿Me ves con cara de asesino o traficante de órganos? Hostia, tío…
—¿Eres gilipollas? ¡Sabes que no lo digo por eso! —se indigna muchísimo Dani.
Suelto una carcajada y le doy una palmada en la espalda.
—Ya lo sé, tío, solo era una broma.
Miro alrededor despacio y observo que las paredes están desconchadas, hay graffitis antiguos pintados en la pared, una barra enorme cubierta de polvo, cables colgando del techo, restos de neones rotos y un pequeño escenario al fondo.
La verdad es que está muy, muy descuidado.
Está hecho una mierda, vamos…
Y, aun así… lo veo.
Joder si lo veo.
Dani sigue hablando mientras avanza por el local pateando cosas.
—Quizá nadie entienda cómo coño encontramos belleza en sitios que parecen escenas eliminadas de Narcos, pero la hay. Aquí se puede hacer algo muy guapo.
No respondo, porque mi cabeza ya no está aquí del todo, está imaginando la música, la gente, el ruido, las luces… El Portal.
—¿Qué era esto antes? —pregunta Sergio entrando detrás de nosotros mientras observa alrededor con una expresión entre fascinada y horrorizada.
—Un club de conciertos —responde Dani—. Lo cerraron hace años porque había peleas, drogas y movidas chungas.
—O sea, potencial infinito —murmuro.
Eso le arranca una carcajada a Dani.
Sergio sigue recorriendo el espacio lentamente.
Todavía me hace gracia verlo aquí dentro con su traje caro, su reloj el doble de caro y esos zapatos que lleva puestos que, probablemente, jamás deberían pisar este suelo.
Pero aquí está, y eso ya dice bastante de él.
En el buen sentido, claro.
Necesito aliados dentro de esa jungla de diamantes, y uno de ellos es él.
El otro es Ezequiel, que entra el último al local, cerrando la puerta tras nosotros.
El contraste entre él y este sitio es todavía más absurdo.
Parece el abogado de una película sobre corrupción política infiltrado accidentalmente en un after ilegal.
Mira alrededor en silencio unos segundos y luego me mira a mí.
—Antonio habría odiado este sitio, créeme —murmura apretando la carpeta que lleva entre las manos contra su pecho.
Es como una prolongación de su cuerpo, se la lleva a todos lados.
Sonrío.
—Por eso me gusta.
Camino lentamente hacia el centro del local mientras sigo imaginándolo transformado.
—Aquí irá la barra principal —digo señalando el lateral izquierdo—. Quiero luces bajas, música en directo y nada de reservados VIP.
Sergio arquea una ceja.
—¿Nada de VIP?
—Si alguien necesita una zona privada para sentirse importante, igual no debería entrar aquí.
Dani directamente aplaude.
—Eso, coño. Democracia etílica.
No puedo evitar reírme.
Sigo avanzando mientras hablo, y cuanto más lo hago, más claro lo veo.
—Quiero que las motos puedan aparcar fuera. Conciertos, arte urbano, boxeo algunos fines de semana, quizá, camareros tatuados y ruido, mucho ruido.
Mi voz rebota por el local vacío mientras los demás me escuchan.
—Quiero un sitio donde la gente venga a sentirse viva, no a fingir que tiene una vida perfecta.
Sé que a partir de este momento, no me van a estar mirando como al hijo ilegítimo de Antonio Santamaría, sino como a alguien que sabe exactamente lo que quiere construir.
Sergio mete las manos en los bolsillos observando el escenario del fondo.
—Esto no es un negocio —afirma.
—No —respondo, sonriendo—. Es una declaración de guerra.
Dani se lleva una mano al pecho emocionadísimo.
—Joder. Qué ganas tengo de arruinarme aquí dentro.
Ezequiel resopla por la nariz intentando no reírse, pero lo cierto es que su intento fracasa un poco.
—¿Y piensa financiar esto usted solo? —pregunta después.
Miro otra vez alrededor del local antes de responder.
—Voy a usar su dinero para levantarlo. —Sergio me observa con atención y Ezequiel también—. Y luego pienso devolver hasta el último euro.
El silencio esta vez sí pesa un poco más, pero mis palabras son completamente en serio.
No quiero quedarme nada suyo: ni el apellido, ni la culpa, ni tampoco quiero tener una deuda con él, aunque esté muerto, solo quiero aprovechar la oportunidad para tener algo MÍO.
Dani me mira de reojo.
—Hermano, eres el único millonario que conozco que actúa como si le hubieran castigado.
—Porque básicamente lo han hecho, soy un millonario por castigo.
Sergio se muerde una sonrisa, después saca su móvil del bolsillo y por último niega con la cabeza.
—Vale, oficialmente te has convertido en entretenimiento nacional.
—Qué ilusión —digo con ironía.
Me enseña la pantalla y veo otro artículo sobre mí en la prensa digital que no me molesto en leer, básicamente porque me importa una mierda lo que puedan decir.
Está en Twitter.
Debajo ya hay cientos de comentarios donde algunos me llaman revolucionario, otros aprovechado, otros el heredero de pegote y no sé qué gilipolleces más.
Twitter debe de estar pasando una semana increíble conmigo.
—Mira este —dice Dani acercándose—. “Tiene pinta de vender droga y besar bien”. Tío, estás conectando con el pueblo.
—Cállate.
Pero me río igual.
Y por primera vez desde que Antonio Santamaría decidió destrozarme la vida después de muerto… todo esto deja de parecer únicamente una condena.
Porque este sitio lleno de polvo y paredes rotas empieza a sentirse como algo mío.
Muy mío.
Los demás siguen hablando detrás de mí mientras me acerco al escenario, subo los dos escalones lentamente y miro el local desde arriba.
Está vacío en este momento, pero no por mucho tiempo.
Puedo verlo perfectamente: la música, las luces rojas, la gente gritando, las motos fuera, el humo, las risas, la vida.
Y entonces lo entiendo.
Toda mi vida he entrado en sitios donde sentía que sobraba, pero este va a ser el primero que construiré para gente como yo.