Chapter 18
Dos días después
—No pongas esa cara porque todavía no han traído el café y necesito empezar la mañana creyendo que mi vida tiene sentido.
La voz de Maira me llega desde el otro lado de la mesa mientras deja las gafas de sol sobre el mantel y vuelve a mirar el móvil con la misma intensidad que una actriz de arte dramático.
Estamos desayunando en el café del hotel Wellington, uno de esos sitios absurdamente elegantes donde hasta las tostadas parecen tener estudios universitarios y la gente habla bajito, como si el dinero pudiera asustarse con los ruidos fuertes.
Odio admitir que me gusta venir aquí.
Quizá porque todo es tan bonito y ordenado que resulta facilísimo fingir que tu vida también lo está, aunque sea mentira.
—Te estoy hablando —insiste Maira señalándome con el cuchillo de la mantequilla.
Parpadeo.
—¿Qué?
Ella entrecierra los ojos lentamente.
—Vale. Confirmado. Ya no estás entre nosotros —se santigua por hacer la coña, pero ella es de todo menos creyente.
No tiene ninguna espiritualidad, vaya.
Resoplo apoyando el codo sobre la mesa mientras aparto la mirada hacia la calle.
Madrid se mueve detrás de los cristales con esa energía elegante y caótica de los viernes por la mañana. Coches negros, gente apresurada, tacones sonando sobre la acera mojada y camareros atravesando terrazas con una coordinación casi militar.
Normalidad absoluta en todos lados, excepto dentro de mi cabeza, aquí dentro todo lleva dos días funcionando fatal.
—Estás obsesionada —dictamina Maira.
Vuelvo a mirarla horrorizada.
—No estoy obsesionada, eres tú quien parece estar drogada para decir eso.
—Veva, cariño, llevas exactamente siete minutos mirando a la nada y pensando en todo. Ignorándome, vaya. Y me aburro.
—Estoy cansada, ya está.
Maira suelta una carcajada corta.
—Sí, claro. Y yo hago pilates por salud mental y no por tener un culo de acero.
El camarero aparece justo entonces dejando nuestros cafés sobre la mesa.
Capuccino para ella, americano para mí.
Ni siquiera hace falta pedirlos ya.
Eso debería parecerme cómodo y, sin embargo, me provoca una sensación rarísima de encierro y control.
Como todo últimamente.
Maira espera a que el camarero se aleje antes de inclinarse hacia delante.
—Vale, ahora en serio, ¿cuántas veces has pensado en él desde la reunión?
Me atraganto con el primer sorbo.
Perfecto.
—Maira…
—No, no. Quiero números reales.
—No voy a responder a eso.
—Entonces muchas.
La odio.
La odio muchísimo.
Lo juro.
Porque encima tiene razón.
Lo peor no es haber pensado en Oliver Luque, sino hacerlo en momentos completamente aleatorios: en la ducha, en reuniones, leyendo correos, escuchando a mi padre hablar e intentando dormir, sobre todo intentando dormir.
Y cada vez que aparece en mi cabeza siento exactamente la misma mezcla horrible de curiosidad, nervios y ganas de tomar decisiones cuestionables.
Maira me observa con esa sonrisa peligrosa de quien acaba de detectar sangre en el agua.
—Madre mía —susurra—. Te ha destrozado el sistema nervioso en menos de… ¿cuánto hace que lo vimos por primera vez? ¿Dos semanas? ¿Tres?
—No me ha destrozado nada.
—Veva, literalmente tienes cara de haber desarrollado una fantasía recurrente y problemas de autoestima al mismo tiempo.
Suelto una risa breve antes de poder evitarlo.
Dios mío.
—Es absurdo —murmuro bajando la mirada hacia la taza—. Ni siquiera lo conozco.
—Eso nunca ha detenido a nadie emocionalmente inestable.
Levanto los ojos hacia ella.
—Gracias por el apoyo.
—Para eso estoy.
Maira coge el móvil otra vez y entonces sonríe de golpe.
Oh, no.
Esa sonrisa no.
—¿Qué? —pregunto ya con miedo.
—Bueno… parece que tu revolucionario favorito ha vuelto a liarla.
No reacciono.
O intento no hacerlo, mejor dicho.
Fracaso, probablemente.
—¿De qué hablas?
Maira gira el móvil hacia mí y es entonces cuando veo una foto de Oliver saliendo de la reunión del consejo con el titular enorme debajo que reza:
“EL HEREDERO REBELDE QUE QUIERE CAMBIAR EL LEGADO SANTAMARÍA”
Parpadeo una vez.
Luego otra.
Maira me observa atentamente.
—Vale… esa cara sí que no me la esperaba.
No respondo enseguida, porque sigo mirando la foto.
Oliver aparece serio, despeinado, con la chaqueta sobre el hombro y cara de querer discutir con el universo entero.
No parece un empresario, más bien parece un problema.
Y, aun así…
—Está loco —murmuro.
Maira se ríe.
—No, cariño. Creo que simplemente le da igual caerle bien a la gente.
Eso es exactamente lo que me golpea de él, porque en el universo en el que me he criado, todo el mundo vive pendiente de caer bien, de encajar y mantenerse dentro del sitio correcto.
Oliver no.
Oliver entra en una habitación como si estuviera dispuesto a romperla si hace falta, y quizá por eso resulta tan difícil dejar de mirarlo.
Paso el dedo por la pantalla leyendo la noticia rápidamente.
Programas sociales, fondos, barrios vulnerables, inversión pública.
Sí, realmente es de eso de lo que hablaron.
Mi padre odió la situación, y por primera vez soy consciente de que mi padre podría empezar a perder poder.
Levanto la vista lentamente y Maira sigue observándome.
—Acabas de pensar algo gravísimo, ¿verdad?
Me río sin humor.
—No sé qué me está pasando.
—Yo sí.
Niego con la cabeza inmediatamente.
—No
—Sí.
—Maira…
Ella se inclina sobre la mesa sonriendo despacio.
Verás tú lo que va a soltar por esa boquita de piñón.
—Te gusta porque no parece necesitar este mundo para sentirse importante.
Y el silencio que llega después me deja completamente indefensa.
Ha dado en el clavo, por lo que guardo silencio, escuchando cómo mis latidos rebotan dentro de mi cabeza.
Oliver Luque parece el primer hombre que he conocido en toda mi vida capaz de entrar en el mundo de mi padre sin querer formar parte de él.