Chapter 17
La casa de Ignacio Santos parece uno de esos sitios donde hasta romper un vaso debe costar más que mi factura de luz.
Todo es demasiado silencioso, limpio y caro.
Un hombre uniformado me abre la puerta principal antes de que me dé tiempo a tocar el timbre, lo cual me parece inquietante por varios motivos.
—Señor Luque —dice con educación perfecta—. Sígame a la biblioteca, la junta se celebrará allí.
Joder.
Todavía no me acostumbro a que la gente pronuncie mi apellido como si de repente significara algo.
Entro quitándome la chaqueta despacio mientras observo alrededor.
Madera oscura, arte moderno y lámparas que probablemente cuestan más que un coche biplaza.
Y aun así, lo único que pienso es que qué agotamiento de gente rica, de verdad.
Sigo al hombre que me va guiando por el pasillo hasta llegar a la sala llena de libros, le doy las gracias y es entonces cuando la veo.
Genoveva.
Está junto al mueble bar de la biblioteca con el pelo rubio algo más suelto que la otra noche.
Error gravísimo para mi estabilidad mental.
Nuestros ojos se encuentran apenas un segundo y siento de nuevo ese tirón extraño y adictivo al mismo tiempo.
Dios.
—Empiezo a pensar que apareces siempre antes de que mi noche se complique —le digo apoyándome en el marco de la puerta.
Ella se gira demasiado rápido.
Bien.
No soy el único afectado por esta mierda rara.
—Y yo empiezo a pensar que tú tienes una obsesión rarísima con incendiar sitios.
Sonrío apenas, solo un poco, pero suficiente para notar cómo algo le tiembla en la mirada.
¿En otros sitios también?
Hostia, estoy enfermo.
—Me pareció que estabas de mi parte o algo así.
La forma en la que se apoya contra el mueble bar intentando aparentar normalidad me hace muchísima gracia, porque no le sale.
Probablemente a mí tampoco.
—No estaba de parte de nadie.
Claro y yo soy experto en ballet clásico.
Avanzo un poco dentro de la biblioteca observando alrededor.
—Tu padre tiene más libros que escrúpulos.
Y entonces se ríe, pero se ríe de veras, nada de sonrisas educadas ni gestos medidos.
Una risa real.
Bonita, además.
Qué mala suerte la mía.
La miro un segundo de más y ella también lo nota.
Claro que lo nota.
Y justo ahí aparece otra voz desde el pasillo.
—Veo que he interrumpido algo.
Genial.
Duración oficial de intimidad: treinta y siete segundos.
Ezequiel aparece ajustándose los gemelos con esa tranquilidad peligrosa de la gente que observa demasiado y habla poco.
Sus ojos pasan de ella a mí apenas un instante.
Y entonces sonríe.
Traidor.
—¿Siempre entra así en las habitaciones o hoy está haciendo una excepción por entretenimiento personal? —pregunta Genoveva intentando recuperar compostura.
Ezequiel se ríe discretamente.
—Créame, señorita Santos, si quisiera entretenerme habría traído palomitas.
Resoplo por la nariz.
El muy cabrón está disfrutando esto muchísimo.
—El consejo ya está esperando —dice entonces mirándome—. Y algunos socios empiezan a ponerse nerviosos cuando pasan más de diez minutos sin hablar de dinero.
—¿No era aquí? Un tío de la entrada me ha traído aquí.
Ezequiel rueda los ojos hacia arriba.
—El señor Santos ha cambiado de opinión y ahora prefiere que sea en el salón principal. Vamos, están esperando.
—Pobrecitos.
Genoveva baja la mirada un segundo intentando esconder otra sonrisa.
Mierda.
Eso me gusta más de lo que debería y Ezequiel lo nota todo, absolutamente todo.
Estoy empezando a sospechar que este hombre podría trabajar para la CIA perfectamente.
—Intenten no incendiar nada antes de entrar —dice mientras abre la puerta de la biblioteca. Y luego añade completamente serio: —Al menos no hasta después del segundo whisky.
Entro detrás de él todavía notando a Genoveva demasiado cerca.
Muy mala idea.
El salón principal parece exactamente lo que esperaba: hombres ricos sentados alrededor de una mesa enorme intentando decidir el futuro del mundo mientras probablemente jamás han cogido un metro.
Perfecto.
Ignacio Santos está al fondo, recto e impecable, mirándome como si acabara de encontrar humedad en una pared recién pintada.
Sergio está un poco más a la derecha y, al verme entrar, directamente sonríe.
Mala señal.
¿Qué hace este tío aquí?
—Oliver —dice Ignacio con voz perfectamente neutra—. Tome asiento.
No “bienvenido”, ni “me alegro de verle” ni nada parecido.
Bueno, la verdad es que tampoco me sorprende.
Maravilloso ambiente familiar.
Me siento lentamente mientras noto varias miradas encima: algunos curiosos, otros incómodos y otros, como Santos, directamente molestos.
Que les follen.
Siento como si hubiera aparecido un perro callejero en una cena diplomática.
Pues sorpresa: el perro sabe morder y soy yo.
Empiezan a hablar enseguida sobre participaciones, reestructuración, fondos e inversores.
Media hora de hombres diciendo palabras larguísimas para explicar básicamente quién quiere quedarse con más dinero.
Intento no bostezar, pero lo cierto es que fracaso un poco.
Y entonces pasa algo interesante: uno de ellos empieza a hablar de reducir inversión en ciertos barrios porque “la rentabilidad social no compensa estratégicamente”.
Me quedo quieto.
Ah.
Vale.
Ya estamos.
Ignacio asiente ligeramente mientras otro hombre habla de “optimización territorial”.
Qué forma tan elegante de decir: “que se jodan los pobres”.
Muevo la mandíbula despacio y Ezequiel me lanza una mirada de reojo.
Demasiado tarde, porque la indignación se me atasca en la garganta.
—¿Rentabilidad social? —pregunto apoyándome hacia atrás en la silla—. Qué alivio. Pensaba que aquí nadie sabía que existía gente fuera del barrio Salamanca.
Silencio.
Sergio se tapa media sonrisa con el vaso, uno de los otros hombres carraspea incómodo e Ignacio me mira directamente.
—Estamos hablando de estrategia empresarial.
—Mira… Nacho… —intento decir.
—Ignacio —me interrumpe, con la misma cara que se si hubiera metido un palo de escoba por el recto.
—Vale, Ignacio. No, ustedes están hablando de quitar inversión a barrios donde la gente ya vive jodida mientras llaman “reestructuración” a sentirse menos culpables.
Vale.
Quizá eso ha sido muchísimo, peeeero ya es tarde, porque ahora toda la mesa me está mirando, y parece que nadie está acostumbrado a que alguien diga las cosas así: sin adornos, sin diplomacia y sin miedo.
Uno de los socios se inclina ligeramente hacia delante.
—Entiendo que tiene una visión… emocional del asunto.
Ah.
Mira qué rápido se ponen nerviosos cuando alguien no habla como ellos.
Sonrío apenas.
—No. Lo que tengo es memoria.
Silencio otra vez, pero el de ahora es más espeso.
Es entonces cuando noto cómo la piel me hormiguea.
Levanto la vista apenas un segundo y ahí está: Genoveva.
Me mira desde el otro lado de la sala con esa expresión rara que ya empieza a repetirse demasiado entre nosotros: curiosidad mezclada con algo más peligroso.
No aparta la mirada enseguida esta vez.
Mala idea para todos.
Ignacio también lo nota, claro que lo nota, ese hombre es un perro de caza.
—Lo que Antonio construyó requiere cierta estabilidad —dice mirándome directamente—. Y estabilidad implica entender cómo funciona este entorno.
Me apoyo lentamente sobre la mesa, armándome de paciencia.
—Curioso —digo tranquilo—. Porque desde fuera parece que este entorno lleva años funcionando exactamente para la misma gente.
Sergio directamente baja la cabeza riéndose, uno de los socios bebe whisky como si quisiera desaparecer dentro del vaso y Genoveva…
Joder.
Genoveva está sonriendo.
Ignacio la ve y entiendo que cambia algo, porque esto deja de ser solo empresarial.
Ahora también es territorial y probablemente una idea de mierda.