Chapter 16
Algunos días después
Lo peor no es haber vuelto a pensar en él, que lo he estado haciendo, sino la cantidad de veces que he intentado que esto no suceda.
Porque una cosa es que alguien te llame la atención unos minutos en un evento aburrido lleno de empresarios con problemas de ego y otra muy distinta es descubrir, días después, que sigues recordando exactamente cómo te miró un desconocido mientras intentas elegir qué café pedir en una cafetería.
Eso ya me parece humillante y profundamente irritante.
¿Qué diablos me pasa con ese chico?
Estoy sentada en el escritorio de mi habitación con el portátil abierto delante y el mismo correo sin responder desde hace veinte minutos.
Bueno.
Veintisiete.
No porque sea importante, sino porque llevo exactamente veintisiete minutos leyendo la misma frase sin enterarme de absolutamente nada.
Mi cerebro ha decidido abandonar cualquier actividad útil para dedicarse exclusivamente a recordarme cosas completamente innecesarias.
La forma en la que Oliver Luque me sostenía la mirada, su voz, su mandíbula tensa, la cicatriz en su ceja y la manera de responderle a mi padre.
Y eso debería parecerme insoportable.
Según las leyes de la élite madrileña, claro.
Debería.
Pero no.
Y ese es precisamente el problema.
Resoplo cerrando el portátil de golpe.
Necesito salir de mi cabeza urgentemente antes de acabar desarrollando un trastorno.
Me levanto de la silla y camino descalza por la habitación intentando distraerme con cualquier cosa: el móvil, la ropa tirada sobre el sillón, las vistas del jardín, lo que sea.
Spoiler: fracaso estrepitosamente, porque entonces vuelvo a recordarlo diciendo: “Estoy acostumbrado a trabajar para vivir.”
Y otra vez esa sensación rara, ese golpe incómodo debajo de las costillas.
No entiendo por qué me afectó tanto esa frase.
Quizá porque nadie habla así delante de mi padre o porque todo el mundo aquí mide cada palabra antes de decirla y Oliver parecía incapaz de suavizarse aunque le apuntaran con una pistola.
Llaman a la puerta antes de que pueda seguir pensando estupideces.
—Adelante.
Mi padre entra sin esperar realmente permiso, claro.
Lleva el teléfono en una mano y varios documentos en la otra.
Ni siquiera sé cómo consigue parecer tan impecable constantemente. Creo que si un día se incendiara Madrid entera él seguiría oliendo a colonia cara y nunca a gasolina.
—Esta noche viene el consejo a casa.
Parpadeo un par de veces.
—¿Y eso?
—Hay asuntos pendientes relacionados con la reorganización de las sociedades de Antonio.
Ah.
Claro.
La maravillosa herencia maldita.
Mi padre deja los papeles sobre el escritorio y entonces me mira directamente.
Demasiado directamente.
—Y Oliver Luque estará presente.
Mi cuerpo reacciona antes que mi cerebro, apenas un pequeño tirón en el estómago.
Ridículo, maldita sea. Esto es completamente ridículo.
Cruzo los brazos intentando aparentar una normalidad que claramente no siento.
—¿Y qué pasa?
Papá sostiene mi mirada unos segundos.
—Y esta vez preferiría que no interrumpieras cuando estoy hablando con uno de los socios.
La pulla llega con suavidad, quizá por eso me duele más.
Frunzo ligeramente el ceño.
—No sabía que mirar a alguien cinco segundos contaba como intervención empresarial.
—Genoveva —lo dice con tono de advertencia, algo así como: “no conviertas esto en una discusión”.
Me apoyo contra el escritorio sosteniéndole la mirada.
—Descuida. Intentaré no provocar una crisis financiera con la mirada.
Su mandíbula se tensa apenas un segundo.
Me muerdo la sonrisa para no dedicársela, porque esto ha sido claramente una victoria.
Pequeñísima, eso sí, pero absurdamente satisfactoria.
Qué contestona estás, Veva, pienso.
—No estoy bromeando —dice finalmente—. Ese chico no entiende cómo funciona este entorno.
Y hay algo en la forma en la que pronuncia “ese chico” que me molesta muchísimo más de lo que debería.
Como si Oliver fuera una especie de accidente desagradable o como si pertenecer a otro mundo automáticamente lo hiciera inferior.
—Quizá precisamente por eso resulta interesante —respondo antes de pensar si debería hacerlo.
Mierda.
Mi padre me observa completamente quieto.
—No confundas interesante con peligroso.
Y después sale de la habitación dejándome sola con esa frase flotando en el aire.
Peligroso.
La palabra se me queda pegada en la piel incluso después de que cierre la puerta.
Quizá tiene razón y Oliver Luque es exactamente eso, pero lo peor no es el peligro. Lo peor, sin embargo, es que una parte de mí, la más irracional, quiera acercarse igualmente.
*
La biblioteca huele a madera oscura, whisky caro y libros que probablemente nadie ha leído completos desde hace años.
Siempre me ha gustado esta habitación.
Cuando era pequeña me escondía aquí para evitar cenas eternas con empresarios y matrimonios insoportables. Mi niñera me encontraba casi siempre sentada en el suelo entre las estanterías leyendo cualquier cosa que pillara.
Papá, en cambio, nunca ha entendido cómo alguien puede entrar en una biblioteca sin intención de impresionar a otra persona.
Las luces están bajas cuando entro.
Todavía falta un rato para que llegue el resto del consejo y necesito cinco minutos de paz antes de volver a convertirme en la versión socialmente aceptable de mí misma.
Me acerco al mueble bar buscando agua, y es entonces cuando escucho una voz detrás de mí.
—Empiezo a pensar que apareces siempre antes de que mi noche se complique.
El corazón me da un golpe completamente innecesario.
Me giro demasiado rápido.
Oliver está apoyado en el marco de la puerta con las manos en los bolsillos y esa expresión entre cansada y peligrosamente divertida que ya empiezo a reconocerle.
Va sin corbata esta vez.
Mucho peor para mi estabilidad emocional, sinceramente.
—Y yo empiezo a pensar que tú tienes una obsesión rarísima con incendiar sitios —respondo intentando sonar tranquila.
Él sonríe solo un poquito, pero suficiente para notar un respingo en la boca del estómago.
Santo Dios… ¿de verdad era tan guapo o mi cerebro acaba de sufrir una avería?
—Me pareció que estabas de mi parte o algo así.
El muy cabrón lo dice tranquilo, como si no acabara de lanzarme una bomba directamente al pecho.
Me apoyo contra el mueble bar intentando ignorar el calor absurdo que me sube por el cuello.
—No estaba de parte de nadie.
—Claro.
Su tono deja clarísimo que no me cree ni un poco y eso me pone nerviosa.
Muchísimo, a decir verdad, porque yo tampoco estoy segura de creerme a mí misma.
Oliver avanza un poco dentro de la biblioteca mirando alrededor.
—Tu padre tiene más libros que escrúpulos.
No puedo evitar reírme.
Una risa real, la primera completamente espontánea del día.
Él levanta la vista hacia mí al escucharla y hace volver otra vez esa sensación: la tensión, la curiosidad y la impresión de que todo esto podría descontrolarse rapidísimo si ninguno de los dos tuviera cuidado.
Mala suerte para nosotros: empiezo a sospechar que ninguno piensa tenerlo.
¿O es solo mi deseo el que habla?
Debo haberme vuelto completamente loca.