Chapter 15
El reloj de la cocina marca casi la una de la madrugada cuando entro en casa y, sinceramente, después de la noche que acabo de tener, esperaba encontrarme silencio, paz, no sé… algo mínimamente parecido a la estabilidad emocional.
No obstante, lo que me encuentro es a Marisa sentada encima de la encimera con un aro de luz delante, unos parches brillantes debajo de los ojos, una bata rosa con plumas que parece robada de un divorcio millonario y el móvil apoyado sobre una caja de cereales.
Está grabando un TikTok.
Otra vez.
—Géminis, hijo de mi vida… vos no podés seguir bloqueando gente y después stalkeándole el Instagram a las tres de la mañana porque eso energéticamente es un papelón.
Me quedo quieto en la entrada, impactado, por lo que parpadeo lentamente.
Mi madre levanta la vista desde la mesa de la cocina, donde tiene una taza de manzanilla entre las manos.
—No preguntes —dice directamente, negando con la cabeza.
Ella hace tiempo que se ha rendido con Marisa, claro.
—Estoy trabajando —responde Marisa levantando un dedo dramáticamente sin dejar de mirar al móvil—. Los argentinos me dan muchísimas más visualizaciones.
—Eso tiene que ser ofensivo en algún nivel —murmuro quitándome la chaqueta.
—Shhh. Estoy canalizando.
Claro, ella sigue metidísima en personaje.
—Y además, Géminis, dejame decirte algo: si te escribe “qué hacés” a las dos de la mañana, no es amor, ¡es aburrimiento, pelotudo!
Pulsa el móvil y me hace pensar que eso significa el fin del video.
Luego gira la cabeza hacia mí.
—¡YA ESTÁ AQUÍ EL HEREDERO MALDITO! —grita señalándome con una cuchara.
Doy un respingo del susto.
¿De dónde ha sacado la cuchara de repente?
—¿Tú estás bien?
—No —responde muy seria—. Llevo dos horas esperando cotilleo de ricos.
Mi madre suspira.
Dejo las llaves sobre la mesa y me aflojo la corbata mientras noto el cansancio golpeándome de repente.
Joder.
No sabía que fingir tolerancia social agotara tanto.
—¿Qué tal ha ido? —pregunta mi madre con calma.
Me río, pero lo cierto es que no ha tenido ni puta gracia.
—Creo que he amenazado indirectamente a un multimillonario delante de media élite madrileña.
Marisa abre muchísimo los ojos.
—¡Ay, Dios mío, estoy orgullosísima!
—No deberías.
—Claro que sí. La revolución empieza así.
Mi madre me mira por encima de la taza.
—¿Lo dices en serio? —pregunta preocupada.
—No ha sido para tanto —respondo al tiempo que me apoyo sobre la encimera y abro la nevera buscando agua.
—Vale —dice Marisa bajándose de un salto—. Empieza desde el principio y no te dejes nada. Quiero detalles. Absolutamente todos los detalles.
—¿Qué detalles? Simplemente no se esperaba que tuviera ese tipo de respuestas. ¿Acaso debía hacerme pequeño ante él? ¡Me importa una mierda quien sea! Y le tocará tragar conmigo… Entonces ella habló y terminó esa especie de guerra verbal absurda con su padre.
Mi madre frunce el ceño inmediatamente.
—¿Ella?
Me quedo quieto con la botella de agua en la mano.
Mierda.
Mi madre frunce ligeramente el ceño.
—¿Quién es ella?
—¿Ella? ¿Ha dicho ella? ¡ELLA! —exclama Marisa—. Espera, voy a ponerme un chupito de licor de mora, esto promete.
Bebo agua directamente de la botella mientras intento ignorar el calor incómodo que me sube por la nuca.
—La hija de Ignacio Santos —digo con la boca pequeña, maldiciéndome por haberla abierto.
¡Mi boca, no a Genoveva Santos!
A ella no me gustaría abrirle las piernas.
Bueno, quizá sí.
Un poco.
Solo un poco.
Vale.
Voy a parar.
NECESITO parar.
Y entonces ahora sí se quedan las dos calladas un segundo.
Mi madre deja la taza sobre la mesa despacio.
—Oliver, eso no te conviene.
Suelto una carcajada cansada.
—Créeme, ya lo sé.
Porque lo sé perfectamente.
Y aun así, cierro los ojos un segundo y vuelvo a verla: vestido negro, ojos claros y esa cara de no terminar de pertenecer a ese sitio tampoco.
Joder.
—¿Y cómo es? —pregunta Marisa de repente.
—¿Quién?
—La futura ruina de tu estabilidad emocional, Oliver. Concéntrate.
Mi madre le dedica una mirada de advertencia que no sirve absolutamente de nada.
—No sé —respondo al final.
Y eso es lo peor.
Porque normalmente entiendo rápido a la gente, pero ella… ella no.
—No parece una de ellos del todo.
Marisa me mira como si acabara de decir algo importantísimo, y probablemente lo he hecho.
—¿Guapa? —pregunta inmediatamente después.
—Marisa…
—¡Necesito contexto visual!
Resoplo apoyándome contra la encimera.
—Sí. Supongo.
—“Supongo”, dice el desgraciado —se lleva una mano al pecho fingiendo indignación—. Este hombre acaba de mirar al vacío como un protagonista de Netflix y pretende hacerme creer que “supone”.
No puedo evitar reírme y mi madre también sonríe un poco esta vez.
Traidoras las dos.
—Además —continúa Marisa acercándose—, tú nunca te fijas en nadie.
Ahí se hace un pequeño silencio.
Tiene razón y todos lo sabemos.
Las pocas veces que he estado con alguien ha sido… fácil, físico y rápido.
—¿Y el padre? —pregunta mi madre con más cuidado ahora.
Mi sonrisa desaparece un poco.
Ah.
Ignacio Santos, el hombre que parece capaz de demandarte solo con mirarte.
Me paso una mano por la mandíbula recordando el momento.
—No está contento.
—Normal —dice Marisa—. Eres literalmente el hijo secreto pobre que ha aparecido para arruinarle el Monopoly.
Y lo peor es que explicado así suena hasta razonable.
—¿Te da miedo? —pregunta mi madre bajito.
La miro unos segundos.
Luego me río otra vez, pero de forma más seca.
—No.
Y es verdad, no me da miedo, me cabrea, eso sí, porque hombres como Ignacio Santos llevan toda la vida decidiendo cómo funciona el mundo mientras gente como nosotros aprende simplemente a sobrevivir dentro de él.
Y ahora resulta que tengo sitio en su mesa.
Qué mala suerte para ellos.
Marisa vuelve a subirse a la encimera cruzando las piernas.
Pero entonces, de repente, abre muchísimo los ojos.
—Esperá.
¿Otra vez con el acento argentino?
—¿Qué? —pregunto ya cansado.
—Necesito hacer una consulta astral urgente.
Mi madre suspira directamente antes incluso de que ocurra.
Marisa coge una baraja del tarot que aparece mágicamente de no sé dónde tras beberse por fin el chupito de licor de mora y empieza a barajar cartas con dramatismo excesivo.
—Marisa, no.
—Callate. Los espíritus están trabajando.
—Los espíritus deberían dormir.
—Ángeles, arcángeles… —dice poniendo otra vez ese acento argentino absurdo— ¿qué viene para Capricornio?
—Ni siquiera soy Capricornio.
—No interrumpás la vibra.
Empieza a sacar cartas sobre la encimera mientras yo me apoyo resignado frente a ella.
—A ver… tenemos conflicto… tensión masculina… claramente una figura paternal traumática…
—Vaya novedad.
—Shhh.
Saca otra carta y entonces pega un grito.
—¡LA EMPERATRIZ!
Doy un respingo.
Otra vez.
A este paso soy yo quien debería ir buscando un heredero.
—¿Puedes dejar de hacer eso?
—¡Nines! ¡Tenemos a La Emperatriz en juego!
Mi madre se masajea las sienes.
—No quiero saber qué significa eso.
—Significa mujer importante, energía femenina fuerte y deseo.
Cierro los ojos un segundo.
No puedo con mi vida.
Marisa me señala con una carta.
—Este hombre ya está obsesionado.
—No estoy obsesionado.
—Oliver —dice mi madre lentamente—. La has mencionado, y eso ya es mucho, pero además has dicho que no parece como los demás.
Mierda.
Y Marisa vuelve a gritar.
—¡LA EMPERATRIZ, NINES! ¡TE ESTOY DICIENDO QUE LAS CARTAS NO FALLAN!
—Marisa, por favor…
—¡Además es rubia! ¡Las rubias salen muchísimo en el tarot dramático! ¿A que es rubia?
No puedo evitar reírme.
Joder.
¿Esto va en serio?
Estoy cansado, confundido y probablemente metiéndome en el peor lío posible, pero hacía muchísimo tiempo que no me reía así.
Marisa vuelve a ponerse seria de repente, peligrosamente seria, si me preguntas.
—Vale —dice dejando el mazo de cartas sobre la mesa—. Entonces la pregunta importante es otra.
La miro y ella sonríe lentamente.
Coño, qué miedo me está dando.
—¿Qué vas a hacer ahora?
Suspiro y pienso en el club, en Ignacio, en el consejo y en Antonio Santamaría intentando controlar todo incluso después de muerto.
Pienso en Genoveva mirándome como si acabara de descubrir algo que no sabía que existía.
Y entonces sonrío apenas.
—Todo lo contrario a lo que él querría.