Millonario por castigo Chapter 14
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Chapter 14

El baño del Club Santamaría es de mármol blanco, luz cálida y flores frescas colocadas en jarrones imposiblemente discretos.

Maira entra detrás de mí empujando la puerta con más fuerza de la necesaria.

—Vale —dice nada más cerrarse—. Necesito analizar esta catástrofe inmediatamente.

Me apoyo sobre el lavabo soltando aire despacio.

—No sé de qué hablas.

—Genial. Empezamos con negación. Mi fase favorita.

Ruedo los ojos y levanto la vista hacia el espejo.

Error.

Porque entonces me veo y me doy cuenta de que hay algo raro en mi cara.

No estoy despeinada, ni roja, ni tengo algo entre los dientes, no tiene que ver con nada de eso. Es más, no parece que haya pasado nada.

Pero sí ha pasado, lo admito, y mi cuerpo todavía no sabe muy bien qué hacer con ello.

Me quito uno de los pendientes lentamente mientras intento ignorar la sensación absurda de calor bajo la piel.

—No pongas esa cara —dice Maira acercándose.

—¿Qué cara?

—La de “acabo de desarrollar un problema emocionalmente devastador”.

Suelto una risa breve, tan incrédula como nerviosa.

—Eres insoportable, te lo digo de verdad —me quejo.

—Y tú acabas de mirar a ese hombre como si fueras a cometer un delito y quisiera que te pusiera las esposas por mala conducta.

Me giro hacia ella demasiado rápido.

—No he hecho eso —me defiendo avergonzada.

Maira me dedica una mirada larguísima, compasiva incluso, como si acabara de ver a una niña pequeña intentando mentir después de pintar una pared entera.

—Veva… por favor, he visto menos tensión sexual en películas prohibidas para menores.

—No había tensión sexual —protesto, y mi voz sale más aguda de lo que debería.

Estoy haciendo el ridículo con mi mejor amiga.

¿Lo habré hecho también delante de él?

Señor, espero que no.

—Ah, claro. Entonces tu padre casi mata a un camarero inocente por pura casualidad después de ese encuentro.

Resoplo apartándome del espejo.

—No sé qué me pasa. No entiendo absolutamente nada de lo que acaba de ocurrir ahí fuera.

Maira baja un poco el tono al verme seria de verdad.

—Vale —dice acercándose un poco más—. Cuéntamelo.

Me río sin humor.

—Ese es el problema. No tengo nada que contar.

Y qué ridículo suena eso cuando hace apenas unos minutos he sentido literalmente cómo algo me explotaba dentro del pecho solo porque un desconocido me sostenía la mirada.

Me apoyo contra la encimera cruzándome de brazos. Necesito frío, aire, un coco tailandés bien helado u otra personalidad, quizá.

—No es mi tipo —murmuro.

Maira directamente se atraganta con su propia saliva.

—¿Perdona?

—No lo es.

—Veva, cariño... Ese hombre es el pecado original hecho persona.

No puedo evitar soltar una carcajada.

—¿Qué narices significa eso?

—¡Pues eso! Que parece el tipo de hombre con el que acabarías tatuándote algo en una noche y llorando después en terapia.

—Estás exagerando —digo haciendo un ademán con la mano, intentando quitarle toda la importancia posible.

—No, amor. Tú llevas toda la noche actuando como si te hubieran dado un calambrazo en las bragas.

—¡MAIRA!

Una mujer sale de uno de los habitáculos justo en ese momento y nos mira horrorizada antes de lavarse las manos rápidamente y desaparecer.

Perfecto.

Maira ni siquiera pestañea, la muy descarada.

—No me mires así, solo estoy describiendo una situación clínica.

Me llevo las manos a la cara un segundo.

Dios mío.

—No entiendo qué ha sido eso —admito al final, más bajo esta vez.

Y ahora sí, ahora desaparece parte de la broma de la expresión de Maira porque me conoce muchísimo y sabe perfectamente lo raro que es esto en mí.

—Vale —dice despacio—. ¿Te ha gustado?

Abro la boca y la cierro acto seguido sin verbalizar ninguna clase de sonido, porque la respuesta es muchísimo más complicada que un sí o un no.

No se trata solo de que me haya parecido atractivo.

Es otra cosa mucho peor.

—Me ha puesto nerviosa —termino diciendo.

Maira arquea lentamente las cejas.

—Vaya.

Sí.

Vaya…

Me aparto el pelo de la nuca sintiendo otra vez ese calor absurdo subiéndome por el cuello.

—Y no entiendo por qué —añado rápidamente—. Ni siquiera ha hecho nada.

Pero mientras lo digo, recuerdo perfectamente la forma en la que me ha mirado: directa y sin esfuerzo.

Además, no ha intentado impresionarme como el pobre de Fede intenta todos y cada uno de los días de su existencia.

Ese tal Oliver Luque se ha comportado como si no le importara quién es mi padre, ni tampoco este sitio.

Como si no necesitara caerle bien a nadie y eso… es nuevo.

—Vale, voy a decir algo importante y necesito que no entres en pánico —dice Maira muy seria de repente.

—¿Qué? —digo soltando un suspiro y rodando los ojos hacia arriba.

—Creo que acabas de sentir algo de verdad por primera vez en tu vida.

La miro horrorizada.

—No digas eso.

—¿Por qué? ¿Porque tengo razón?

—Porque es ridículo.

—No, cariño. Ridículo es que llevemos años hablando de hombres como quien habla del tiempo porque ninguno te provoca absolutamente nada.

Aprieto los labios porque vuelve a tener razón, y odio muchísimo cuando tiene razón.

Me giro otra vez hacia el espejo y me observo de nuevo.

Genoveva Santos sigue ahí con su vestido perfecto, su maquillaje perfecto y su pelo perfecto, pero ahora hay algo distinto en mis ojos.

Algo más vivo y desordenado.

Y eso me asusta un poco.

—Además —continúa Maira apoyándose a mi lado—, el universo tiene un sentido del humor increíble.

—¿Qué quieres decir?

—Que justo el primer hombre que consigue descolocarte resulta ser el hijo secreto del socio de tu padre. Su enemigo, vamos…

Cierro los ojos un segundo.

Visto así… ¡madre mía!

—No va a pasar nada —murmuro.

Maira sonríe lentamente, la muy bruja.

—Claro que va a pasar algo.

—No.

—Veva, te conozco y tú no miras así a nadie.

Trago saliva, porque quizá ese es el verdadero problema.

Me quito el otro pendiente intentando recolocarme por dentro.

Necesito volver a ser yo: la de siempre, la sensata y la correcta.

La que jamás complicaría su vida por un hombre que parece capaz de incendiarle el club a su padre solo por diversión.

—Tenemos que volver fuera —digo finalmente, necesito acabar con esta conversación.

—Cobarde.

—Realista, Maira.

—Uy, peor todavía.

Suelto aire por la nariz intentando ignorar la sonrisa que amenaza con escapárseme.

Luego salimos otra vez hacia el salón y todo parece seguir igual de inalterable como minutos antes, cuando entramos, como si nada hubiera cambiado.

No obstante, yo sí noto el cambio en la piel, en el pecho y en la forma absurda en la que mis ojos lo buscan automáticamente entre la gente antes incluso de que pueda impedirlo.

Y entonces ocurre otra cosa todavía peor, y es que no lo encuentro.

Mi cuerpo se tensa apenas un pequeño y ridículo instante.

No.

Lo peor no es dejar de verlo, es notar que sigo buscándolo igual.