Millonario por castigo Chapter 13
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Chapter 13

Dos copas más tarde, que apenas me han subido, sigo pensando exactamente lo mismo que al entrar, y es que este sitio parece diseñado por gente que jamás ha tenido que levantar la voz para conseguir algo.

Y eso, sinceramente, me pone un poco nervioso.

O agresivo, quizá, de pura rabia.

Todavía no lo tengo claro.

La música sigue sonando suave de fondo, las conversaciones se mezclan entre sí sin llegar nunca a romper el equilibrio artificial del ambiente y los camareros continúan apareciendo mágicamente antes de que a alguien le dé tiempo siquiera a darse cuenta de que necesita otra copa.

Es casi fascinante.

Como un documental caro sobre una especie humana que vive completamente desconectada de la realidad.

Apoyo un hombro contra una de las columnas del salón mientras observo el lugar otra vez.

Y a ellos.

A todos ellos.

Los hombres se ríen demasiado bajo y las mujeres con demasiada perfección.

Aquí nadie parece espontáneo, es más, aquí nadie parece ni siquiera borracho.

Miro mi vaso vacío y resoplo por la nariz.

No. Definitivamente, borrachos tampoco.

La encuentro otra vez antes incluso de decidir buscarla.

Rubia, vestido negro, copa entre los dedos y esa sensación constante de estar ligeramente desplazada del resto del mundo.

Sigue hablando con la chica pelirroja, aunque ya no parece tan centrada en la conversación.

O quizá soy yo imaginándomelo.

Puede ser.

Debería dejar de mirarla, más no lo hago.

—Vale, definitivamente te has aburrido.

La voz aparece a mi lado y esta vez sí reconozco a Sergio antes incluso de girarme.

—¿Se nota mucho?

—Miras alrededor como si estuvieras calculando cuánto costaría quemar el edificio.

No puedo evitar soltar una risa corta.

—Tentador.

Sergio sonríe apenas y se coloca a mi lado con otra copa en la mano.

Va igual de impecable que antes.

Qué agotamiento de gente.

—¿Qué te parece el club? —pregunta.

Miro alrededor una vez más.

—Parece un museo donde han encerrado a empresarios ricos para que se reproduzcan entre ellos.

Eso le hace reír de verdad.

Bien.

Por lo menos uno de aquí todavía conserva algo de alma.

—Antonio estaría fascinado contigo —dice.

—Antonio estaría muerto igual.

Sergio se atraganta un poco con la bebida y niega lentamente con la cabeza.

—Hostia… ahora entiendo por qué Ignacio quiere matarte.

Ah.

Por fin alguien habla claro.

—¿Está muy jodido conmigo?

—Digamos que no esperaba compartir el consejo contigo.

—Yo tampoco esperaba compartir nada con él y aquí estamos.

Sergio vuelve a reírse.

Y entonces ocurre algo curioso: deja de mirarme como si fuera un problema y empieza a mirarme como si fuera… interesante.

Mala idea.

Para él, para mí y para todos, probablemente.

—Ven —dice después de unos segundos—. Te voy a explicar quién es quién antes de que acabes insultando accidentalmente a algún ministro o algo peor.

—¿Hay algo peor?

—Los inversores suizos.

Eso me hace sonreír y accedo a caminar junto a él sin sentir que estoy atravesando territorio enemigo.

Más o menos.

Sergio va señalando discretamente grupos de personas mientras avanzamos despacio entre conversaciones elegantes y sonrisas falsas.

—Ese de allí controla media hostelería de lujo en Madrid.

Asiento.

—Ese otro está metido en política hasta el cuello.

Asiento otra vez.

—Y aquel lleva años fingiendo que no consume cocaína como si nadie pudiera verle la nariz. Pero suele ser tema tabú.

Lo miro de reojo y ahora es cuando caigo.

¡Ya sé de qué me suena su cara!

—Vale, ahora sí estamos hablando mi idioma.

Sergio suelta una carcajada breve.

—Sabía que terminarías cayéndome bien.

—No te equivoques —le espeto—, para mí eres uno más.

—¿Debo pensar entonces que me usas para sacar información de la élite? —se ríe con sorna—. Créeme, heredero, no pasas desapercibido. Te huelen, te olemos, mejor dicho.

Mala señal.

Muy mala señal.

¿Este tío se está poniendo a malas conmigo?

Sonrío con amargura, conteniéndome.

Te aseguro que no le conviene para nada ponerse a malas conmigo.

—¿De verdad? —pregunto, pero no me responde, por lo que añado—: ¿Sabes? Me sonaba tu cara de algo, y ahora ya sé de qué.

—¿No me digas? No soy ningún soplón.

—Creo que te conviene serlo conmigo, no vaya a ser que se entere toda esta gente perfecta de que te vendí un pollo hace poco.

El color de su cara cambia en un segundo.

—No le vendría bien a mi reputación —dice serio, muy serio.

—Veo que nos entendemos —digo, invitándolo a seguir caminando junto a mí.

Seguimos avanzando entre grupos y nombres que olvido prácticamente al instante.

No porque no me interesen, sino porque no pienso quedarme aquí el tiempo suficiente como para necesitar recordarlos.

Y entonces Sergio baja un poco la voz.

—La rubia es Genoveva Santos.

Mi cuerpo se queda quieto antes que mi cabeza, porque ese nombre sí me interesa y mis músculos parecen reaccionar ante su sola mención.

Genoveva.

Santos.

Ah.

Miro hacia ella automáticamente y, como si lo notara, levanta la vista.

Otra vez.

Joder.

Esta vez la distancia es menor, mucho menor, y puedo observarla bien ahora: los ojos claros, la mandíbula ligeramente tensa alrededor de la copa, la forma en la que aparenta calma mientras algo dentro de ella parece estar en otra parte completamente distinta.

No parece feliz, ni cómoda ni enamorada de este sitio como todos los demás, y eso me desconcierta más de lo que debería.

—La hija de Ignacio —añade Sergio.

Claro, por supuesto.

Tenía que ser eso, tenía que ser exactamente eso.

Porque el universo aparentemente se aburre muchísimo conmigo últimamente.

—¿Y el novio? —pregunto antes de pensar si debería hacerlo.

Sergio sigue mi mirada.

—Federico Fernández… Futuro marido perfecto. Pack completo. O eso quiere Ignacio, pero no los he visto besarse ni una sola vez.

La forma en la que lo dice deja claro que ni él mismo se cree demasiado el personaje.

Aparto la mirada y vacío el resto del jagger de un trago.

Qué buena idea, Oliver, sentirte atraído precisamente por la hija del hombre que quiere echarte del consejo.

Espectacular.

—No pongas esa cara —dice Sergio.

—¿Qué cara?

—La de “voy a tomar una decisión pésima y encima voy a disfrutarla”.

No respondo, porque el muy cabrón igual tiene razón.

Y entonces sucede.

No sé si Ignacio llevaba rato observándome o si simplemente ha decidido que ya ha tenido suficiente.

Pero se mueve directamente hacia nosotros y el salón entero parece notarlo.

Es curioso cómo funciona el poder: no necesita anunciarse, la gente simplemente se aparta.

¿Harían lo mismo en presencia de Antonio Santamaría?

Levanto la vista despacio mientras se acerca.

Traje oscuro impecable y expresión perfectamente controlada, pero los ojos… los ojos son otra cosa.

Ahí sí hay rabia.

Fría y elegante, pero rabia igualmente.

Y justo a su lado aparece ella, su hija Genoveva.

Veva.

No sé por qué mi cerebro decide quedarse con ese diminutivo sin permiso.

Ella también me está mirando ahora y entonces vuelve esa sensación, ese golpe extraño en el pecho, como si algo no terminara de encajar bien desde que he entrado aquí.

Ignacio se detiene frente a mí, pero no me dedica ni una sonrisa, ni siquiera un gesto educado.

Nada.

Sergio carraspea suavemente.

—Ignacio…

Pero él no aparta los ojos de mí.

—Así que tú eres Oliver Luque.

Sostengo su mirada sin moverme.

—Depende de quién pregunte.

Noto a Sergio tensarse apenas a mi lado.

Genial.

Ignacio me observa unos segundos más, midiéndose, calculando y decidiendo si soy un error temporal o un problema real.

—Soy Ignacio Santos.

—Sí. Ya he imaginado que no eras el camarero.

Sergio baja la cabeza disimulando una sonrisa y, por el rabillo del ojo, veo cómo Genoveva contiene la respiración apenas un instante.

Ignacio, sin embargo, ni pestañea.

Qué control tiene, el cabrón.

—Antonio hablaba poco de ti —dice finalmente.

—Eso nos convierte en dos.

Esta vez sí, esta vez noto el golpe pequeño y preciso.

La mandíbula de Ignacio se tensa apenas un segundo.

Es una victoria mínima, pero suficiente.

—Supongo que todo esto debe de ser abrumador para alguien como tú —continúa.

El “alguien como tú” me toca los cojones, esa diferencia de clases servida en copa de cristal.

Sonrío con chulería, aunque intento que sea mínima.

—Depende. Yo estoy acostumbrado a trabajar para vivir. Imagino que eso ayuda con la presión.

Sergio directamente se atraganta con la bebida.

Y entonces sucede otra cosa: la miro a ella.

No quería hacerlo, pero no puedo evitarlo, y Genoveva me está mirando como si acabara de ver algo que no sabía que existía.

Lo hace con… curiosidad, pero con una peligrosidad que cambia las cosas.

Ignacio da un paso apenas perceptible hacia mí.

—El consejo requiere cierta preparación.

—Pues menos mal que llevo toda la vida preparándome para aguantar gente con complejo de superioridad.

Vale.

Quizá esto ha sido demasiado, pero ya es tarde.

El silencio alrededor se vuelve más denso y noto cómo algunas personas nos observan discretamente, al contrario de otras que han dejado de fingir que no escuchan.

Perfecto.

Qué noche tan agradable.

No aparto la mirada y él tampoco, porque esto ya no va solo de empresas, dinero o Antonio Santamaría.

Es territorio, orgullo y poder, y los dos lo sabemos.

Entonces ocurre algo que no esperaba, y es que Genoveva habla.

—Papá.

Solo una palabra, pero suficiente.

Ignacio gira apenas la cabeza hacia ella y el momento se rompe lo justo para que el aire vuelva a moverse.

Ella da un pequeño paso hacia delante y, por primera vez desde que estoy aquí, la tengo realmente cerca.

Perfume suave, champán y algo más difícil de explicar que no encaja con el resto del sitio.

Sus ojos vuelven a mí apenas un instante y esta vez no hay sorpresa, sino conciencia.

Ya nos hemos visto los dos y ambos lo sabemos.

—Creo que quieren hablar contigo —dice ella mirando a su padre.

No sé si intenta salvar la situación o salvarme a mí, pero funciona..

Ignacio sigue mirándome unos segundos más antes de apartarse.

—Esto no ha hecho más que empezar, Oliver.

Ah.

Amenazas elegantes.

Qué ambiente tan sano.

Sonrío apenas.

—Eso espero.

Y cuando se alejan, noto algo peligrosísimo: ya no tengo ningunas ganas de irme.